Fragmento de “Tres tristes travestis”, del escritor bonaerense Alejandro Bovino Maciel

Mise   en   scène

 

Todos los viernes el mismo rito: ya suben los peldaños primero la Capona, después la Cosmetóloga y por último la Coiffure, bicéfala. Acuden a un pesebre donde no un Dios será hombre sino un hombre será mujer, madre de todos los dioses. Son tres reinas magas venidas del oriente de los bajos siguiendo la luz de una estrella ilusoria, de neón, trayendo la pericia y el ajuar para la transformación.

Adentro, nervioso, bebiendo un té de boldo, aguarda hecho un ovillo el profesor Octavio frente a un espejo dorado que enmarca una corona de lámparas de 40 w.

El Asistente de la dueña va y viene convidando un Tranquinal 0,5 (que no se le niega a nadie), caldo de gallina tibio en su cazuela de barro, vermouth a sorbos y alguna que otra golosina para acortar la espera de las azafatas.

 

-¡Ya era hora, manga de tilingas! -reconviene el profesor Octavio cuando las ve llegar.

-¡No sabés lo que era el tráfico! -se defiende la Estilista posando su cabeza portátil y empelucada en una consola donde la Dueña apronta el arsenal para el vituperio de las formas.

-¿Empezamos el montaje? -inquiere, toda asustada.

 

Primero despojan la indumentaria del docente: la camisa blanca, la corbata azul, los pantalones de línea italiana, las medias, los mocasines, el anatómico blanco.

Prestas, solícitas, empiezan la conversión. Con la pinza digital -índice y pulgar- la Cosmetóloga ata un nudo gordiano que ahorca el glande del Profesor. Aplasta los testículos entre las piernas contra el perineo, jala del pene que agarrota una piola y lo cruza por el puente de las nalgas; ata el extremo del pájaro fláccido a un cinturón que la Estilista ciñó silbando polkas mientras la Capona, disimulando, peinaba una  falda de seda.

 

-Ya está -avisa la Experta- escondida el arma que delata; esto  quedó más liso que una concha de verdad. ¿Quién se podría montar decentemente teniendo esta tripa delatora?, dice con asco.

-¡Cuidado con la boquita!, -advierte Octavio-, miren que el cura se pasa las misas transformando el amor en pecado en nombre del amor.

-¡No entendí ni jota!

-No hay perversión más tremenda que la castidad -sigue Octavio-, fíjense lo que pasó con el pobre Orígenes, que se emasculó para evitar el pecado de la lujuria y el Vaticano lo culeó: “sin tentación no hay pecado” le dijo el obispo y se quedó sin la estampita. Nunca llegó a santo.

-¡Pero eso ya sabemos, mi hija! Nadie llega a santo en un quirófano, la gracia no llega con la desgracia.

 

De una bolsa de hule tironean cinco medias bucaneras de nylon. Le enfundan las piernas depiladas al Profesor. Le enciman una tanga que en el orillo  lleva pespunteado un hilván de encajes negros.

Con un refajo elastizado marca “Senhorinha” le hunden una cintura. La Estilista -toda neurótica, mordiéndose las uñas- rellena un par de soutiens con trapos. Con hilachas. Con torzales y estopa completa la teta.

De una alacena hindú taraceada -tigres beben al lado de palomas en un oasis  de palmeras- hurgan potiches. Destapan, a cual más alborotada, los cachivaches. Con un emplasto pálido le untan la cara con polvo de arroz que blanquean íntegra borrando las cejas para volver a trazarla con un fino lápiz florentino, una pulgada más arriba y onduladas, a lo  Marlene Dietrich.

Dibujan labios carnosos con un delineador color ladrillo y los  rellenan a base de  rouge que rutila como un frasco de cerezas. La Embellecedora, luego de rascar en su cartera,  poniendo los brazos en jarra indaga:

 

-¿Ya estuviste tocando otra vez mi neceser, maldita negra? -mirando fijamente a la Coiffure- después una se vuelve loca buscando las pinzas de cejas, los invisibles, y las limas que me trajo el chino de Jon-Con.

 

11.

 

-¡Yo no toqué nada!

-¡Ndera sore! -clama la Capona- ¿por este engomaje picó pelean? -Sacude en el aire una ampolla de vidrio.

 

Afanosas, rodean los párpados con un arco de mucílago. Aplican un par de pestañas negras –prótesis de la belleza- que Octavio, al parpadear, apantalla. Aletean dando círculos alrededor del Transformando; si una barniza los pómulos con una laca magenta otra le aplica un perlado iridiscente en los lagrimales. Si la Estilista la toca con el casquete cuyos bucles sujeta por medio de una vincha de tafetán negro, la Capona -excelsa- le desliza uñas de carey mientras supervisa -de paso- el proceso de afeites que la Experta, frunciendo los labios de tan concentrada, retoca con un pincel de pelo de marta, davinchesca a más no poder.

 

-¡Ya siento! ¡Ya siento la transfiguración! ¡Sube como una fiebre! -el Docente, cargado de tribulación, menea la cabeza como un energúmeno sometido por demonios rijosos.

-¿Te falta mucho, Eduarda? – con insidia, la Capona, mirando de reojo.

-¡A la pinta! -se ofusca la Cosmetóloga ocupadísima en alumbrar un rincón del mentón para restar volumen- ¿qué picó tanto apuro?

-¡Ya me voy sintiendo Marla! -dice el poseso, en trance ginecológico.

 

Tiembla de emoción cuando en el espejo ve el revés de su persona doblemente invertida. Ya se le avienen sus lacayas con preseas -en simétricas perlas negras, se enroscan, lujuriosos, dos ofidios-, con perifollos de bijôuterie, con gemas ensartadas. En un santiamén queda hecha una emperatriz.

-¡Cada vez estoy más mujer! -reconoce la Impostora-. Ahora quiero que me pintes un buscanovios sobre el labio.

 

-¿Seguro pa? Mirá que está demodé total.

-No importa. Yo quiero ser una chica de los ’60.

 

Y aplica nomás el lunar que reniega del tiempo. Que devuelve de un golpe la época de los vestidos a-go-gó, las pelucas pelo-de-virgen, el rimmel para los ojos de Cleopatra, la música de “Los Iracundos”.

Para ocultar el gaznate difamador no hay como una buena gargantilla de terciopelo. La centra un camafeo: sobre gules destaca el perfil ebúrneo de María Antonieta. En las muñecas, ajorcas de plata y pulseras con dijes. De las orejas bajan argollas y peces diminutos tan quisquillosos que al solo contacto campanillean. En los guantes de raso se ofusca un falso rubí. En el pulgar, destella un cintillo de strass.

 

-¿Dónde picó pusiste los sus zapatos? -quiere saber la Capona que en el trajín se ha despeinado y luce lo mismo que una pordiosera.

-¡No me molestes! -ordena la Perita- busque por ahí y déjese de joder.

 

Sale la Auxiliara maldiciendo en tres idiomas, zarandea cajas de cartón, pone al revés cubículos y escriños. Con ahínco propio de maníaca, vacía estuches. Envases repletos de indumentos, invierte y revuelve. No conforme, sacude el equipaje de la Experta regando el piso con Lancôme y Miss Ylang.

 

-¿Qué hago yo con esta desgraciada? -maldice la Técnica, clavándole la mirada a la Capona, totalmente salida de sí, furiosa.

-Disculpá, mi reina- ruega la otra, y se  tira en el piso a recoger pastas y untos.

-Un fulano -dice la Simuladora ajustándose la peluca rubia- escribió hace mucho tiempo que en las épocas antiguas la gente era redonda porque cada uno era dos, macho y hembra a la vez. Si uno usa un solo sexo siempre está insatisfecho. Siempre le falta algo. Siempre, rengo, tuerto o manco. ¿Por qué?, digo yo ¿por qué?

-¡Quedaste preciosa, mi reina! ¿Qué decía el antiguo ése?

-¿Qué te gusta más, ser hombre o mujer?

-¡Qué pregunta, mi reina! -clama toda transida la Capona poniendo un puño en el pecho, y oscilando suavemente la cabeza, confiesa-: yo soy pura mujer.

-¡Pero naciste hombre, mi amor! -la Estilista hace la objeción soltando los bofes con la ponzoña.

-¡Pura casualidad!

-¡Puta casualidad! -corrige vehemente la Dueña, sufriendo también el martirio masculino.

Contacto con el autor:
talomac@gmail.com
 

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