Entre la muerte de las piedras y el misterio de la caoba, la narrativa de Juan Mireles

El inmortal
 
La herida madura sigilosamente, adormeciéndome, casi sin ver; el gato maúlla por la palidez del potencial ente que se gesta en mi cuerpo filiforme. Aristóteles sigue con la palma de su mano hacia abajo, en la pintura, abre la tierra, el fuego expulsa demonios, los míos. Platón que ya no señala, el dedo índice se ha borrado, no hay cielo, no hay más allá, el paraíso se lo robó Dante. Pecado, mi perro, lame la herida salada, su hocico bañado en mí, me aterra. Escucho pasos, rodean al moribundo, al que se refleja en el espejo con un agujero en el pecho. De la recamara salen dos tipos, armados, se detienen ante mí que ya babeo como animal bajo el influjo de anestesia. Dicen que dónde tengo el resto del dinero que les robé, pero si pudiese hablar les diría que no me acuerdo, pero mi lengua está torcida, hecha piedra. Espero que toda mi vida pase en un momento, pero ese momento no llega y ya tengo a Satanás hecho metal listo para incrustarse en mi frente. No vale la pena arrepentirse ya de todos los muertos que he cargado y acumulado por años: me sé demonio. Escupo mi último suspiro en el rostro del que me disparó en el torso. De pronto todo mi cuerpo se acalambra y se  sacude por el golpe fortísimo que recibí en la cabeza; no siento nada, veo pies que se alejan y salen por la puerta de entrada del departamento. Ya la muerte me acaricia y cierro los ojos. 
 
Despierto y camino despacio hacia el ventanal, veo a mis verdugos subiendo a un auto, y me excito, gruño, rebuzno; el gato sale corriendo despavorido, el perro chilla, la madera truena; salto por la ventana, sin ruido; subo al auto de los matones, me pongo cómodo en la parte de atrás, los saboreo, no puedo contener la risa de nervios, me escuchan y se vuelven hacia a mí, aterrados…
 
 
 
El poeta
 
El poeta ya tiene muchos años, tantos que olvidado por el tiempo, callado, como ausente, medita; sobre la primera piedra de un país por el que sigue luchando empecinadamente. Escribe sobre el barniz de un cielo opaco, toda su poesía. Otro, joven, lo ve desde lejos para no distraerlo: no le habla, no le hace señas, sigue de largo para evitarle al poeta un encuentro con el futuro, su realidad. Dejó al poeta para que se curara sus heridas, “que siga pensando en sus tiempos, que se resuelva”. Entonces el joven dio vuelta en la esquina, se perdió en las calles y dijo: “toca abrirme la piel, para que la sangre hable de estos tiempos. Ya buscaré algún día mi piedra sobre la cual lamerme las heridas, para curarme”.
 
 
 
Retrato
 
Hago de la búsqueda mi destino, encima de tantos cielos, camino de puntitas para no despertarme.
 
A lo lejos algo vislumbro y ya traigo el temor de máscara. Quieto. Alguien pinta, lanza trazos sobre el lienzo; me acerco, pero con cautela. “Quién eres”, pregunté con tono amarillo, voz preventiva. “Quién eres”. No contesta. Él sigue con lo que ahora veo es un retrato de un hombre pálido, con el rostro estirado hacia abajo, la boca entreabierta y ladeada y los ojos perdidos en la infinitud. Toco el hombro del que pinta: no reacciona. Nervioso me pongo a su lado y lo miro: allí estoy, reflejado en sus ojos lechosos: infancia, juventud, adultez, vejez, todo mezclado en un latigazo y regreso, con el sudor deslavándome, al lienzo para verme, completamente seco de angustia, azorado por mi muerte.
 
 
 
Oquedad
 
Los cimientos: piernas efímeras a mi vista sembrada y cebada en los días que ya no veo, en esta claridad que eclipsa la visión de ti. Ceguedad sinuosa en líneas que bajan y van. Van y suben: te forman. Ya tus brazos, querella en vida y muerte, sentirlos ligados a mi espalda: el campo fértil de tus “te amo”.  Voz aquiescente escucho salir de un rincón, allá, donde te conocí; ahí está, dice el gregoriano que no es sino ondulación aérea, invisible: danzante del no-mundo, cuelas con tus graves tu canto. Candorosa efigie convierto lo que soy, para verte, en la infinitud que la eternidad ofrece y que sigo deseándola para acariciarte; pero un aire mortal me recorre, y me dejo.
 
Hay una marra en mi destino que ya veo, como puerta en la lejanía, sobre un monte de luz y agua, sale una cascada de gracia y me llama. ¿Qué hacer? Si el demiurgo se alza y ya es el firmamento: espera, a mí, al que cava intemperante en una tierra de mármol. Y la sima creada es el umbral de mis deseos, y en ella caigo, para regresar contigo, a esa tierra de canela, para ser carne y afanarme en tus remozadas caricias; asperjarme hasta no ser nada y vivir en ti, en tu piel, en tu cuerpo y que me sudes en tus noches: quietud de mis deseos.
 
 
 
La efigie negra
 
Es mediodía, el intenso sol me dibuja sobre el escritorio, a lo lejos oigo a la ciudad bullir. Enseguida, por el pasillo, escucho sus pasos.
Entre tanto recordé a la negra, esa figura de madera que había estado conmigo tantos años: era mi compañera, la distinguida invitada, con la que me desahogaba en mis madrugadas. La negra llevaba consigo una falda de tela café que caía a ritmo del Son cubano hasta sus tobillos tan caribeños. Sus brazos refugiados detrás de su espalda daban un aire pecaminoso, como esperándome en la travesura mental, allí, donde habita el gozo. Su cabellera aventajada caía en cascada chocando contra sus hombros. En su cuello, adornaba un ligero collar de hojas cristalizadas que con la luz pareciese dar un color morado, y a todo ello esa estilizada cara que decía tanto.
Mis días eran largos, lo suficiente para imaginar la mayor parte de él; viajarme para que las horas pasaran ágiles y aquello no fuera tan tortuoso. Hubo días en que lo conseguía, otros no. Siempre fui un solitario, un alma en pena, un muerto que estaba vivo. Y no es que me quisiera así: lo odiaba. Muchas veces salía a caminar por las noches, imaginando que a la luz de las farolas, al doblar una esquina, encontraría al amor de mi vida; mas nunca pude hallarla: terminaba con una botella de whisky, como hipnotizado frente a la efigie femenina.
Aquella mujer de madera poco a poco se fue ganando mi confianza: le platicaba lo poco que había hecho en el día: atender mi pequeño negocio de miscelánea. Cuando regresaba cansado de estar haciendo lo mismo durante 12 horas, echaba el cuerpo en el largo sillón a descansar, fumar un poco y tomar un tanto más de Johnnie Walker; la televisión no era opción para mí, me aburría sobremanera. Todo lo que hacía era hablar con esa pequeña figura de madera, imitando de propia voz el diálogo, para no sentirme tan desdichado; entonces me engañaba, hacía como si escuchase la negra: la llamaba negra.
Después de tanto hablarle, una noche, puedo jurar que me respondió, fue casi un murmullo que bien pudo estar mezclado con mis ganas por querer que un día me respondiera más el alcohol que inundaba mis venas. No estoy muy seguro pero debieron haber pasado un par de semanas cuando la negra, en una de las tristes y solitarias madrugadas cuando ni la luna era capaz de asomarse, caminó… No es que sus espigadas piernas se hubiesen movido, fue como si diese saltos, casi imperceptibles, de un lado a otro, que no duraron más de tres segundos. Me incorporé de mi asiento completamente alterado, blanco del rostro como si la vida me hubiese sido arrancada y entonces desmayé, caí redondo contra la mesa. Al despertar, el rostro de la negra rozaba el vértice de mi nariz; pero el remolino neuronal hizo que corriera desesperado a buscar alivio al cuerpo.
De ahí, entre pasajeras noches, más cosas raras sucedían: de pronto, en la madurez de la oscuridad, la figura de la negra azotaba contra el piso alfombrado sin razón aparente, como si ella se empujase al vacío en la búsqueda de romper el cascarón: escapar de su encierro. En otras noches, cuando el sueño estaba a punto de engullirme, escuchaba el llanto de una dama en la lejanía, mas me era imposible despertar, fuerzas extrañas lo impedían. Así fue, hasta que un día, seguro estaba que la negra podía tener una parte viva, armado de valor, y con las ganas de que fuese carne y no madera intenté hablarle; pretendí que la negra me escuchaba, otra vez pero con más fe, y en ocasiones, que no fueron pocas, ¡hasta imaginaba que se reía de mis decires! Cuánta risa nerviosa solté esa noche y las que vinieron después que, entre cigarrillo y otro, como un cenizo oyente que sabe que debe disfrutar su humo al máximo pues tiene más vida la mosca que su hoja, esperaba que la negra me contestase. Esforzaba a la imaginación a darle efecto animado a esa pieza de arte cubano. Por semanas esforcé a la imaginación para inyectarle un poco de mí, hasta que una noche de octubre, la negra despertó.
Recuerdo que nos era imposible aguantar los deseos por acercarnos y tocarnos; primero ella –risueña, alegre- me tomaba de la mano, con ese pincel que tenía por dedos, iba formando al dejado que era yo. De abajo hacia arriba, me dibujaba a su antojo; así siguió hasta llegar al cuello que en cada pincelada lo alargaba. Sus labios, las carnosas ondulaciones marrones cada vez más cerca de los míos, invitaban a recargarme en el amplísimo sillón donde fácilmente cabíamos los dos cuán largos éramos.-Así noche tras noche corría exasperado a casa para verla, olvidando el hambre, soslayando a la ciudad, lo único que ansiaba era estar con ella; pues cada noche iba siendo más humana.
Su respiración en pausas, como si le costara respirar mi aire, le picaba su recién creada garganta y a sus moceados pulmones parecía costarles entrar en ritmo. “Vamos”, me dijo, casi callada, apenas un hálito de palabra, una fina palabra desvanecida cual hoja en otoño que yacía ya sobre mis hombros, y es que la escuché tan suave que cerré los ojos medrosamente, esperando que ella se completase, terminara su transformación y con ello completara a este pobre que la ama.
Noche tras noche su madera iba siendo piel, sus pechos dejaron su rigidez, así como sus piernas se deshicieron de su pegamento que las mantenía unidas. Luego dijo “ya casi”, casi en mis labios dijo la negra, pues los suyos estaban a milímetros de los míos, su olor a mujer y no a madera, como noches atrás, provocó que quisiera abrir los ojos para verla, darme cuenta que era casi mujer, mas la negra con una delicadeza tal, en un acto de humanidad, cubrió con la palma de su mano la curiosa vista que hube lanzado para encontrarla entre la penumbra. “Ya casi” musitó. Sentí sus labios convulsos enmarañándose con los míos que poco a poco los podía sentir ajenos, acartonados, y mi lengua tiesa impidió decirle que se detuviera un momento para poder admirarla: imposible. Ella se levantó: era tan hermosa, tan gigante a mis ojos: una dama espigada, ya no figura, ya no madera, sino piel morena de brazos largos delicados, muslos anchos, pechos firmes y caderas amplias: la misma bella mujer que por muchas noches imaginé al tiempo que la veía capturada en esa forma decorativa.
Sus ojos los abrió una vez estuvo completada, y al instante dijo “gracias” con su orgánica voz. Se acercó con un besó listo para pegarse en mi barnizada frente. En ese instante pensé en el milagro, en esa majestuosa mujer que ya veía de abajo hacia arriba. Di gracias en mi pensamiento porque por fin dejaría de estar solo, ¡ya no más esta maldita soledad!, y apresuradamente quise levantarme para aprisionarla y hacerla mía en esa alargada noche: no pude, fui incapaz de moverme: la vi alejarse poco a poco, en dirección a la recámara; la traté de seguir con astillados ojos hasta que me avasalló un sueño obtuso al que fui arrastrado vehementemente.
Y aquí está Celia, se llama Celia, lo sé porque su marido no para de decir su nombre, y parece acentuar su amor hacia ella cuando estoy cerca; como si tuviese celos de mí; entonces le pregunta qué tanto me ve y por qué parece que aquella figura de madera que sostiene en sus manos la hipnotiza. Pero la negra no responde, calla: solamente se limita a acariciarme, a tocarme y me inunda todo con su mirada, y me toca y sigue y sigue…
 
 
 

Sobre el autor
 
Escritor mexicano (Estado de México, 1984) y director editor de la revista literaria independiente Monolito (México). Ha sido publicado en la revista española Palabras Diversas. (España), Letralia (Venezuela). Cronopio (Colombia), Cuadrivio (México), Letras de parnaso (España), Nagari (EUA), Los sábados, las prostitutas madrugan mucho para estar dispuestas (España). Almiar (España). Suicidas sub 21 (Perú); suplemento cultural La Jirafa del Diario Regional de Zapotlán, Jalisco. La pluma afilada (España). Prologó el libro Job aterdio del escritor español Javier Sachez. Editorial Seleer. España. 2012. Participó con el ensayo “La violencia como producto de la sociedad” en el Segundo Encuentro de Escritores por Ciudad Juárez, simultáneo Colima. Formó parte del jurado del I Premio palabra sobre palabra de poesía.

 
 
Contacto
 
juanrpm84@yahoo.com.mx
 
 
Espacio personal
 
http://wwwjuanmireles.blogspot.mx

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