Micro cuentos de una noche sin memoria, de Mario Caamaño. Arte por Elizabeth López Avilés

        1.

Él pensaba que ocultando el cadáver jamás lo descubrirían, lo echó dentro de un saco, encendió un cigarro y tomó rumbo hacia el peladero más cercano.

De pronto, desde dentro se oían gritos, pero él no escuchó; la música en sus oídos era más gruesa que los gemidos del cuerpo.

Lo sacudió violentamente contra el asfalto, como teniendo miedo de que, por sorpresa divina o simple maña, cobrara vida, sin embargo, sólo eran historias incoherentes.

        2.

No me mires así – mirando el cielo me dijo – ya no eres igual – como alguien que no tiene miedo a mostrar enojo – no tuve más remedio que decir adiós, darme la vuelta, sacar de mis bolsillos un cigarro y prenderlo (con dificultad, pues el frío entumía mis manos y el viento besándome los nervios hacían más difícil aun la maniobra), luego, cuando ya se había consumado el acto, me dispuse a caminar (…)

        3.

Una vez estando adentro no pudimos salir, era una máquina enorme y fría, su inmensidad reflejaba su soledad, en cada pared sólo había grasa, y en cada esquina trozos de carne en descomposición. Finalmente, no aguantó, y con la astucia y ansia con que un bebé recién nacido llora, vomitó.

        4.

Recompuse el cuerpo como todos lo hacen, me acosté para pensar, en realidad, sólo dormí (…) en realidad, está bien o está mal gastar la vida en actos absurdos. Seguir día a día rutinas incoherentes cuyo único fin es matar el tiempo mientras esperas ser feliz (feliz como todos los demás) ser reconocido como un ente exitoso por la cantidad de bienes materiales obtenidos es un sordo escuchando a algún actor de cine mudo imitar a Adolfo. Qué hay de quienes sueñan con amar, qué con quienes sueñan con la muerte de cada Pedro García del mundo, qué hay conmigo que, a veces, sueño realidades diferentes, reconstruyo muertes y fornicación, pero luego las olvido al despertar, qué hay.

        5.

Cuando penetré por la puerta se sintió un gemir, eran las paredes, advertían mi presencia, fue bajo esta bienvenida como tomé asiento procurando dejar un poco de espacio para el temor. La conversación fue incomoda, sabíamos que no era bienvenido, sabíamos que no debía estar aquí, mucho menos a esta hora. Tomé mi vehículo y me dispuse a pedalear, claro está, luego de despedirme, nervioso, así como llegué.

        6.

Le dije que pasara a mi casa de improviso, nadie más que yo y mi perversión habitaba allí; ella no puso objeción alguna. Se demoró alrededor de 20 minutos, los cuales asesiné preparando el lugar; cerré las cortinas, y sobre las delgadas manchas dejé caer manteles negros; dejé los condones bajo la almohada; y, por último, me masturbé.

Ella llegó, la lluvia le había dado una mala acogida, pues su ropa estaba totalmente empapada. Al entrar se desvistió rápidamente, fue en ese instante en donde salté rapaz a besar sus labios, luego su cuello, luego sus senos – EL SILENCIO SE APODERÓ COMPLETAMENTE DE LA CASA – nos miramos – NOS PREGUNTAMOS SI ESTABA BIEN – por supuesto – LE TOMÉ LA MANO Y LA LLEVÉ A MI HABITACIÓN.

Hicimos el amor con ternura, con amor, como quien ama tiernamente a su compañero, pero también lo hicimos con odio, desgarrando nuestras pieles, mordiendo nuestros cuerpos, tirando de nuestros nervios como si fueran instrumentos de carnicería, los cuales parecían estar devorando el alma.

Desgarramos nuestros cuerpos.

 
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Desvariaciones Transversales, en Editorial Río Negro

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