Poemas para una exposición, por Óscar Paúl Castro. Arte por Iván Fernández-Dávila

 
 

Poemas para una exposición

 
 

El círculo

(Hacia finales de 1300)

 

                        I

 

En el principio fue Giotto.

Así da inicio el Evangelio según Vasari,

que retrocede a través de los siglos y avanza hasta nosotros.

Común a todos los grandes, nos dice, el azar estaba de su parte:

si las cosas hubieran sido de otro modo

el gran maestro que sigue rompiendo las cabezas de los especialistas

no habría pasado de sonriente pastor o mercader;

sin embargo, las cosas fueron como debieron

y Cimabue —como un ángel— cruzó el momento precioso

en el que el muchacho dibujaba,

como quizás cada día en los instantes de ocio,

el ademán de alguna oveja en un trozo de madera.

Nada podemos saber acerca de aquella revelación

que al viejo maestro fue dada, y sin embargo podemos intuir

cómo ante sus ojos aquella pálida bestia parecía más viva

en los rudos trazos que el pastor había ensayado distraídamente

bajo el aire fresco de una tarde cualquiera; es posible

que más allá del gesto del animal,

retozando después de haber saciado su hambre

o apretando los músculos áureos para trepar alguna roca,

un árbol desatara su peso sobre la llanura

u ondulara abandonado al viento bajo un sol benévolo o rencoroso,

o quizás fue la mirada extrañamente humana de la bestia

posándose más allá de los imposibles ojos

que en ese instante la veían.

Lo demás estaba claro.

Por todos lados se extendió la buena nueva:

un pastor había podido regresar lo terrenal a lo divino,

sabía también dotar con cierta luz de misterio

los escenarios terrenales.

Y los ángeles habitaron de nuevo entre los hombres,

confundiéndose.
 
 
 
 

                        II

 

O tal vez fue la voluntad sencilla, imponiéndose,

negándose a recorrer el camino desgastado de la sangre,

el pulso común a todos los gigantes

manifestándose en este muchacho humilde

sin nada a favor, sin nada en contra.

Y es hermoso contemplar cómo la vida y los hombres

fueron cediendo al impulso alegre y descomunal

del que llega a cambiarlo todo como sin saberlo,

y nos hace mirar con nuevos ojos

las mismas cosas.
 
 
 
 

                        III

 

El milagro estaba hecho. Los ángulos dispusieron sus alas. Un gesto apenas, un ademán hermoso, un segundo quizá bastaron. Como Dios ante un mono, intentaste explicar con una sonrisa. Y como una roca posible cayendo en el agua imposible, la forma se ha duplicado en ecos exactos hasta nosotros. Continúa todavía desde los labios atónitos del emisario y el cero en su cabeza vacía: el Sol robó su efigie, lo siguieron la misma Tierra, las estrellas todas, despojándose melancólicamente de sus pétalos de espinas; las ruedas de nuestros carros aún la reproducen, nos obsesiona ese trazo milenario e inhumano al que todavía le atribuimos pro­piedades —tanto matemáticas como esotéricas— inexpugnables. Alcanzarlo implica la más alta genialidad humana y la más alta estupidez humana, el Dios futuro lo hemos de moldear a su ima­gen y semejanza: un vacío finito y perfecto capaz de contener nuestros vacíos ilimitados e imperfectos. Sabemos que llegará de nuevo la hora del comienzo, el regreso al punto de partida y el si­lencio, pero todo indica que nada nos importa: seguiremos felices o infelices, encerrados entre sus paredes transparentes, fascinados: viviendo ciega y deliciosamente hasta la muerte.

 
 
 
 

                        IV

 

Se dice que la risa, la sonrisa, estallaba siempre en el taller y que era inversamente proporcional a la gravedad de los santos en su trance sagrado; los muchachos —ángeles sucios de mortal car­ne— aprendían a cometer todos los pecados deliciosos que los lienzos condenaban. Él, condescendiente, los congregaba en tor­no suyo, ensayaba cada noche una última cena, partiendo el pan sin levadura, repartiendo el vino joven, calentando los cuerpos para el sueño. A veces, entrada la noche, solía caminar entre los suyos: recostados en el suelo, el torso y el alma desnudos, plenos y frugales, respirando el aliento dulce del vecino, palpando la carne deliberada, fugaz y satisfecha. Cuando alguno soñaba sin saberlo, Él grababa para siempre esa sonrisa, ese gesto indefinible y pleno en sí mismo, inmortal: inmoral: porque los gestos de los sueños no deben ser contemplados salvo por los amantes (pensaba, malicio­so). Al día siguiente los santos sonreían de ese modo.

 
 
 
 
 
 

Gran desnudo en sillón rojo

(1929)

 
                        I

 

Una mujer es un sueño vacío que hay que colmar

y someter en la memoria

 

Una mujer es un trueno

                                            que se resume en abismo

Una mujer es relámpago

                                            estría de luz desnudo abismo

 

Una mujer

                                  No lo sabrá nunca

Fuera de sí no existe

Nunca sueña más allá de su epidermis
 
 
 
 

                        II

 

Yo vivo

Soy el señor de mi blancura

Mortal Mi camino es el de los dioses

Claro es mi camino

Como el grito del sol en el mar

En mis ojos no hay nada

salvo ese deslumbramiento

Yo lo sigo

He hecho a un lado todo

La grandeza La miseria

Las mujeres

se aferran a mi costado

Aullando

En mis ojos no hay nada

Toda la luz cabe en ellos
 
 
 
 

                        III

 

Para pintar a una mujer es inminente saber

y que ella ignore

que es un animal peligroso

Jadea de hambre

y hombre

Sus pechos la delatan

Que uno esté ahí

frente a su sexo

que emana orina y miel

Es algo completamente azaroso

Pudo haber sido cualquiera

Por eso

es necesario entrar en ella

Llagar su piel

con diente y furia

Hacerle sentir a espuela y grito

que la muerte le respira en la nuca

De los cabellos

desde el fondo de su soledad infinita

jalarla hacia nosotros

Y tornarla dulce y eterna

en nuestras manos miserables
 
 
 
 

                        IV

 

Nunca te levantaste

Vistiéndote lentamente

No te despediste con un beso

Nunca me miraste de esa forma

Y nunca regresaste

al lecho de tu amante

y a tus cosas

No eres tú

Sino tu sombra

La que recorre esos caminos

Desde entonces

no has sido sino el fantasma de ti misma

Tú que eras agua y sueño

Siempre en fuga

Sigues aquí

Donde ahora te contemplo

Bajo el rayo de mis ojos

En el pulso de mi mano

Aquel día fue el verdadero día de tu muerte
 
 
 
 
 
 
 

Odalisca con pandereta

(1925)

 

                        I

 

Una mujer es un sueño que hay que contemplar

y sólo contenerlo en la memoria

 

Una mujer es el trueno

                                            que sucede a la luz

Una mujer es luz

                                            sueño del trueno

 

Una mujer

                            Deberías saberlo

Es siempre la memoria

de algo perdido e irrecuperable
 
 
 
 

                        II

 

Yo sueño

Para ver cierro los ojos

No creo en Dios

Con la luz

que despierta en su piel Esculpo gritos

El color se desgrana entre mis manos

La mujer es mi camino

Soy siervo de su luz Esa sangre

Con ella siembro flores

en el sendero del infierno

Y avanzo

siempre hacia lo desconocido

Nunca estaré solo
 
 
 
 

                        III

 

Para pintar una mujer es necesario haberla soñado

Lentamente atraerla desde ese punto nublado

en la memoria

y esperar a que tome forma un día

incluso en un cuerpo conocido

Es posible

que hubiera estado siempre

junto a la mano y la mirada

Cuando esas dos sustancias

sueño y sangre

se toquen

Las cosas tomarán su lugar

ciegamente

Sólo entonces

Vestida con la luz

que nace desde el fondo

de nuestra mirada

Tomará posesión

de su reino perdido
 
 
 
 

                        IV

 

Sin tocarte

mi mano te recorre

por caminos que el tiempo no conoce

Más allá de tu silencio

de las palabras de tu piel

Cierro los ojos y miro las flores en tu pelo

Las flores invisibles de tu pelo

Y su perfume

que aún flota como un cuerpo en el agua

No mediaron más palabras entre nosotros que la luz desnuda

No era necesario el grito de la tarde que ardía como un sueño

Podría decirse que nunca estuviste aquí

que te he soñado

Pero aún recuerdo el agua de tus pechos en mi espalda

La risa de tus cabellos negros

y tus ojos

Quizás yo no existiría

si no me hubieras tocado ese día perdido

Esa noche cualquiera

en que robamos las alas de dos ángeles

para regresar y ser mortales

en el mundo
 
 
 

Sobre el autor

Óscar Paúl Castro. Culiacán, México, 1979. Poeta y traductor. Es coautor de los libros de poesía Los límites acordados (2000), 1979 Antología poética (2005), La luz que va dando nombre (2007), La permanencia del relámpago (2008). Ha publicado crónica y teatro. Mantiene la columna Traditore en la revista ReFundación, y el blog tradiuttore.wordpress.com.

*Estos poemas pertenecen al libro Puzzle (Colección Punto Luminoso, editorial Andraval, 2013).

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