La poesía de Diego Rojas

Arte fotográfico: Cristóbal Castro


 
Coreografía del mundo

Las máscaras se cuelan disciplinadas en la fiesta
luces coquetean en la alfombra,
al final sus sonrisas de destello borroso
se gastarán bajo los olores del cuerpo
hasta que ya nadie sea capaz de reconocerlas.
 
En el baile las fotos están mezcladas
bajo los testimonios de la respiración:
al final, el tren musical corrió por el andén dentro de la noche,
hacia la última estación.
 
Alguien se puede topar con el fantasma de la escalera
y su gente de hablar antiguo, danzando en este ritual
que ahora yace en el musgo de las calles
después del descenso veloz por la baranda.
 
Los amantes siguen bailando mientras se alejan
hacia una zona de la pista mal iluminada,
y recuerdan el estar en la cima de un resbalín,
cuando cambian, inevitablemente, a otra pista de baile.
 
 
 
El griterío

El eco de los gritos reaparece en cada curva y cada esquina
junto a carretas y autos fosilizados en la carretera.
Son muchas las cosas en las que quieren que pongamos nuestra atención
como para pretender escucharlas a todas.
Pensábamos en un recorrido lo más parecido a alguna escena de Miyasaki.
 
Arriba, el horizonte encandila a las miradas,
por lo menos así no enceguecen por el esfuerzo
pues nadie mira hacia ambos costados,
nadie quiere mirar a los que gritan
porque nos podríamos quedar conversando indefinidamente
detenidos momentáneamente en un bar
o quizás muertos, amarrados a alguna pareja o más perdidos que antes.
 
El mismo pozo en medio del camino para ahogar los gruñidos,
el mismo vaso para aplacar la sed de tatarabuelos y nietos
¿Acaso no comienzas a sentir angustia?
Inevitablemente hijos, sus hijos y los abuelos
beberán juntos, en ningún momento
porque ellos no sabían que esta vieja carretera
era un proyecto político
para que no pudieras ver en la oscuridad.
Mientras pusiste el primer pie en tierra, casi como saltando al mar
los gritos se transformaron en risas burlonas.
 
 
Espacio personal del autor
http://carreteracostera.blogspot.com

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