Comentario a “En el cristal de tu divina mano”, de Luis de Góngora – por Cristian Guajardo Garrido


A la luz del siguiente soneto refiérase al discurso Barroco.

En el cristal de tu divina mano…
(Luis de Góngora)

En el cristal de tu divina mano
de Amor bebí el dulcísimo veneno,
néctar ardiente que me abrasa el seno,
y templar con la ausencia pensé en vano.

tal, Claudia bella, del rapaz tirano
es arpón de oro tu mirar sereno,
que cuanto más ausente dél, más peno,
de sus golpes el pecho menos sano.

Tus cadenas al pie, lloro al rüido
de un eslabón y otro mi destierro,
más desviado, pero más perdido.

¿Cuándo será aquel día que por yerro,
¡oh serafín!, desates, bien nacido, 
con manos de cristal nudos de hierro? 

Reflexionar sobre un periodo estético en la historia, a través del prisma elemental y abismal que nos deja uno de sus más destacados representantes, y en un determinado poema, en su forma más excelsa, más aún en nuestra lengua materna, es una tarea no menor, que nos obliga a referirnos al soneto en cuestión, no conformándonos con ello, ya que tendríamos que ser videntes al modo como un oráculo nos prodiga visiones y cosmovisiones de contextos no vividos, observando a un mundo desde un soneto, pero, algo se puede hacer, claramente desde los ojos de la interpretación, pero necesariamente en base al estudio de otras composiciones textuales. (Agamben,1970). Luego, inmediatamente nos surgen un par de problemas, ya que es preciso enfocar el prisma que mejor de cuenta de lo que quizo expresar el autor, teniendo en cuenta la rebuscada imagen barroca y el alarde erudito de sus exponentes, no mal llamado en su estilo culteranismo. Si bien el índice nos refiere a una serie textual en particular, requerimos para nuestro cometido, reconstruir, aunque no acabadamente, ni desde la historiografía, que en lugar de enfocar el problema estético desde la experiencia del artista (el creador), reflexionó sobre el arte y lo bello únicamente a partir del espectador.

El devenir histórico nos indica que la antesala del barroco fue el renacimiento o clasicismo de los viejos valores griegos de belleza. Se ubica entre los siglos XVII y XVII; denominación relativamente moderna la que debemos a Francesco Milizia que la utiliza en su Dizionario delle belle arti del digeno (1797) y la usa para clasificar a todos esos artistas que son contrarios al estilo llamado clásico. Lo barroco, aparece como lo opuesto al clasicismo: es la desmesura, la confusión, es el dinamismo frente a la quietud, de lo clásico se puede decir como las formas que pesan, de lo barroco las formas que vuelan (Bozal, 1973) siendo éste solo un modo retórico para referir lo diferente de dos ámbitos que convivieron.

Además, de la singularidad de cada arte-mayor que lo ejemplificó en sus manifestaciones, trataremos de aunar marcas distintivas entre disciplina y disciplina. Cabe destacar que para afilar el ojo, debemos incluir a nuestro objeto de estudio, que es el poema, el estilo y la figura del propio Góngora, casi enmarcándolo en el conceptismo o culteranismo sin entrar en el debate de su origen italiano sea o no sea el caso (Croce, 1929), ya que se pude vincular con el alma de circunstancias históricas precisas españolas. En el gongorismo, aparte del lujo verbal, del gusto por el cultismo y de la fantasía armónica de los sonidos, hay una importantísima dosis de metáforas y con ello nos encontramos en el ámbito del conceptismo, para afianzar lo antes dicho (Millé, 1923).

Como vemos el barroco es un modo de expresión artística en diferentes disciplinas y diferentes partes de Europa. En la España imperial, proceso de apogeo y decadencia de la monarquía y más notoriamente en la decadencia política se exalta el arte barroco, sea en la pintura y la literatura.

Con respecto al texto citado; tenemos la exposición de una temática más bien de tipo renacentista que es el tema del amor. la paradoja por la que cuanto más se aleja de ella más dolor siente (por tanto, la ausencia buscada deliberadamente por él no significa ningún remedio), expresada en versos como “cuanto más ausente del, más peno” o “más desviado, pero más perdido. La metáfora o, mejor, alegoría, del enamorado como un errante o desterrado “de prisiones cargado”, que recrea también el tópico del enamorado como prisionero, presente ya en el romancero o en la poesía cancioneril del siglo XV delata la resonancia de la temática antes tratada por la poesía caballeresca.

El contraste hasta aquí descrito entre belleza suprema e inaccesible y esclavitud de quien ha sucumbido a sus encantos es el eje sobre el que se construye el poema. A esto se añade la súplica final del yo poético, quien en forma interrogativa se dirige al que considera principal culpable de su estado, el dios Cupido o Eros. Búsqueda de la belleza formal en un contexto barroco desengañado y sombrío.

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