Acantilado de los sentidos

acantilado de los sentidos

 

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BOHEMIA BEATNIK

 

 No utilices el teléfono / La gente jamás está dispuesta a responder. / Utiliza la poesía.

Jack Kerouac

 

El célebre texto Credo y técnica de la prosa moderna[1], en su numeral segundo, reza: “…acógete a todo signo, ábrete, escucha…”. Dicha frase, sin exagerar, puede resumir la actitud vital de un grupo de jóvenes escritores norteamericanos, que, alrededor del movimiento beat generation, produjo un número estimable de obras literarias. En el camino, uno de esos trabajos, constituyó el advenimiento de Jack Kerouac como escritor. Respecto a la novela, por el momento, diremos, que en su época, representó un modelo espiritual, algo así como una bitácora del vagabundo. Su trama, aparentemente sencilla, recrea cierta épica basada en pedir arrastre a los automóviles, o autostop, mientras que a la par transcurren peripecias de toda índole. Otro detalle adicional que recrea el libro son las encarnaciones de los escritores: Allen Ginsberg, Neal Cassady, John Clellon Holmes y William Burroughs, entre otros. Beat significa: “…estaba vencido, era la raíz y el alma de lo beatífico también…”[2].

La turbulencia de los años cincuenta contribuyó con la adopción de este determinado estilo de vida. Entre muchas cosas, vale la pena resaltar: “…tanto la atmósfera individual como la colectiva estaban listas: tras la Segunda Guerra Mundial, desilusionada, la nueva generación buscaba alternativas a su pesadumbre. El rigor de la razón estaba puesto en duda pues la máquina humana había provocado una hecatombe en Europa que hacía incómoda la existencia. El camino convencional se había probado ineficaz, tener éxito y educarse sin cuestionar límites de pronto parecía desatinado. Más estimulante era la aventura: probar métodos hedonistas orientales, sumirse en marginales estados de conciencia y mirar a la realidad desde otro ángulo. El alcohol y las drogas, viejos sucedáneos, adquirieron un valor distinto: eran ahora, sorpresivamente, canales con los que también podía llegarse al conocimiento de las cosas…”[3].

Un personaje en especial se constituyó en el modelo a seguir, quizá porque comulgaba con los resabios heredados de los poetas malditos, aunque su destino se cortará por lo más blando, es decir, por el camino trágico que aguarda a todo antihéroe: “…Dean era hijo de un borracho miserable, uno de los vagos más tirados de la calle Larimer, y de hecho se había criado en la calle Larimer y sus alrededores. A los seis años solía comparecer ante el juez para pedirle que pusiera en libertad a su padre. Solía mendigar en las callejas que daban a Larimer y entregaba el dinero a su padre que esperaba entre botellas rotas con algún viejo amigacho. Luego, cuando Dean creció, empezó a frecuentar los billares de Glenarm; estableció un nuevo record de robo de coches en Dénver, y fue a parar a un reformatorio. Desde los once a los diecisiete años pasó la mayor parte del tiempo en reformatorios. Su especialidad era el robo de coches; luego acechaba a las chicas a la salida de los colegios, y se las llevaba a las montañas, se las cepillaba, y volvía a dormir a cualquier cuartucho de un hotel de mala muerte. Su padre, en otro tiempo un respetable y habilidoso fontanero, se había hecho un alcohólico de vinazo, lo que es peor que ser alcohólico de Whisky, y se vio reducido a viajar en trenes de carga a Texas durante el invierno y a regresar los veranos a Dénver. Dean tenía hermanos por parte de su difunta madre -había muerto cuando él era pequeño- pero no les gustaba. Los únicos amigos de Dean eran los golfetes de los billares…”[4] .

 

 

EL JAZZ

 

“…o como en el Jazz, cuando alguien toca un bello riff o improvisa, se le dice: “crazy, man” (es de locos, hombre)…”[5]. Esto refiere Allen Ginsberg, otro poeta beatnik. Y no exagera el artista cuando enfatiza sobre la genialidad del género musical en cuestión.

La relación de la literatura con el Jazz, pudo llevarse a cabo por aquel entonces, gracias a que dicha unión, transmitía ferozmente los mitos del artista torturado y solitario, estigma que tanto arraigo tuvo en los beats. Jack Kerouac, tampoco fue indiferente a las bondades del nuevo ritmo, en especial, aquel estilo denominado bebop, cuya estética apreciaba los pequeños combos de músicos en oposición a las grandes orquestas: “…en esta época, 1947, el bop estaba volviendo loca a toda América. Los tipos del Loop soplaban, fuerte pero con aire cansado, porque el bop estaba entre el periodo de la Ornitología de Charlie Parker y otro período que había empezado con Miles Davis. Y mientras estaba sentado allí oyendo ese sonido de la noche, que era lo que el bop había llegado a representar para todos nosotros, pensaba en todos mis amigos de uno a otro extremo de todo el país y en cómo todos ellos estaban en el mismo circulo enorme haciendo algo tan frenético y corriendo por ahí…”[6].

El bebop de New York destacó a Charlie Parker – protagonista del cuento El perseguidor de Cortázar -, Thelonius Monk y Miles Davis.

Considerando a grandes rasgos el estilo del Jazz, tal vez la mejor definición para interpretar su naturaleza, se encuentre en la siguiente respuesta que Kerouac pensó para la revista Paris Review: “…El Jazz es tan complejo como Bach. Los acordes, las estructuras, las armonía, todo. Y además están esos golpes increíbles. Los grandes bateristas. Son ellos los que guían a todos los demás. Incluso pueden guiarte fuera de ti mismo…”[7].

 

 

ESTADOS MARGINALES DE LA CONCIENCIA

 

“Se debe escribir con excitación, a toda prisa, hasta sentir calambres, de acuerdo con las leyes del orgasmo”.

Jack Kerouac

 

El acelerado flujo de filosofía oriental hacia norteamérica, el descrédito que soportaba la razón, la lucha por mostrar un hombre desnudo, y muchas otras cosas, influyeron a tal punto, que, como un virus, abundaron las posturas irreverentes y contestatarias. Un sentimentalismo llevado al extremo, unido a la experimentación con las drogas, degeneró en virtuosismo escénico del patetismo humano. Para la muestra, un botón: “…Dean se había vuelto loco de nuevo por Marylou y pasó meses acechando su apartamento en Divisadero, donde todas las noches recibía a un marinero distinto y él atisbaba por la ranura del correo y veía la cama. Por las mañanas veía a Marylou toda abierta de piernas con un tipo al lado o encima. Necesitaba pruebas absolutas de que era una puta. La amaba, estaba loco por ella. Finalmente, consiguió algo de mandanga verde, como se llama entre los entendidos (verde, es decir, marijuana sin curar). Llegó a sus manos por casualidad y fumó demasiado.

El primer día quedé rígido como una tabla encima de la cama y no me podía mover ni hablar; solo podía mirar al vacío con los ojos muy abiertos. La cabeza me zumbaba y veía todo tipo de cosas en un tecnicolor maravilloso y me sentía de puta madre. El segundo día vino todo a mí, TODO lo que había hecho o conocido o leído u oído o pensado volvió a mí y se fue reordenando en mi cabeza con una lógica nueva y como no podía pensar en nada debido a mi preocupación interior por retener y alimentar el asombro y gratitud que sentía, decía sin parar: “Sí, sí, sí, sí”. No muy alto. Sólo era un sí auténtico, tranquilo; y estas visiones de la tila verde duraron hasta el tercer día. Por entonces ya lo había comprendido todo, mi vida entera estaba decidida, sabía que amaba a Marylou, sabía que tenía que encontrar a mi padre estuviera donde estuviera y salvarle. Sabía miles de cosas respecto a todo y todos.  En esto, el tercer día, empecé a tener una terrible serie de pesadillas y eran tan absolutamente terribles y pavorosas y verdes que lo único que podía hacer era estar doblado con las manos en las rodillas diciendo: “¡Oh, oh, oh, ah, oh!”…Los vecinos me oyeron y llamaron a un médico. Camille estaba fuera con la niña, había ido a visitar a su familia. Todo el vecindario intervino. Entraron y me encontraron en la cama con los brazos estirados y tiesos. Corrí a ver a Marylou con parte de esa tila…”[8].

Otra veta espiritual que recorre En el camino, atañe a los principios budistas que influyeron en el pensamiento occidental con su propuesta de hacer sentir la razón y obligar una reflexión de los instintos. Técnicas telepáticas, experiencias místicas, alucinaciones de todo tipo, podrían resumir una aventura colectiva caracterizada por la sed de vértigo. A propósito, Carlo Marx, personificación de Allen Ginsberg, registra así las experiencias de esa índole: “…Dean y yo estamos embarcados en algo tremendo, intentamos comunicarnos mutuamente, y con absoluta honradez y de modo total, lo que tenemos en la mente. Tomamos bencedrina. Nos sentamos en la cama, y cruzamos las piernas uno frente al otro. He enseñado a Dean por fin que puede hacer todo lo que quiera, ser alcalde de Dénver, casarse con una millonaria, o convertirse en el más grande poeta desde Rimbuad. Pero sigue interesado en las carreras de coches. Suelo ir con él. Salta y grita excitado…”[9].

Pero nada comparado con el testimonio que Sal Paradise, Jack Kerouac, suministra sobre un estado de trance: “…y durante un momento llegué al punto del éxtasis al que siempre había querido llegar; a ese paso completo a través del tiempo cronológico camino de las sombras sin nombre; al asombro en la desolación del reino de lo mortal con la sensación de la muerte pisándome los talones, y un fantasma siguiendo sus pasos y yo corriendo por una tabla desde la que todos los ángeles levantan el vuelo y se dirigen al vacío sagrado de la vacuidad increada, mientras poderosos e inconcebibles esplendores brillan en la esplendente Esencia Mental e innumerable regiones del loto caen abriendo la magia del cielo…”[10]

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WALTHER ESPINAL. Medellín,  Colombia. 1980. Realizó estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Antioquia. Ha publicado los libros de poesía; La danza del narciso (2009), con el que obtuvo una mención en el XX Concurso Nacional Universitario de Poesía U. Externado de Colombia; El pirata y otros poemas (2010); y El espectro del tigre (2015). En su ciudad tuvo contacto con varios talleres literarios. En 2010 fue invitado al XX Festival Internacional de Poesía de Medellín. Visita su blog La mochila filosófica

 


[1] Jack Kerouac. Revista Puesto de Combate. Nº 54-55. Bogotá. 1999. Pág. 22

[2] Jack Kerouac. En el camino. Editorial Bruguera. Barcelona. 1981. Pág. 258

[3] Ilán Stavans. Memorando sobre los beat. Revista Universidad de Antioquia. Nº 218. Octubre – diciembre. Medellín. 1989. Pág. 23

[4] Jack Kerouac. En el camino. Editorial Bruguera. Barcelona. 1981. Págs. 59-59

[5] John Lofton. El puritano y el libertino (entrevista con Allen Ginsberg). Revista Quimera –edición latinoamericana-.Nº 10. Mayo – junio. Barcelona. 1991. Pág. 23

[6] Jack Kerouac. En el camino. Editorial Bruguera. Barcelona. 1981. Pág. 27

[7] Emanuele Bevilacqua. Guía de la generación beat. Ediciones península. Barcelona. 1994. Pág. 83

[8] Jack kerouac. En el camino. Editorial Bruguera. Barcelona. 1981. Págs. 244-245

[9] Ibíd. Pág. 63

[10] Ibíd. Pág. 228

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