La vena que golpea en la sien

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ANDRÉS CARO BERTA

URUGUAY  

 

 Andrés Caro. Es autor de varios libros. Adrenalina Montevideanis (cuentos), Ruido Blanco (cuentos ciencia ficción), Cinco obras de teatro, Diccionario Etimológico de lo Sexual. Actual Secretario de la Casa de los Escritores del Uruguay. En el campo del Teatro: obtuvo el 1er. Premio en Dramaturgia Édita (por su libro Cinco obras de teatro) en los Premios Nacionales de Literatura 2015 del Ministerio de Educación y Cultura. Obras escritas y dirigidas por ACB – Sade, el divino marqués; La mejor historia de amor (cursi y con final feliz); El orgasmo de María; La linyera; El peor día de Freud; Las castraciones; Erótica. Dirigidas por ACB- Marat – Sade en el Vilardebó; Almas; El sueño de Federico. Autoría de ACB dirigidas por otros- La última cena (Asturias, España); El divino marqués (Montevideo; Buenos Aires, México), La mejor historia de amor (cursi y con final feliz) (Córdoba, Argentina); El orgasmo de María (México; Colombia); David que no fue Brenda (Montevideo); Gardel es marroquí (Buenos Aires). Psicología, Sexología- Sexólogo clínico; Psicólogo clínico de línea psicoanalítica; Past Presidente de la Sociedad Uruguaya de Sexología, Presidente de Federación Uruguaya de Sexología; psicodramatista, perito Judicial.

   

 

APENAS OTRO RECITAL DE FIN DE AÑO, EN EL CONSERVATORIO

 

¿Por qué el piano golpeado por el niño aburrido, transmite dolorosamente la bella sinfonía de Beethoven, mientras la madre del pequeño sufre con lágrimas en los ojos, como a punto de parir?

El edifico viejo y vetusto del conservatorio, con techos lejanos y paredes frías y  adornadas quién sabe por qué dibujos, soporta el golpetear.

La profesora tiembla, bueno, siempre tiembla. El rictus en su cara, la tensión en su cuello a punto de la contractura, sus manos apretadas una a otra, observa la escena y es un misterio si está espantada o fascinada.

El niño sueña con salir corriendo y saltar como si fuera Chaplin en una película muda, por el verde campo, mientras con un ojo mira a su madre, fastidiado, y con el otro la odiada partitura.

Su hermana disfruta, sentada en primera fila, masticando goma de mascar, amenazando con hacer explotar el globo ya formado. Se ríe porque sabe del parto de su hermano.

Cuando termina la primera parte, la gente aplaude. “¿Qué hacen?” piensa el ejecutante. Lo mismo murmura la profesora.

Con un gesto amargado y una mano apenas elevada, solicita ésta silencio al auditorio inepto que no sabe apreciar la verdadera música, esa que le da de comer pero que debe prostituir en manos de imberbes asesinos.

El piano aporreado sufre. Protesta.

El niño piensa en un helado a la salida y despide tres notas maravillosas, pero como sabe que no se lo comprarán, a continuación desgarra los sonidos más espantosos.

Y faltan cinco ejecutantes más.

El público desborda la sala, el patio de la antigua casa que conoció momentos más gloriosos que este.

Todos familiares… y amigos.

Del fondo alguien con voz potente grita un “Dale, Eduardo, vos podés” que inflama la vena de la profesora que está a punto de infartar.

Llega el final de la ejecución. Nunca mejor utilizada dicha palabra.
La tapa, como una terrible venganza del aporreado piano cae sobre las manos del niño que grita en medio del aplauso general.

La madre se abalanza sobre él para rescatarlo mientas maldice a la dueña de casa, que no controló dicha situación.

Ésta permanece quita. Parada en un costado del improvisado escenario, su rictus se asemeja a una parálisis facial.

“Asesina” grita la tía, que avanza hacia ella decidida a cometer venganza.

El niño llora desconsoladamente y aúlla: “Viste, te dije, no quiero tocar más piano en mi vida”.

Y la madre: “¡Cuándo se entere tu padre!”.

Los cinco restantes ejecutantes no saben qué hacer.

Los parientes y amigos de los cinco niños que aún no lastimaron el instrumento, se impacientan, se enojan con quienes gritan por lo ocurrido.

“¡No es para tanto! Mi nieta todavía no tocó” manifiesta furiosa una abuela desde la segunda fila.

“¡Qué se callen!”, vocifera uno cerca de la salida.

La profesora, con el cuello más duro que una tabla y sin voz, trata de controlar la situación.

Todo va volviendo a la normalidad.

El niño lastimado y su séquito se van retirando en medio de los aplausos de los que quedan que corean “¡Que se vayan, que se vayan!”, en tanto la madre, rojo su rostro, avanza rumbo a la escalera, respondiendo: “¡Esto se va a saber!”.

Con el hilo de voz que aún mantiene la dueña del conservatorio, se dirige al público, parándose frente a él, con las manos destrozadas, masacrando una a la otra y dice: “Que pase el siguiente”.

 

 

MIEDO

 

La tarde era agradable y calurosa. Yo miraba el movimiento de los autos, el frenar, el arrancar, los semáforos, la gente llegando a sus casas…, el paisaje que lentamente iba transformándose a medida que el sol se ocultaba entre los edificios.

Cuando me disponía a entrar, lo vi.

Aunque parezca ridículo, el hombre, a dos cuadras de donde yo estaba, se reía de mí.

Esa forma de gesticular me produjo miedo. Me sentí inseguro, desprotegido… Quise retener el sol que se me escapaba dejándome solo con…

La camisa se empapó. A la distancia, el hombre me miraba.

Yo no estoy loco. Me miraba. Permanecía amenazante a dos cuadras, parado al borde de la vereda.

De pronto di un salto hacia atrás. Él había comenzado a caminar hacia la casa. ¡Hacia mi casa! Las piernas se me aflojaron. Quise entrar pero mis manos no me respondían; manoteaba las llaves, pero le erraba a la cerradura, mientras mis ojos no podían hacer otra cosa que observar atentamente a ese hombre que avanzaba lentamente hacia mí.

Sin poder apartar la vista de él, busqué la cerradura. Con la otra mano arrastré la llave hasta encontrar el hueco, la introduje y pude abrir. Sentía escalofríos.

Intentando controlar el temblor que me invadió, logré moverme.

El hombre seguía avanzando. Lentamente.

Tenía una sonrisa sádica.

Cerré la puerta y sin prender la luz, corrí hacia la ventana para poder verlo. Allí estaba. Caminando sin apuro hacia mí.

Mi mano se crispó. Mi cuerpo se puso tenso y en estado de alerta. Algo tenía que hacer.

Luego de mirarlo atentamente, ya a una cuadra de distancia, fui hasta el dormitorio, tanteando en la oscuridad.

Busqué debajo de la cama y encontré lo que buscaba. Arrastré la caja hacia mí. Sin ver nada, pero sabiendo lo que tenía frente a mí, saqué de ella un rifle y balas.

Me sentí más calmo.

Me acerqué nuevamente a la ventana, y mientras ponía bala tras bala, observé. Ya no caminaba lentamente, ahora corría hacia mí.

Rompí el vidrio y apunté hacia él. En la mira su cara se agrandó. Su sonrisa sádica no dejaba de mirarme.

Y cada vez estaba más cerca.

¡Media cuadra!

El disparo perforó el aire y el hombre dejó de correr. Con el impulso que llevaba, quedó un instante suspendido en el aire y luego cayó espectacularmente hacia atrás.

Y rodó.

Gran cantidad de gente corrió hacia él.

Yo permanecía viendo todo a través de la mira del rifle.

Y, sorpresivamente, alguien más apareció.

Una mujer, de espaldas a mí, muy cerca de mi casa, miraba hacia el hombre, paralizada.

Se le cayó la cartera.

Me daba la espalda, pero lo comprendí todo.

El hombre corría hacia ella…

La mujer permanecía estática en la mira. No atinaba a nada.

Apreté el gatillo y rodó.

Rodó.

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OSMANY ECHEVARRÍA VALÁZQUEZ 

CUBA 

 Osmany Echevarría Velázquez. Pinar del Río 1979. Poeta. Licenciado en Lengua Inglesa en el Instituto Superior Pedagógico “Rafael María de Mendive”. Ha sido Profesor Universitario con categoría Asistente, Periodista y Traductor. Miembro de la Asociación Hermanos Saíz. Actualmente se encuentra como colaborador de la Misión Cultura Corazón Adentro en Venezuela Textos suyos aparecen publicados por varias revistas cubanas; así como en varias antologías nacionales y extranjeras, entre las que resaltan: La Isla en versos, Ediciones La Luz, Holguín, 2011. El Manto de mi virtud. Poesía cubana y uruguaya del siglo XXI, Editorial Letras Cubanas y UTU, Montevideo, 2011. “Poderosos Pianos Amarillos”, Ediciones La Luz 2013. “Las ondulaciones permanentes: última poesía cubana” (2013), Ediciones La Luz y la Antología “El Árbol en la Cumbre, nuevos poetas cubanos en la puerta del Milenio”. Editorial Letras Cubanas 2015. Tiene publicados además los libros Confesiones del Péndulo, Editorial Hermanos Loynaz, Pinar del Río, 2003. Naufragios del Pez Lunar, Editorial Hermanos Loynaz, Pinar del Río, 2011 y la Antología de narrativa cubana y uruguaya, Distancias del agua. UTU, Uruguay (2012). Ha obtenido varios premios en encuentros de debates de talleres literarios muncipales yu provinciales. Asimismo, ha sido mención del Premio Alcorta en el 2005 y 2007 y ganador del Premio ”Beca de Creación Sigifredo Álvarez Conesa”, auspiciado por el Consejo Nacional de Casas de Cultura (2009).

 

 

PACIENCIA CHINA

 

Tenía una idea del futuro trazada en su mente, en un país donde no solo se necesita voluntad para el éxito, sino mucha suerte para que la contracorriente no empuje hacia el punto en que la nada se convierte en un animal hambriento. Treinta y cuatro años había permanecido en el pueblo donde nació, sus padres eran el único cordón umbilical; estaba listo para tomar oportunidades que lo hicieran catapultarse de ese lugar, con muchas realidades y pocos sueños.

Los de su edad ya no estaban, algunos se fueron hacia otras provincias, otros a cualquier punto cardinal que los recibiera; toda una generación sintió no pertenecer a una tierra demasiado paternalista, demasiado manipuladora, demasiado estéril para quien, simplemente, desea vivir. Sus amistades venían a visitarlo llenos de historias y descripciones sobre lugares que él nunca había imaginado, ya estaba cansado de vivir las experiencias de los otros, quería la suya propia; y quiso partir también, solo que áun no era el momento; hasta que le propusieron un convenio de trabajo por dos años en el extranjero. ¡Perfecto!, pensó, no es el gran lugar, ni la gran oportunidad, pero al fin saldré del enclaustramiento; al fin el exterior será más real que las anécdotas de los amigos y las frías imágenes desde un televisor.

Lo primero fue informarle a sus padres, estos lo apoyaron diciendo que no se detuviera, los dos estaban viejos, enfermos, pero sabían que debía salir, tomar otro aire, ayudarlos económicamente; al final dos años no es nada para quien espera mucho. Lo segundo, contarle la noticia a su novia de dos meses de relación, ésta al escucharlo emocionado, dejó que terminara y sin titubear, con la misma euforia con que él la sorprendió, le dijo que estaba embarazada. Él quedó mudo, por primera vez en su vida tendría la satisfacción de ser padre; pero su rostro, mostraba signos de desasosiego. Desde cuando lo sabes, preguntó; tenía mis sospechas pues hace días mi período estaba retrasado, contestó ella y sin más le hizo escoger, el viaje o ella.

Es absurdo, hacía tiempo deseaba salir del país, prácticamente era un regalo al esfuerzo de tantos años y ahora esta complicación…entonces recordó el día que fue al santuario de su virgen protectora orando por un hijo y la oportunidad de conocer el mundo, pensó que era una ironía, que alguien o algo se burlaba de él; aún así recurrió a su método de la paciencia china y respirando profundamente fue a hablar con su novia; quiso convencerla, debía tomar el viaje y después planificar mejor una vida juntos; incluso con su enfermedad enfrentarse sola al embarazo era un peligro, -imbécil-, fue la palabra que más escuchó, mientras se contenía sin más opción que sobrellvarla; y la noche que le propuso hacerse una regulación, la respuesta fue inmediata -creí que eras otra persona y me equivoqué-, la puerta hizo un sonido estemecedoramente seco en su cara; pero a la tarde siguiente apareció en su trabajo, sonriendo, como si hubiese borrado el encuentro anterior, con una muestra de ultrasonido entre los dedos. Sabes, tengo 8 semanas, y extendió su mano, con cierto nerviosismo; ¿ocho? cuestionó él mientras hacía sus cálculos, no podía ser que quedara embarazada el mismo día que estuvieron por primera vez, cuando una semana antes ella había terminado con su ex; y si esto era un engaño, si en realidad no era de él y sí del exnovio; pensaba que tendría seis semanas no ocho; no podía disimular la impotencia y la ira que provocaba la incertidumbre, -estos resultados son variables, nada es exacto-, y casi estuvo a punto de tomarla por el cuello, levantarla en peso contra la pared, mientras ella miraba al piso, como si quisiera contar las losas. Mañana te haces la regulación determinó, no puedo tener un hijo con las dudas de si es mío o de otro.

La enfermera, les explicó el procedimiento, dos pastillas debía tomarse en la casa con todos los cuidados posibles pues sería una especie de aborto provocado, estuvieron de acuerdo, pero al preguntar si padecía alguna enfermedad, ella dijo que desde pequeña presentaba crisis de epilepsia, enseguida la enfermera la miró y negó la posibilidad de la regulación, tendría que someterse a un legrado.

La espera era interminable, ella nerviosa, él preocupado, sería la primera en entrar; el procedimiento era sencillo según los médicos, en unos minutos todo estaría listo. Tuvo que salir del salón, ella entraría sola; apenas dio unos pasos cuando alguien gritó: ¡Ay Corran!, algo había sucedido y al entrar, allí estaba convulsionando, los nervios hicieron que colapsara junto a la epilepsia; la cargó en peso hasta la sala de terapia. A los pocos minutos, abría los ojos sin recordar nada, hicieron algunas pruebas y la dejaron ir, haciendo énfasis en que debía regresar al otro día, ya no quedaba tiempo para el legrado. Esa noche permanecieron juntos, ella quiso convencerlo de que el hijo era suyo, que no tenía la menor duda, le dijo que lo pensara, que no se fuera. Creyó que estallaría en pedazos, tantas cosas en contra no sabía si era una señal de renunciar a su sueño; pero las cosas le resultaban turbias, y le dijo que al otro día volverían al Hospital. Así lo hicieron y esta vez salió bien, y al salir, sin mirarlo a la cara le dijo: ahora puedes irte, ya no tendrás hijo.

 

 

II

 

Solo quedaba esperar que le confirmaran la fecha de vuelo, así pasaron los meses, y a punto de desesperarse, optó por aplicar su método de la paciencia china. Una mañana, su padre se levantó mal del estómago, no dejaba de ir al baño, y cuando por quinta vez vio que demoraba, lo encontró encorvado, con mucho dolor; a sus 84 años aún se aferraba a la vida. Pero al verlo en ese estado, la opción fue llevarlo a consulta; al verlo el médico, le dijo que el caso era de ingreso, tenía un sangramiento digestivo. Lo trasladarían al Hospital provincial, pero mientras apreciera la ambulancia lo mantendría en observación. Así estuvieron 8 horas, en espera del traslado junto a un señor diabético que debían amputarle una pierna, un muchacho con un cólico nefrítico y una señora con una oclusión intestinal. Casi de noche irrumpió el médico para informar que la ambulancia llegaría en breve, los cuatro casos serían trasladados junto a los acompañantes, pues no había más transporte disponible y el combustible debía ahorrarse. No lo podía creer, le parecía el peor absurdo, -cuatro casos de enfermedad delicados, en una misma ambulancia, como sardinas junto a sus familiares-, al final serían 8 personas en un transporte destinado, en cualquier otro lugar del planeta, para un enfermo, un acompañante y un asistente de emergencias. -Este país tiene que caerse a pedazos y volverlo a levantar si vale la pena-, -o mejor debería quedarse vacío y encerrar en él a quienes nos tienen confinados a la estúpida manía de enfrentar su incapacidad-, pensó mientras maldecía en silencio la cotidiana costumbre de enfrentar un problema tras otro.

Después de dos horas, llegaron al Hospital provincial, allí lo recibieron en emergencias y decidieron ingresar a su padre, por la edad y lo delicado del sangramiento. Y se vio en una película de terror, en un centro de salud, sin agua, sin las condiciones óptimas, mientras recordaba como en la TV se vanagloriaban de los óptimos resultados del sistema de salud; cada dos horas debía llevar al padre al baño, ayudarlo a sentarse en el inodoro, limpiarlo, bañarlo, y luego cargarlo de regreso hacia la cama. -Lo último que falta es que ahora, justo ahora me llamen para el viaje, y tenga que decir que no puedo, que tengo problemas familiares, y después me denieguen la salida-, pensaba. Así permaneció nueve días, sin poder evitar el desespero, la rabia por todo lo que tuvo que enfrentar, justo cuando parecía encontrar una puerta de salida. Cuando le dieron de alta a su padre, no tenía buen semblante, las ojeras y la piel pegada a la carne mostraban signos de cansancio, de constante preocupación y desgaste.

Varias semanas permaneció en la rutina de llevar a su padre a consultas, para ver la evolución y descartar futuras complicaciones; mientras optó por no pensar más en el viaje, y se concentró en su vida cotidiana, en sí mismo. -Después de todo creo que ya es hora de que Dios me de un respiro-, -lo necesito y  lo sabe-, se decía, y creyó que el camino sería llano, hasta la mañana que lo llamaron con carácter urgente de su trabajo, en un primer momento pensó que tenía que ver con su partida, pero al llegar notó que había problemas graves y de alguna manera estaba implicado. Su nombre pasaba de boca en boca, debían expulsarlo, pues alguien de arriba demandaba cabezas, responsables; temió perderlo todo, había perdido la oportunidad de tener un hijo, ahora el trabajo, seguro su sueño estaba en un hilo; ¿que vendría después? Perdido, no quiso sucumbir ante las locuras que trae la desesperación, sentía la sangre hirviendo, las arterias inflamadas y los músculos tensos; sobre todo cuando el director se le acercó para cuestionarlo, le dijo la verdad mirándole a los ojos con unas enormes ganas de caerle a patadas a todos los que le culpaban de algo que en realidad no era un crimen ni un delito; sólo parte de las estúpidas leyes de un país subdesarrollado como las mentes de quienes lo dirigen. Luego en su casa, se encerró consigo mismo y trató de calmarse, pues la paciencia era su mejor arma y recordó que su padrino lo había advertido: tus enemigos son muy inteligentes y nunca te darán el frente, dice Ifá que debes hacer limpiezas para purificarte y se aparte lo malo,  quieren sacrificar al ángel caído, que eres tú. Meses atrás, debió hacer caso a los consejos espirituales, pero su seguridad lo llevaba a confiarse demasiado del mundo de los hombres. Así decidió partir a consultarse con su padrino, y éste al verlo lo hizo entrar a su casa soltándole: sabía que vendrías, hay cosas que no se pueden dejar para después; cuando los santos hablan, todo está escrito y ahora estás entre la espada y la pared. Dos días tomó hacer sacrificios y ofrendas, quizás esto podía salvarlo. Al tercero lo llaman de la capital para que se presentara en la oficina a entregar ciertos documentos que faltaban para el viaje y sin perder tiempo tomó el primer autobús.

Hola, dijo a la secretaria, y al explicarle el motivo de su presencia, ésta le indicó la oficina. -¡Muchacho por poco te quedas!-, le dijo la especialista que lo antendió, mientras tomaba los documentos faltantes, y él buscaba algún resquicio en su mirada que delatara conocimiento sobre los problemas en el trabajo, buscando si había alguna amenaza contra su viaje; pero desapareció cualquier duda cuando ésta le dijo: -recoge todo y mantente pendiente que en cualquier momento te avisamos-; -no obstante te falta algo más-,  y esa última frase fue como un martillazo; no imaginaba que los trámites serían tal Odisea. -La burocracia siempre puede superarse-, pensó, mientras hacía fotos carné, fotos pasaporte, firmas de convenio, abrir cuenta de banco,…y el copón divino, para poder montarse en ese avión a un lugar cuyas noticias no eran muy halagadoras; pero que en definitiva sería un lugar distinto para él, por primera vez en más de un tercio de siglo. A pesar de todo, los santos estaban a su favor, y cuando finalmente saltó el escalón burocrático, lo llama el director de la empresa al móvil para informarle que habían analizado su caso con las instancias superiores, no perdería el trabajo, pues no era justo tomar una medida radical con un buen trabajador como él. -Que los manden a todos para casa de la pinga- -No, que se mueran todos mejor- -Que manera de disfrutar joderle la vida a la gente- -Estos lo que tienen son problemas sexuales- La cabeza le iba a explotar, pero se detuvo para cruzar la calle. El ruido de los almendrones lo volvió a la realidad de un mediodía insoportable cuando alzó los ojos al cielo -Amén, Aché, gracias, repitió para sí mismo-.

Un mes después, lo llaman de la oficina provincial: Buenos días, le informamos que el día 15 vuela, debe presentarse a las 9 de la mañana acá y de ahí lo transportaremos hacia el aeropuerto. -¿Verdad?-, -disculpe pero usted está hablando en serio, le dijo a la mujer del otro lado de teléfono-; y ésta respondió: -¿no tiene usted previsto una contrato de trabajo?-, pues haga lo que estoy diciendo. -¡Al fin!- gritó mientras saltaba en su cuarto de alegria, y corrió a abrazar a sus padres.

Las despedidas, no son buenas, pero en su caso, era un escape, y le dio un abrazo al viejo recomendándole que se cuidara, que lo quería entero cuando regresara, y secó las lágrimas de su madre, que con una sonrisa disimulaba el peso de una soledad en espera. Así tomó su mochila y no quiso despedirse de los amigos, de nadie, pues la envidia, podía acechar y destruir. Finalmente no daba crédito cuando la voz anunció el fin del vuelo, y ya en tierra firme, agradecía a Dios, la Vida y el Destino. Había crecido, tuvo que superar todo, pero finalmente su recompensa era válida.

Nueves horas viajó hacia la ciudad que lo acogería, y al ver las costas, los edificios, los boulevards, maldijo una y otra vez su suerte provinciana, las cosas que habia perdido en su juventud; al llegar lo presentaron ante sus nuevos compañeros de trabajo, muchos como él habían pasado sacrificio para salir, y alguien habló de la paciencia, y él sonrió porque sabía que era su mejor arma ante todo lo que tuvo que soportar…Dos veces por semana llamaba a sus padres, les hablaba de los nuevos lugares que conocía e incluso le detallaba a su madre los menús diarios, para convencerla de su buena alimentación.

Aquella mañana al despertar, comprobó en el teléfono una llamada perdida de su coordinadora, así que la devolvió, más por cortesía que por asombro, pues ella solo molestaba a los trabajadores por cosas importantes. Ella le preguntó por su familia, si estaban bien, y él dijo que sí que había hablado con ellos dos noches atrás. Le pidió que tratara de comunicarse con ellos para ver cómo estaban sin darle más explicación. Y justo al intentar marcar el número de casa, descubrió un nuevo mensaje de su sobrina en el buzón.

-Abuelo falleció anoche, no se saben aún las causas.

Pálido cayó sobre una silla, golpeándole en la mente lo que hizo para estar en ese lugar, lo que sacrificó, y ahora debía regresar, sin saber si podría retomar el convenio, todo podría estar perdido. Y comenzó a destruir cuanto objeto encontró a su paso, estrellándolo todo contra el piso, las paredes, las escaleras. Ya no era él, sino un animal acorralado, defendiéndose de todo y todos, con los músculos tensos, el mundo turbio ante su mirada, hasta que alguien lo sostuvo, tratando de calmarlo mientras lo hacía sentarse otra vez.

-Lo siento mucho, ten paciencia, todo saldrá bien-

Fue lo que escucho y girando su cabeza, con los ojos enrojecidos, sonrió diciendo.

–Sí, lo sé, la paciencia es mi mejor arma.

 

1 comentario en “La vena que golpea en la sien

  • Osmani Hechavarria Velazquez, me conmueven tus pablabras, estoy emocionado ya que reflejan la vida de un amigo muy querido, que amigo digo, de un hermano que siempre supo estar ahi para cuando lo necesite, cuando no tenia salida para alguno de mis problemas siempre supo buscar una solucion para mi con tu PACIENCIA CHINA. Muchas gracias mi hermano, hasta en la distancia haz sabido cargar conmigo….

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