Chamán Solar: Héctor Rojas Herazo

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Todo está hecho ya. Han sonado todas las músicas posibles. Se han ensayado

todos los instrumentos en su  mezquino papel de solistas

                                                                                                       Álvaro Mutis

                                                                                                                      

Si bien Héctor Rojas Herazo obtuvo en vida un notorio aprecio por parte de lectores no sólo cultos sino, a la par, sensibles a las intensidades y densos signos de su obra, volverá muy seguramente a cumplirse ahora aquel fatum según el cual en estas tierras de Dios y el Diablo, se requiere de la muerte para un casi sórdido reconocimiento. En tanto la posteridad exige, quien sabe si por suerte, andar y desandar caminos adoquinados de inauditos pasos y herméticas intenciones.

Su prosa, tan poética como sus crónicas, tan sutilmente enigmática a la manera de sus poemas, está poblada de innumerables claves, de un profuso saber y de resonancias infranqueables para quienes esperan de la vida algo que la literatura jamás podría darles, desde la dimensión del verbo encarnado aún más lejos, en la medida que la literatura nada enseña, al decir de Henry Miller, sino que simplemente ratifica una visión accesible al soñador que busca en el abismo, consciente más allá de la incertidumbre, de cuanto respecta al sufrimiento y al extravío de un asombro cimentado en la pérdida de todo lazo con las creencias diseminadas en el huerto de la más áspera desesperanza.

Frágil en la contundencia, intuitivo, bailarín de la cuerda floja, como el chamán solar del éxtasis sugerido desde el vértigo visceral de Arguedas, de Rulfo, de Lezama o de Onetti, un pincel desliza a través del laberinto caribeño de Cedrón (pueblo mítico en la saga de Héctor Rojas Herazo), incesantes círculos ígneos, finalmente ensimismados en “este tranquilo techo de palomas”, al que aludió Paul Valery en El Cementerio Marino.

Aquellos parajes exóticos y lacustres de Necoclí, Capurgarná o Coveñas, más acá de los almendros o los tamarindos, más allá de la playa blanca donde la soledad adentra sus colmillos de hielo seco en la resaca de los alcatraces, los cangrejos o el logos espermático de los murciélagos alimentándose con sal de glóbulos rosáceos bajo la glándula pineal de la arena caliente.

Rojas Herazo también pintó y no casualmente, a pesar del desvarío desafortunado, al enredarse en la corona de espinas y jazmines sangrientos, por el azar de un malentendido de otro magnífico escritor, Hernando Téllez, solía pernoctar en el ámbito funambulesco, así estuviera entre Picasso y Lam, de los lienzos y los óleos imbuidos por el pergamino agreste de las almejas, en el hallazgo de un escape mágico, tan abisal que terminará por ser la vía de su rescate y el atajo más próximo a la perdición.

Esa imagen que en tantas ocasiones, quizás en razón de la tontería forjada por el óxido de arcanos moluscos, ha sugerido, más como inhibición que como apertura, la corta vista de nuestras instituciones educativas, languidece en las blancas noches algodonales y campos de amapolas, cuando, sin saber cómo diablos, grandes escritores hemos tenido, aunque no siempre en Colombia, uno que otro escritor nos permite captar ese “libre claro de lo abierto”, tan amado por Heidegger, Char o Celan, de paso por la Selva Negra..

En el caso de Rojas Herazo, en sus libros de poemas (citemos Tránsito de Caín, Desde la luz preguntan por nosotros, Agresión de las Formas contra el Ángel, Úlceras de Adán, etc.), en su trilogía o tríptico de novelas (Respirando el verano, En noviembre llega el Arzobispo, y Celia se pudre), en sus crónicas, canta y se decanta un esplendor de obsidiana alimentado por los escombros de una atmósfera tormentosa, atormentada y, paradójicamente, transparente en el fervoroso furor de la selva inmaculada, violada siempre, sin embargo intacta en el sambenito de los sangenaros, con la prístina espuma de la siempreviva, allí donde la panga en lugar de naufragar renace, una y otra vez, con las pócimas del ñeque, la datura, el ron blanco, el cielo azul o, de súbito en visiones como ésta, vislumbrada en esa bella novela de 1967: En noviembre llega el Arzobispo, inscrita en mi memoria como el humo de un sol congelado sin más caínes que los motivos del ángel, un patio, o el resplandor de un crepúsculo incrustándose para siempre en los garabatos salinos de la risa, en esta asfixia, sin más cifras: “Una tarde (los hombros y los bucles limitando la noche, escoltada por las últimas lanzas del sol) vieron la nube que tenía forma de ángel. Se detuvieron hechizados. La celeste criatura emergía del mar, escorzándose en un gesto de arrobo. Los algodones del cabello y el final de las alas se deshacían entre colores delirados por la lejanía. —Es el sueño de un violín—, pensó alguien en el interior de Severino. “La noche-”, oyó que decía el amigo…”.

 

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CARLOS BEDOYA, Medellín, Colombia. 1951. Egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Pontificia Bolivariana, Poeta, Ensayista, Traductor y Programador musical (Jazz y rock, entre otros géneros). Obra: Pequeña Reina de Espadas (Ediciones Unicornio, Medellín, 1985), Víspera del Vértigo (Editorial Ojo Mágico, Medellín, 2004), Viajes en la Cuerda Floja (Editorial Endymion, Medellín, 2006). En 2002 se publicó en Londres, Inglaterra, su traducción de La Escultura, del poeta hindú Aminur Rahman. Distintos trabajos suyos han aparecido en Antologías realizadas dentro y fuera de Colombia.

1 comentario en “Chamán Solar: Héctor Rojas Herazo

  • No conocía nada de Rojas Herazo pero después de leer este artículo de Bedoya, que celebro por su claridad, no puedo sino buscar con ahínco esa novela que se llama “En noviembre llega el Arzobispo” cuyo título ya concita inmediata adhesión en mí. Agradezco que vuestra Revista haya publicado un texto mío (Tres tristes..) que más parece pretexto. Me gustaría suscribirme y si es posible colaborar con Vds. Decididamente me gusta esta Ira.
    Alejandro Bovino Maciel

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