La vena que golpea la sien

imag cabecera

 

***

En esta segunda entrega del ciclo “La vena que golpea la sien”, compartiremos textos de María Negro de Argentina, enfoca el lente en los cinturones marginales, que no detienen su expansión en las ciudades latinoamericanas, en El verano allá al fondo, retrata un episodio fácilmente identificable en cualquiera de nuestras calles, apelando al lenguaje coloquial y sintético de una persona del lugar. Por otra parte Breno Donoso Betanzo de Chile, nos sumerge en una disputa pasional en donde los celos, la infidelidad y la presión social asfixian a un protagonista, que está atrapado en un ambiente frívolo y desalmado bajo la cortina de smog de dos grandes urbes chilenas.

***

MARIA NEGRO

El verano allá al fondo

Como todo lo verano ¿vio, don Carlos? Con esta calor que uno no sabe si mojarse con la manguera de lo pibe en la vedera o seguir mangueándole hielo a doña Luisa, porque pa’colmo se rompió la heladera y ahora sí que la calor no se banca ¿vio? El ventiladorcito, el Ranser, no alcanza para nada, uno se moja la nuca esperando que le tire un poco de aire cuando pega la vuelta pero no, no se banca el verano. Por eso salimo a la vedera ¿sabe don Carlos? Si no era en verano ni nos enterábamo. Porque adentro de la casa, con el ruido de la tele y lo pibe siempre peleándose por algo, la casa e’ un quilombo que no se escucha nada. Si no era por la calor, don Carlos, por mis ojos que nadie se enteraba. Pero así fue nomá, cuando salimo a la vedera con la Norita y con lo pibe el Luisito ya la tenía a la piba agarrada del cogote y le metía la cabeza en la zanja, abajo el agua se la metía. “¡Callate, puta e’ mierda!” le gritaba el Luisito… y la piba se ahogaba, don Carlos… se ahogaba la piba.

Usté no sabe las cosas que le pasan por la cabeza a uno cuando ve un ahogado. Porque esa vez en el arroyo, cuando al Dieguito al final lo trajo la correntada y la lluvia… Negrito que era y estaba blanco, con lo ojito abierto como asustados, la boquita llena e’ mugre, y yo tuve que sacarlo con el Pedro para llevárselo a la madre que gritaba como lo chancho ¡Cómo gritaba la madre del Dieguito! Y se le tiraba encima aunque todos le decíamo que ya taba muerto. Pero ella lo quería abrazar y le besaba la mugre que le salía de la boca y le quería cerrar los ojitos asustado.

Del Luisito, mire, del Luisito me acuerdo como si lo estuviera viendo. Taba enloquecido, taba. En pedo también estaba, claro. Por eso se cayó de costado de tanto hacer fuerza para meterle la cabeza en el agua a la piba, y ahí fue cuando ella se le zafó y quedó llorando en la vedera del Juan. Justo cuando el Juan salía a comprar una soda… digo yo, porque venía con el sifón en la mano y la vio tirada en la vedera, con la narí hecha pelota y la cara llena e’ mugre.

Yo creo la mugre en la cara de la piba fue lo que más lo enojó al Juan, porque el Juan era hermano del Dieguito. No sé, se habrá acordado o habrá pensado qué horrible será quedarse sin aire en el agua podrida. Pero ni lo dudó. Le partió un sifonazo en el lomo al Luis.

El Luis se quedó aturdido, se quedó. Se apoyó contra la paré y justo que yo iba a gritarle que se dejaran de jodé, sacó un cuchillo de abajo del shorcito.

Hasta la piba dejó de gritar. Se hizo un silencio como en las película de misterio, esas de la tele. El Juan se cayó la boca y se metió en la casa. El Luis quedó solo con la piba en la vedera y yo le dije a la Norita que se metiera pa’dentro de la casa con lo pibe. La piba del Luis se levantó como pudo y corrió pa’la casa de doña Mary aprovechando que el Luis estaba entretenido gritando en el paredón del Juan.

– Salí, puto. La concha e’ tu madre. Salí, cagón de mierda. A ver, salgan todos. Salgan manga de putos a ver quién e’ el poronga acá. Putos de mierdaaaaa.

Se cansó de gritar solo, don Carlos. Un rato largo estuvo puteando a cada vecino hasta que se cansó. Yo taba medio escondido, allá, atrás del paredoncito casi pegado a la canchita. Lo taba viendo irse pa’dentro de su casa, medio tambaleando por el pasillo, cuando escuché el portoncito del Juan y se me heló la sangre.

A un metro del Luis, el Juan le apuntaba a la espalda con un 38.

Esas cosas de la vida, don Carlos. Vaya uno a saber si el Luis habrá aprendido en la gayola a oír el silencio, el paso traidor, qué mierda haya sido, don Carlos, pero el Luis se dio vuelta como una luz, con el cuchillo en la mano, y quedó de frente con el Luis. Era cierto, don Carlos, nada como el peligro pa’refrescar un mamao.

Yo sabía que todo los vecino taban mirando el despelote escondido de alguna manera. La calor era más fuerte y se escuchaban las chicharras, casi tapando las pocas palabras si es que alguna se dijeron.

La primer cuchillada fue como a la altura del hígado. El Juancito se dobló y quiso apoyar una mano en el piso, pero la segunda cuchillada ya le estaba rompiendo la espalda.

El Luis lo seguía puteando a lo grito. Lo escupía y lo puteaba con gana. Con un desprecio que el Juan no se merecía.

Lo dejó tirado en la entrada del pasillo. Se limpió las mano con un poco de pasto y encaró pa’la casa, todavía más aturdido que antes. La calor, don Carlos, la calor… Las mosca que llegaban rapidito por el olor de la sangre. Y digo yo tanto correr y agitarse por esa puta e’ mierda y este pelotudo metido en lo que no le importa un carajo. Vaya a saber, don Carlos, si al Luisito no le dio un poco de sed y quiso volver para terminar el vino que le había quedado en la mesa. Qué se iba a imaginar que al Juancito le quedaban cinco guita de aire pa’ levantar un poco el brazo y tirar ¡pam! Y con esa puntería… Que en un segundo se le vendrían abajo todo los árbole y que iba a quedar con la jeta al sol que hoy ta más fuerte que nunca.

Con esa calor, don Carlos, con esa calor.

Qué cagada, don Carlos, con esa calor quedarse esperando la muerte, que a este barrio llega siempre antes que cualquier ambulancia.

 


Sobre la autora María Negro1977, Argentina. Colaboradora de las revistas “Las puntas del clavo”, “El Otro”, “Lilith”, “El Caminante”, “Ficcionario”, “Qu Literatura” de Buenos Aires, “El Ombligo” de México, “Mal de ojo” de Chile, “Arcos literarios” de la comunidad latina en Miami, “Silencio” de España, “La Ira” revista latinoamericana. Obtuvo numerosos premios en su país y en el extranjero. Editó “Y sin embargo se mueve” (2013), “Manifiesto de conchudas” (2014), próximamente se editará una antología de su trabajo en Chile.

 

separador articulos

 

BRENO DONOSO BETANZO

2015, o el retorno al año de la ira

 

1

Le costó trabajo conseguir el Erotismo de George Bataille. En medio del intercambio de libros con Michelle, su amiga en el Taller de La Chascona, El Erotismo cayó en las manos laxas de esa temporada del cuerpo.

Es el invierno un perfume siniestro en Santiago de Chile, capital de-no-sé-qué.  Se llega punzante a las miradas ajenas, sobre todo en una ciudad del número y la hipocresía. Pero en fin,  la paradoja dice que se suele terminar amando aquello que se odia.  Cuando uno es un remolón oscuro y travieso, y los pies no cruzan el umbral de leche, el carácter se trabaja en una paciencia de raíces. Así se vuelve tijera el ojo hacia la insolencia del ritmo frenético.

En la rutinaria oficina kafkiana, preparando bases de dato, encuestas y cálculos celestes, el tedio se pasa mirando suculentos culos del ir y venir, y que de tanta golosa mirada, de vez en cuando, te interceptan y se adulan, retribuyendo un gesto igual o más goloso, o sólo te hacen bajar la consigna de pervertido. Y, con esas mismas miradas también se despiertan las víboras dispuestas a beber el veneno de un cuerpo filudo y torpe, siempre transfigurándose al igual que este rostro que lleva uno.

 

2

Suena en el vientecillo de las 10:

“Al oler la mañana

Una frase ingeniosa

Los minutos son oro

Como arena en la sabana

Y tomar esa taza

Y comer en la cama

Un café con helado

Remojado en tu espalda.

Yo me pongo contento

Ya no nos levantamos

Y te apreto en mi pecho

Con toda mi alma

Moriría pegado

Completamente drogado”

 

-tunz tuurun tunz tuntunz, turuuntuntun… compleeetamente drooogaadoooh.

Se sintoniza en la ducha luego de acabando en urbe, buena música de Los Prisioneros… Una increíble aproximación al sumo placer, satisfecho hasta las extremidades, energizado de la víbora suculenta y culona. Pero por más indiferente que llevemos este cuajo de corazón, el deseo llega a encarnar ternuras y posesión por la víbora.

Y ahí nace lo siniestro.

La ciudad que poco se toleraba, la gente que más odiosidades despertaba, se vuelve inevitable estimulo; caes en camas, con el semen al cuello, y ya eres otra máquina sensual capitalina.

Más intensidad, qué delicia, sentir como te quemo con mi locura, como te derrites arriba mío, y qué absurdo luego el abrazo y el beso de amor que creamos: me digo “Peste sabrosa de la vida humana” (Quevedo).Ya no eres la víbora, ahora eres mío, de mi arrebato, eres mi distracción y el mejor ejercicio para mantener mi pensamiento vivo y este aliento cavernoso mío, bajo esta flor de smog. Mío, mío, todo es mío. Ya no importa lo que importaba, la gente gime de dicha y dolor, ya no hablo de política, menos de metafísicas indostánicas. Soy uno de ellos, ya no es posible la utopizada igualdad, así que lleno bases de datos, encuestas y cálculos celestes, luego bebo licores furiosos y poseo camas crujiendo.

Retomo el Erotismo de Bataille: “podemos decir del erotismo que es la aprobación de la vida hasta en la muerte”, -¡¿Qué?!- Mejor cierro el libro y me dispongo a dormir la siesta de espiga y amapola que apetece mi cuello. Sueño, profetizo, despierto. La víbora está despierta antes que yo, revisa mi celular, las conversaciones con los potenciales amantes, me descubre y grita, cae, sube, quiere sentarse encima de mí, quiere escupirme mientras lo penetro, pero se desvanece del placer, y al terminar: “ándate culiao, maricon, sale de aquí, de mi casa”.  Me voy  nervioso porque esta escena todavía no la esperaba. En la oficina, al otro día, siento su veneno; dice que me odia, que les dirá a todos que soy un ladrón, un asesino, un pederasta, un esquizo. Sus injurias me revuelven el estómago. Lo trastorné, ahora me desea más y me quiere matar de a poco.

3

Estoy en La Chascona, en la sala donde hacemos el taller, y mientras todos exponen su universo poético, escribo. Siento el hastío del lunes. Quiero que sean las 9 de la noche para ir a buscar a mi víbora… Me invaden los celos, la inseguridad, todo lo que pensé que no me pasaría. Tengo fresco lo sucedido la otra noche en la discoteca: la víbora, por vengarse de mis conversaciones calentonas que husmeó mientras yo dormía, se besó enfrente de mí con un weón.  Pienso: cómo he podido cambiar tanto; antes me reía de estas estupideces de culebrón venezolano, de engaños y vanidades, y ahora estoy inmerso en este torbellino apestoso. Mi compromiso con ciertas ideas sociales ha perdido ejecución, sólo escribo de tormentos amorosos y se expande la náusea. En Valparaíso, cuando estaba en la Universidad, los sucesos poseían más valor: las marchas por la educación pública, por la disidencia sexual, por los pescadores, conformaban ese erotismo de conciencia social que he perdido por unos cuantos polvos. Letargo. He trasmutado el descontento social del que era parte, hacia una rabia conmigo, por un sexo muerto. Patético. Inercia. Sol ciego.

Acaba el Taller de la Chascona, arranco con mi ceguera en busca de la víbora.

4

-“ya no quiero estar contigo. He traicionado hasta ya no poder mi esencia, mis ideas. Lo nuestro es pura calentura de pendejos odiosos y caprichosos. Fue intenso, entretenido, pero ya no quiero más esta relación”

-“viste que erí maricón, no te la pudiste conmigo, tu empezaste con tus conversaciones con weones, si estabai bien al principio. Ahora qué hago? Qué hago po conshesumadre?”

-“no sé, no me importa, eres tan o más mierda que yo. Quiero estar solo, y todo eso que se dice para terminar una cagada de relación. Harto tuve con tolerar tu cara de maricón”

-“ya vai a ver no más, te voy a dejar la cagá en tu vida, le voy a decir a todos la mierda que eri”

-“haz lo que quieras, yo me regreso a Valparaíso, no me importa tu cuchicheo, menos tus amigos tan weones  y vacíos como tú”

(Me pega un manotazo, y se va caminando rápido como si llevase una cartera en el brazo, y hace un movimiento con el pelo, como si tuviese el pelo largo. Yo me quedo detenido, arrepentido de perder a la víbora que tanto placer y experiencia me entregó)

5

Nuevamente en mi casa, con mi vieja, mis libros: la quietud íntegra.  4 meses fueron suficientes para todo lo vivido, quemado o podrido. Pero algo pasa… sigo igual de amargo. Este descontento conmigo no es sólo mío, pienso. Lo atribuyo al cosmos, a los políticos, al recuerdo de la víbora. Mi vieja me parece desagradable y pasa a llevar mi espacio con sus dolencias físicas y emocionales. Escribo un poema horrible para este país horrible. Salgo a la discoteca y bailo y bebo como una puta acendrada y nostálgica. En las noticias hablan los periodistas como si fueran disléxicos, y revelan que los honorables diputados y senadores han financiado sus campañas en base de  aportes privados: las mórbidas corporaciones dejan caer su influjo, y las cagadas de políticos no resuelven nada, qué les importa la explotación a ellos, si sus representados son estas ballenas (disculpen ballenas por la metáfora, pero es para completar la imagen) de capitalismo de ojos delirantes.

Finalizo el Erotismo de Bataille. No me explico nada de lo sucedido con este libro, lo leí por interés general, no para encontrar sentido a esta etapa  de mi vida. Quedo con gusto a poco, siendo que era denso el libro, así que busco La Llama Doble de Octavio Paz. La víbora me manda correos y dice que me extraña, pero que me odia. Somos contradicción; no juzgaré a nadie por eso, a menos que la cosa pase a ser maldad consciente. Mis amigas, las únicas que me confortan, tan desdichadas y sórdidas como yo. Recupero cierto ritmo con las gentes, las frecuento, las observo, y cómo buen callado que soy, las escucho: me dicen que andan en las mismas, que se sienten vacías, traicionadas por algo, aunque nada las ha traicionado. Escucho detenido a una amiga que me dice -“es un asunto de los planetas y su influencia hacia nosotros”, la miro escéptico en primera instancia, pero luego, en cierta forma, algo me hace sentido. Cuando llego a casa pienso que esta disconformidad es peligrosa. Siento una gran nada y un gran nadie en mis sesos. Todos dicen, -“el tiempo pasa muy rápido, no alcanzo hacer nada”, y aunque me cuesta unirme al cliché, al parecer común, no sé por qué tienen bastante sentido. Tampoco me sentiré mejor porque comparto este estado amargo con otros. Buscar el porqué de este sentimiento común, sería una tarea conceptual-filosófica para la que tendría que resucitar a Schopenhauer, Marx, y Nietzsche, y ponerlos a hilar.

Ay, todo es espejo: me vuelvo hacia sus márgenes para admirar los gestos de mi rostro sulfurado, como esas burbujas que se hacen cuando se está cocinando algo en el horno.

 


Sobre el autor Breno Donoso Betanzo, Chile, 1992. Becario Fundación Pablo Neruda, La Sebastiana (2014) La Chascona (2015). Exponente en las lecturas mistralianas en conmemoración de los 70 años del premio Nobel. Estudiante de Sociología. Gran lector de José Donoso, César Vallejo, María Luisa Bombal, Gonzalo Rojas, Hernán Díaz Casa-Nueva . Sin publicaciones oficiales, ejercitando la pluma. “El auténtico místico es vida vivida, no vida pensada” G. R.  

1 comentario en “La vena que golpea la sien

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Top