Moby Dick: algunas notas sobre el terror frente a la naturaleza

Moby Dick

           ****

Hace unos pocos meses volví a leer ‘Moby Dick’, la gran novela norteamericana de Herman Melville, publicada en 1851 sin mucho éxito, quizás por su espíritu enciclopedista y las múltiples referencias a las características de la vida marítima y la moral decimonónica norteamericana.

A pesar de su bajo impacto en el público de la época, la novela adquirió lentamente la voz de los clásicos y su fama universal creció hasta transformar a su personaje principal en un referente de la cultura popular, el cine y la televisión.

La primera vez que la leí tenía un poco menos de quince años y pude acceder tan sólo a una frugal edición de bolsillo, que sintetizaba los elementos más espectaculares de la novela: la oscura obsesión del capitán Ahab al mando de una pequeña embarcación, el Pequod, cuyo único propósito era dar caza a la ballena blanca que le había arrancado una pierna.

Al volver sobre sus páginas, he comprendido que se trata mucho más que de un simple libro de aventuras. El libro es más bien una metáfora de la obsesión de una sociedad, de una cultura, o más bien de una gubernamentalidad (la norteamericana) por imponernos su moral, su estilo de vida y su progreso civilizatorio. El Pequod podría ser perfectamente una representación de nuestras poblaciones, a merced de gobiernos neoliberales, que nos obligan a presenciar sus actos predadores y embarcarnos en travesías irracionales guiadas por fanáticos que se sienten llamados a corregir los designios que impone la naturaleza ‘salvaje’

La locura de Ahab, la pérdida progresiva del sentido de realidad, no es más que la consecuencia de una guerra desatada contra las fuerzas de una naturaleza supuestamente ‘maligna’, que abre sus fauces para hacerlo desaparecer. La tripulación se transforma en un asombrado testigo de la lucha del hombre contra un ser colosal, fantasmagórico, espermático.

Lo ominoso de Moby Dick radica precisamente en que el ser, el monstruo marino al cual se enfrenta el ser humano, pertenece a un registro donde cabe representarse una inteligencia no humana. No nos referimos tan solo a una fuerza natural, sino a una fuerza natural que detenta un poder y un propósito (al modo de la divinidad griega): castigar o rectificar el comportamiento soberbio de los seres humanos.

Se trata de un poder porque opone fuerzas de algún modo equivalentes y voluntarias, que establecen la posibilidad de un conflicto que se da en un plano físico, sin duda, pero también psicológico y podríamos decir, incluso, moral.

Las dimensiones del monstruo-espectro nos recuerdan la facilidad con que toda la construcción cultural de una civilización pretendidamente ejemplar, como la que representa Estados Unidos, puede ser deglutida, y fagocitada por una fuerza superior, desconocida o frontalmente demoníaca.

Por otra parte, la blancura de la ballena es un detalle que la distingue de toda ballena conocida y, por tanto, ofrece el elemento mítico y ominoso que Freud describe insistentemente en las fantasías infantiles y algunas producciones oníricas: la inserción de un elemento extraño, no familiar, en un objeto o representación familiar, reconocible por el psiquismo. La blancura de una ballena, la particularidad de tal rasgo, es tan terrorífica como su voluntad de venganza, por lo irrepresentable que es.

La ballena blanca, en su inabarcable inmensidad, encarna el símbolo de una naturaleza primigenia a la que resulta imposible volver, con la que cortamos el lazo en tanto seres hablantes, como si se tratara del ser que no ha osado comer del fruto del bien y del mal.

La inestable aparición del monstruo marino nos recuerda que aún cuando no tenemos vínculo con la naturaleza, ella permanece ahí, rodeándonos, dispuesta a escapar de nuestro control toda vez que buscamos controlarla. Vivimos inmersos en la naturaleza aún cuando pretendemos cubrirla de un manto de formas culturales, de dispositivos que nos permiten hablarla y ser hablados. Debajo del mar, la naturaleza se reorganiza, expectante de nuestras debilidades.

En la novela, la ballena parece establecer un idioma que el ser humano es incapaz de comprender: remoto, inaudible, imposible de representación, probablemente telepático y sobre todo in-humano. Pertenece a un reino del cual somos completamente ignorantes.

Lo fantasmagórico de la ballena es que reaparece, como un delirio, como una obsesión, como la materialización de una virgen fastuosa, que viene a anunciar la buena nueva: el fracaso de la modernidad, el fin de los tiempos humanos, la degradación de una civilización basada en un modelo extractivo.

La inmensidad casi inenarrable de la ballena encarna la imposibilidad de retornar a la naturaleza, de establecer un pacto que permita retornar al equilibrio de una relación benévola.

Los tripulantes del Pequod son testigos pasivos del horror y su profundo miedo es también nuestro profundo miedo, pues se enraíza en la escenificación de esta lucha mítica: el empeño desquiciado de una razón delirante  (el capitán Ahab) que sigue creyendo en la superioridad humana y que nos arrastra a un fracaso evidente, con su correlativa miseria y la presencia inconmensurable de la ballena, símbolo de una naturaleza a la que no podemos volver, ni cuidar, ni comprender.

La naturaleza-balllena se vuelca sobre el ser humano con aparente malignidad, como si se tratara de un enemigo. Aquí está el guiño más evidente a lo terrorífico que puede resultar una naturaleza que piensa, que es capaz de vengarse, de devolvernos la mano. Aceptar que Moby Dick es un ser pensante es aceptar que la monstruosidad humana puede ser respondida con una monstruosidad natural, es constatar la idea de una inteligencia suprema, desde la cual hemos sido moldeados. Es ver, con horror, que hay un propósito pedagógico en las manifestaciones físicas, aparentemente accidentales.

Moby Dick es un libro que nos confronta a lo ominoso, en tanto porta la idea de una humanidad observada, perseguida por fuerzas naturales o divinas, por el ojo cosmogónico de una ballena sabia, en cuyo vientre todos nos sentimos cautivos, como Jonás, que en su viaje a Nínive, acepta ser el portador de la oscura naturaleza pecaminosa del ser.


 

Sobre el autor Antonio Letelier (Chile. 1976). Psicólogo clínico de la Universidad de Santiago. Actualmente candidato a Doctor de la misma Universidad, en el programa de Doctorado en Psicología. Investigador en temas de ética de la investigación cientifica, Bioética y Biopolítica. Miembro del comité editor de editorial “Editorialilla”,  de la Sociedad de Escritores de Chile,  de la agrupación ‘Cultura Viva comunitaria’ y  del colectivo poético “Letras en Borgoña”. Ha desarrollado un trabajo literario desde el año 1992, publicando en los cuadernos de la Fundación Neruda y en diversas antologías, entre las que se cuenta “22 voces de la novísima poesía chilena” (1994).  Su primer libro de poesía publicado el 2012 se titula“Miserias de fin de mundo (y amores matapajaritos) (Editorialilla, 2012).

 

1 comentario en “Moby Dick: algunas notas sobre el terror frente a la naturaleza

  • No me sorprende la genialidad y belleza de este texto viniendo de quien viene, un ser brillante y sensible que puede hacer maravillas con el lenguaje. Felicidades!!!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Top