La poesía maldita y la sociedad del cansancio, por Antonio Letelier

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Al releer los versos de Rimbaud, el gran iluminado del siglo XIX, tropiezo con una belleza que hubiese preferido, quizás, no conocer:

“Una noche senté a la belleza en mis rodillas

y la encontré amarga

y la injurié”.

La poesía maldita, en su voraz intención de incendiar el romanticismo, sitúa en su centro un problema esencialmente político: La belleza no ha sido sino un producto a la venta, en una estantería miserable, apenas ofrecida para unos pocos que pueden poseerla.

Rimbaud sienta en sus rodillas una belleza que no puede sostener. Básicamente, la belleza de la desilusión del miserable. Una belleza que tampoco podemos poseer nosotros, en un mundo que hoy la multiplica como un slogan vacío.

Lo vertiginosamente certero de la imagen de estos versos es que vaticinan la amargura que hoy nos provoca la idea de la belleza. Porque en la sociedad del cansancio, la belleza es la condición de un sacrificio corporal, que nos lleva a los bordes del colapso depresivo, mientras ilusamente tocamos nuestros celulares llenos de luz y música y palabras bellísimas.

La sociedad del cansancio es la que nos hizo encontrar amarga la belleza, porque había que conseguirla en plazos, en cuotas administradas por casas comerciales que nos ofrecían la posibilidad inusitada de la promesa neoliberal: compre lo que no puede con lo que no tiene, nosotros administraremos la angustia de su propio deseo.

Y así nos vemos esforzándonos en viajar al Caribe, añorando la dulce luz de un romance a la orilla de una playa tibia, de arenas blancas y sonrisas llenas de condescendencia dulce, y quizás unas semanas al año podamos tocar con las yemas de los dedos esa cristalina felicidad, esa fecunda belleza para luego enterrarnos en un desierto de frustraciones, de precariedades y de arduo y desértico trabajo.

¿Y por qué mejor no elegimos ser mediocres?. Así renunciamos a la belleza en cuotas y abrazamos nuestra realidad llena de playas privadas y peajes multiplicados hasta el océano.

“Seamos mediocres”, nos aconsejó Saint-Marc Girardin, profesor de poesía de la Sorbona que se resistía a la tentación de buscar la originalidad y la innovación en el arte. Hagamos de la mediocridad de lo posible un arte, precisamente lo que hacen los poetas malditos, recurrir a la imagen intencionalmente oscura de la cotidiana ciudad, a la sordidez de una conversación miserable entre ebrios, a la desesperación del asesino sin genio.

En la sociedad del cansancio no se puede elegir ser mediocre ni ser maldito. Si fallas en lograr la solvencia económica, el éxito de mercado, el logro de lo deseable, no tienes la salida del arte supremo, sino el oscuro destino de la enfermedad mental, el implacable diseño del síndrome depresivo y toda su batería farmacodinámica. Probablemente sea eso lo que siente una persona con depresión, que ha sostenido un tratamiento farmacológico por meses: una belleza amarga e injuriable, la belleza de la serotonina estimulada químicamente.

La poesía maldita es ‘maldita’ precisamente porque reivindica el ocio y es contrariante a la idea de la productividad liberal. Baudelaire lo reafirma al indicar que ha crecido gracias al ocio, aunque “con gran detrimento, porque el ocio sin fortuna aumenta las deudas y las deudas acarrean vejaciones”.

La moral oficial, culpógena y dañina, nos hace vivir el ocio como una actividad demoniaca, masturbatoria y narcisista, estéril en todos los casos que no implique una ganancia para la maquinaria productiva.

La poesía maldita es necesaria hoy, precisamente porque perdimos el sagrado derecho a mirar como pastan las vacas e imaginar cómo podrían incendiarse las instituciones políticas. Hemos pasado produciendo para la felicidad que nos prometen los deseos prefabricados, creyendo que deberíamos cambiar el modelo del teléfono porque caducó, porque es menos viable que el anterior o porque simplemente no es suficientemente deseable.

“Seamos mediocres” es una invitación radical y quizás ética, que implica resistirse a la subyugación de la creatividad y la imaginación a criterios propios de la moral burguesa. Implica resistirse a que el arte se ofrezca como un instrumento del mercado, implica sustraer al arte de la correcta administración de los recursos, implica no concederle crédito alguno a la lógica competitiva del Fondart que cada año arroja carne de carroña a pájaros hambrientos de trascendencia…

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Sobre el autor: ANTONIO LETELIERChile. 1976. Psicólogo clínico de la Universidad de Santiago. Actualmente candidato a Doctor de la misma Universidad, en el programa de Doctorado en Psicología. Investigador en temas de ética de la investigación cientifica, Bioética y Biopolítica. Miembro del comité editor de editorial “Editorialilla”,  de la Sociedad de Escritores de Chile,  de la agrupación ‘Cultura Viva comunitaria’ y  del colectivo poético “Letras en Borgoña”. Ha desarrollado un trabajo literario desde el año 1992, publicando en los cuadernos de la Fundación Neruda y en diversas antologías, entre las que se cuenta “22 voces de la novísima poesía chilena” (1994).  Su primer libro de poesía publicado el 2012 se titula“Miserias de fin de mundo (y amores matapajaritos) (Editorialilla, 2012).

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