Entre Bukowski y Felisberto: Mis aventuras literarias por el interior

 Tomado de: http://www.jotdown.es/

Felisberto Hernández.

En la segunda entrega de “Entre Bukowski y Felisberto: Mis aventuras literarios por el interior”, Hoski sigue abordando este ciclo en donde fusiona la crónica con la ficción, las diversas problemáticas que existen al intentar acercar la cultura a pequeñas localidades del país.

Tal como sucedió en la primera entrega, previo al “Gran evento” sobrevive el aroma del entusiasmo y la excitación, frenesí que poco a poco va diluyéndose y el sabor al fracaso lo contamina todo al chocar de frente contra la realidad, a la fatídica e irreverente realidad que dista muchísimo de los sueños de “Rockstar”.

Esta crónica-ficción, ficción-crónica transcurre en el departamento de Tacuarembó, el “Pago más grande” de una patria bastante menuda, tierra que vio nacer a Gardel y a otros grandes artistas aunque de menor fama. Hoski quizás indirectamente, quizás sutilmente, quizás inconscientemente homenaje a dos de los hijos pródigos que parió ese suelo al norte del Uruguay: al cantautor Eduardo Darnauchans y al poeta Washington Benavídez; lo hace de forma sentida desde la óptica de un joven poeta (que fue y aún es), que comienza a dar sus primeros pasos en este universo, a veces ominoso, pero lleno de grietas que permiten el ingreso de dádivas al corazón y al espíritu de un colectivo que quiere encontrar su lugar (y trabaja en pos de ello) en el mundo literario.

Matías Mateus

*****

Segunda entrega

Entre Bukowski y Felisberto: mis aventuras literarias por el interior

Pero hay que salir, ¡coraje!

Porque afuera está la vida.

Washington Benavidez / Eduardo Darnauchans. “Canción del muchacho”.

 

Después de varias horas de ansiedad llego a la terminal de Tacuarembó, beso la tierra como su Santidad y maldigo de todos mis intentos de dormir. Son las once de la mañana, está nublado y no hace frío. Virginia tiene que estar por ahí. Hace años que no la veo y mi parte más supersticiosa teme no reconocerla. Camino inseguro por el andén hasta que me divisa. Le doy un abrazo y la cotejo con la Virginia de mi pasado. Mi madre adoptiva, mi profesora mentora. Virginia está un poco más vieja, más calma. No fuma. Me compra una caja de Marlboro en el quiosco y me lleva al auto que nos espera. Este sábado soy la estrella. Tacuarembó del Darno, Tacuarembó de Gardel; hoy te iba a conocer como Bukowski o como Felisberto. O como ambos. Sospecho que no hay diferencias en el seno de la anécdota repetida con variaciones en diferentes pueblos del interior, en mi modo de ser y de perder, en la sed ingenua de un poeta joven.

Luego es el auto de José Luis, una comitiva, todo dispuesto para mi llegada. Me bajo en lo de Virginia en donde vamos a almorzar. Conozco a su esposo Roberto y a su hijo Juan. Hablamos de Onetti, de Borges, de lo que estoy escribiendo yo. Ella se preocupa por mi estadía. ¿Qué vas a querer comer? Después me pregunta por mi suerte en el IPA y llama a un par de colegas del liceo para asegurarse de que todo esté bien. En un rato te pasa a buscar Enrique, es poeta y profesor. Más tarde vamos a la televisión; recién a eso de las 6 arrancamos para el liceo. Llega la milanesa con fritas que me pedí y yo recuerdo. Recordamos. Las horas de clase en Sauce, cuando era alumno suyo.

***

Debí de ser un adolescente insoportable, más insoportable de lo que soy ahora. Yo estaba en quinto, cuando aún no existía el liceo nuevo y el bachillerato empezaba a las cuatro. Puedo imaginarme, no me cuesta demasiado. Me bajo en la plaza, me prendo un cigarro; camino una tarde cualquiera de otoño frente al BBC y ensueño entre las canciones que voy improvisando. En esa época podía sentir el impulso genuino de estar enamorado, Platón y su fuente hormonal de la vida. Luego las clases de Filosofía, las clases de Historia, las charlas de punk con el Guille. Mire por donde se mire todo era fermental. De lunes a viernes el liceo; el sábado nos arrimábamos a la Sede para podernos mamar. Algo se me escapaba. La felicidad radica en el impulso ciego, en creer con todo el cuerpo que eso que falta se puede encontrar.

Fue entonces cuando tuve a Virginia en Literatura. Ella daba los clásicos: Dante, Shakespeare, Balzac; yo participaba en sus clases con intensidad. Éramos un grupo creativo, aunque no siempre con mucha precisión; no acertábamos en la metáfora pero le comparábamos personajes de El Señor de los Anillos con otros de Papá Goriot. Otras veces le poníamos ejemplos de canciones de bandas de rock y Virginia nos amaba. Siempre redoblando el juego burlón y cómplice que nos proponíamos mutuamente. Siempre con algún giro poco solemne. Detrás de una mampara que separaba precariamente el salón del hall al que llamaban atávicamente la piscina, pasé varios atardeceres memorables en las clases de Virginia. Era la época del sueño de ser poeta. Ella me prestó a Vallejo; yo le mostré alguno de los poemas románticos que escribía durante las clases somnolientas de Sociología. Al año siguiente, en las conversaciones de los pasillos, cuando salió a defenderme ante Norma la profesora de Derecho, Virginia se convirtió con orgullo en mi madre adoptiva.

Pero falta una pieza todavía: el disco que me había prestado Anita, la profesora de Filosofía. Era Dylan de Darnauchans. Lo escuché varias veces y me había empezado a entrar cuando me enteré de que el tipo iba a tocar en Sauce. Fue uno de los últimos toques del Darno. Yo no tenía un mango. Era viernes y me fui a ensayar sin lamentarme demasiado. Como el personaje del cuento de Bradbury que persigue al Mesías de planeta en planeta sin llegar a tiempo, a medida que volví a escuchar ese disco fui sintiendo la necesidad de remedar el no concretado encuentro. La magia del perdedor hermoso, la infamia justificada en el arte me esperaban. A medida que fueron pasando los años, y con complicidad de Virginia, me fui creando un Tacuarembó idealizado en el que me reconciliaba, una plaza media oscura y un auditorio para el que recitar. La fantasía creció y cuando logré editar apelé a mi madre, que había regresado a su pago. Buscando la huella del Bocha y del Darno desembarqué finalmente en Tacuarembó. Traigo mi Poemas de Amor, traigo mi guitarra. Una lectura en el liceo. Mis primeros pasos de escritor viajero.

***

Cuando salimos con Enrique de la casa de Virginia el ambiente había cambiado. El aire de la tarde era más frío y el cielo se notaba más cargado; las nubes amenazaban con lluvia desde el noreste. Vamos hasta el arroyo me sugirió mi guía. No hay demasiado que ver, pero al menos lo conocés. Y yo soportando la milanesa en la panza. Nihilismo digestivo. La metafísica y la psicología se reducen a un montón de tripas forcejeantes y estancadas. Los poetas en el puente. El arroyo sin magnificencia se mostraba un poco insolente y regresamos enseguida. Lo demás era una historia de blancos acampados. ¿Será real o me la habré inventado? Enrique me señalaba un campo del otro lado; el ejército de Saravia, cuarenta caballos pienso, setenta y cinco paisanos mamados. ¡Viva el Partido Nacional carajo!

Caminamos sobre nuestros pasos rumbo a una plaza. Enrique se esforzaba. Talentoso, envejecido, atormentado y generoso, lo recuerdo por las aceras estrechas de Tacuarembó. Como un símbolo de sí y de la ciudad lo que más me quedó fueron sus palabras sobre Faulkner. El Sur de Estados Unidos se parece a nuestro Norte, el tiempo lento, el orden social. Más tarde y como ejemplo, la historia de Escayola y del teatro que lleva su nombre me lo vendrían a confirmar. Eso y los caserones grises por los que pasábamos conversando; el escenario de la ciudad del interior universal. Llegamos a la plaza, entramos a un bar. Enrique ya no fuma, Enrique ha decidido no tomar. Los hijos malditos del eterno Bocha Benavidez ya no tienen veinte años. Están los que se fueron, los que se murieron. Los demás se quedaron pudriéndose como fetos muertos en la ciudad. Me pido un café. Sobre los vidrios y con ritmo elocuente caen las primeras gotas. Por cada Kurt Cobain que se hace famoso y se pega un tiro ante las cámaras hay mil poetas malditos que mueren de viejos, desconocidos, sin redención y en soledad.

***

Con semejantes augurios tendría que haber comprendido cuál iba a ser el modo de encontrarme con Darnauchans. Como si hiciera falta algo para dudar; el liceo en silencio, la noche instaurada a las seis de la tarde. Bajamos del coche. La lluvia es torrencial. Virginia se me adelanta, camino ligero siguiendo sus pasos. Que la guitarra no se moje, que no se convierta en arma ineficaz. Pero yo no comprendo jamás. Negación es mi nombre secreto. ¿Qué es lo que espero encontrar? ¿Un público ovacionando? ¿Una muchacha encantada por lo que acaba de escuchar? Entramos. Y en los pasillos y en la sala de profesores el silencio y la luz mortecina no paran de hablar. Varios grupos se fueron, horas libres, el temporal. En algunos salones hay clases. Entre los demás docentes no parece haber demasiado interés en la actividad.

Entonces la sala: las butacas en caída, los micrófonos, el atril. Me acomodo en una silla y me pongo a afinar. No me puedo controlar. La ansiedad es el infierno, la supresión de toda temporalidad real. Voy a cumplir con mi deber. La situación tiene que mejorar. Esperamos diez minutos. Saco los textos y los pongo en el atril. Se abre la puerta y entran dos personas más. Seremos quince acá dentro: tres profesoras, un par de alumnos, la gente de la Cátedra que me llevó a recitar. Sigue pasando el tiempo y entre el murmullo desganado se cuela la lluvia sonando detrás. No me entristezco, pero empiezo a perder el impulso que me trajo hasta acá. Virginia me presenta y meto las primeras notas de mi recital. Cada pensamiento es una bala / cada acción es la mayor, la más grande expresión del patetismo… Voy recitando sobre la música pero me es imposible sobreponerme del todo y dejar de escuchar. Años después volvería, entonces convertido en narrador y poeta de groserías. El Cabesas Beer, una lectura compartida. Estaba a punto de maravillar con mi cuento publicado en la revista Lento, “La princesa de Lezica”. No había entrado al segundo párrafo y se largó. Techo de chapa. Aunque de un modo más literal, nuevamente era la lluvia aniquilando mi voz. Entonces, como ahora que estoy terminando mi actuación en la sala de actos de uno de los dos liceos de Tacuarembó, que sólo soy yo y he suprimido los efectos en los demás; entonces sólo podía pensar en el mensaje irónico del agua: si me ven pasar, déjenme que cante.

***

Epílogo

Siempre hay tiempo para una nueva confirmación. Son las once y tengo que hacer tiempo para volver a mi casa. Mejor el cíber que la terminal. A no ser por dos o tres de los que dan vueltas en moto aunque llueva no hay nadie en la plaza. Me siento, me pongo a chatear: el eterno ejercicio de los buzos. ¿Qué esperaba encontrar? Una postergación, alguna señal. Entonces la tuve. Pregunta, te responderán. Los caminos del Señor son oscuros, es cierto; pero para el místico y el poeta en cambio, los sentidos están en un árbol de frutos amargos de los que nadie te prohíbe agarrar. Observo. Por la puerta entra un muchacho. Se aproxima la revelación de la verdad.

El adolescente se acerca al mostrador. Está mojado. El dependiente del cíber hace que ordena unos discos y él no parece encontrar el momento. Finalmente logra un poco de atención. Disculpá, te quería preguntar si me grabaste lo que te pedí. ¿Qué era? le contesta el empleado, medio musculoso, tatuado; un ganador de la vida. El disco de Darnauchans que te anoté el otro día, explica con paciencia el cliente. Pero no hay nada de ése. Ya te dije que no se puede encontrar, no hay nada en Internet de ese tal Darnoyán. Y luego no escucho porque me alcanza. El muchacho sale a la lluvia y yo pago mi máquina. Me hubiera gustado encontrarlo. Me hubiera gustado darle un abrazo.

separador articulos

Hoski es el seudónimo de José Luis Gadea (Montevideo, 1988). Vive en Toledo, Canelones desde hace años. Es Docente en Literatura, estudiante de Filosofía, escritor y músico. Ha editado tres libros: Poemas de Amor (2010, Independiente), Hacia Ítaca (2011, Yagurú) y Poemas de la Pija (con heterónimo; 2015, Independiente). Ha ganado algunos concursos literarios dentro y fuera del país, y participado de sus respectivas antologías. Además ha colaborado con algunas revistas (Paréntesis, Henciclopedia, Lento), diarios (La Diaria) y suplementos (Incorrecta de La Diaria, Revista Ajena de Brecha). Junto a Santiago Pereira y Miguel Avero es responsable de Orientación Poesía, un proyecto tendiente a la difusión de la poesía joven contemporánea en los liceos.

Junto a ellos también coordina la antología de poesía ultrajoven En el Camino de los Perros. Finalmente, forma parte de la banda La Nelson Olveira (con quien ha editado dos discos), nucleada en el sello autogestionado Estampita Records. Antes, ha formado parte de diferentes proyectos que combinan música y poesía.

Contacto: hoskilouis@hotmail.com


Otros textos del autor publicados en La Ira

Entre Bukowski y Felisberto: mis aventuras literarias por el interior (Primera entrega)

1 comentario en “Entre Bukowski y Felisberto: Mis aventuras literarias por el interior

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Top