Monstruosidad del género / Antonio Letelier

Foto del autor


La idea de la monstruosidad en la literatura, presenta una polimorfa galería de seres sobrenaturales, extraterrenales, íncubos y súcubos, desviaciones psicopatológicas, posesiones, engendros de la ciencia y perversiones de amplio espectro, casi todas atribuidas a fenómenos que escapan a la posibilidad de comprensión que nos proporciona el logos cientifico. Es decir, el monstruo es aquel que se separa de la norma social, el/la inmoral, el/la condenado/a, el/la proscrito/a, el/la feo/a.

Sin embargo, la institución social nos enseña desde temprana edad una norma, quizás la más cruel y extensiva de todas: la identidad de género, que nos sitúa incluso antes de nacer en un mosaico de mandatos y constreñimientos del cuerpo, que presionan una sexualidad congelada en los gestos, que incomoda con sus suturas la libre expresión de la libido, que avergüenza a través del látigo de una moral carroñera.

El aparentemente sutil imperativo del amor romántico, saturado de dualidades doble vinculantes, impone a hombres y mujeres una forma monstruosa de identidad, que más parece una bóveda. Encierra los impulsos creativos e impide la expresión gozosa de las pasiones naturales. A diferencia del animal, hemos sido creados a imagen y semejanza de dioses y semidioses, que enarbolando la cultura como estandarte, nos obligan a someternos a sus leyes y habitar la tierra como si fuéramos fenómenos de un circo cruel. El eterno deseo de identificarnos con el ideal, robar el fuego de los dioses, poseer la sabiduría suprema que no conocemos sino a través de la imaginación es lo que nos condena a ser constantemente feos.

La extraña incomodidad con que llevamos el cuerpo recuerda a esos versos capitales de la residencia de Neruda: “Las gentes cruzan el mundo en la actualidad/ sin apenas recordar que poseen un cuerpo y en él la vida,/ y hay miedo, hay miedo en el mundo de las palabras que/ designan el cuerpo, / y se habla favorablemente de la ropa,/ de pantalones es posible hablar, de trajes, / y de ropa interior de mujer (de medias y ligas de “señora”)/ como si por las calles fueran las prendas y los trajes vacíos/ por completo/ y un oscuro y obsceno guardarropas ocupara el mundo”.

Habitar la categoría ‘hombre’ o ‘mujer’, impone ya una bizarra forma de hacer calzar las carnes en las ropas, apretar los nudos de las corbatas, hundir las barbas de los sostenes en las carnes cansadas.

Escapar de las categorías ‘hombre’ o ‘mujer’ nos arroja a otro tipo de monstruosidad, la fealdad de la indeterminación, la experiencia de la invisibilidad.

En 1818, la visionaria Mary Shelly publica ‘Frankenstein’, con tan solo 19 años de edad. Una oscura metáfora del delirio cientifico modernista, que pone en el centro de todos sus empeños la necesidad voraz del ser humano por trascender a través de su razón práctica a los designios de la naturaleza.

No es arbitrario que su protagonista, el doctor Víctor Frankenstein sea un hombre de talante obsesivo y de pasión romántica por el conocimiento. Su apego a la razón termina por sacarlo de la órbita de lo razonable y su proyecto, que intenta ser un homenaje a la vida, termina transformándose en el mayor de sus horrores.

Para darle curso a su monomanía, el doctor Frankenstein debe trasladarse a la Universidad de Ingolstadt, para trabajar por años la posibilidad de darle vida a un cuerpo inerte. En ese lapso de tiempo, se deja consumir por su necesidad de triunfo y deja las actividades cotidianas de descanso y diversión para visitar los cementerios de la ciudad y desarticular cuerpos para injertarlos en su creación. En esa extraña condensación suturada habitamos todos, porque en alguna medida todos somos ese monstruo, hecho de trozos de piel, forzados a responder con nuestra vida a la voluntad de un amo que nos constriñe a despertar.

Recién cuando el engendro cobra vida y cumple así las expectativas del doctor Frankenstein, emerge su conciencia sobre el horror: “Era ya la una de la madrugada: la lluvia golpeteaba triste contra los cristales, y la vela estaba a punto de consumirse, cuando, al parpadeo de la llama medio extinguida, vi abrirse los ojos amarillentos y apagados de la criatura: respiró con dificultad y un movimiento convulso agitó sus miembros”.

Al igual que nosotros, el monstruo del doctor Frankenstein es arrojado a un mundo con leyes que no lo aceptan con su natural tendencia a amar, entonces debe buscar comprender, debe aislarse por el repudio que genera y aprende a leer, se aísla y, poco a poco, comprende su condición hasta que una rabia convulsa lo embarga, traduciéndose en un profundo deseo de destrucción.

No somos tan diferentes. Ser mujer o ser hombre en el mundo es estar ataviado con ropas de otros/as, con pieles de otros/as y con experiencias de otros/as. También somos cadáveres superlativos deseosos de amor y respeto, y lo buscamos por las vías que la sociedad nos permite. Si somos frustrados/as en ese empeño, emerge sin mucha tardanza nuestro impulso destructivo y nos volcamos contra nuestros creadores para demandarlos.

Recorro otros monstruos con la mirada: Drácula, un condenado a la eterna vida de un cadáver y vinculado a su necesidad insaciable. El hombre lobo, un condenado a volver a su vida instintiva, al antes de la necesidad. Ambos rechazados por la norma, puestos al margen de la sociedad y desterrados del ethos que domina nuestras culturas.

La fealdad del monstruo no radica en su deformidad. Rasgo casi inapreciable en la condensación de dolores que porta.

La fealdad del monstruo radica en la norma que es el prisma que lo deforma.

La fealdad del monstruo es el horror que nos produce la triste posibilidad de amanecer transformados en una cucaracha, como Gregorio Samsa en la metamorfosis de Kafka. Sin aviso previo, sin notificación del juzgado, sin diagnóstico ni cura.


Antonio Letelier. Chile. 1976. Psicólogo clínico de la Universidad de Santiago. Actualmente candidato a Doctor de la misma Universidad, en el programa de Doctorado en Psicología. Investigador en temas de ética de la investigación cientifica, Bioética y Biopolítica. Miembro del comité editor de editorial “Editorialilla”,  de la Sociedad de Escritores de Chile,  de la agrupación ‘Cultura Viva comunitaria’ y  del colectivo poético “Letras en Borgoña”. Ha desarrollado un trabajo literario desde el año 1992, publicando en los cuadernos de la Fundación Neruda y en diversas antologías, entre las que se cuenta “22 voces de la novísima poesía chilena” (1994).  Su primer libro de poesía publicado el 2012 se titula“Miserias de fin de mundo (y amores matapajaritos) (Editorialilla, 2012).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Top