Pentagrama

Pentagrama, de Sandro Morelli.

En la sección narrativa de Revista Latinoamericana LA IRA, dejamos atrás el ciclo inaugural “LA VENA QUE GOLPEA LA SIEN”, cuentos cargados de ira y nos metemos en este segundo trimestre narrativo. Los autores pondrán sus notas sobre las líneas del “PENTAGRAMA” y nos harán escuchar sus cuentos.

En esta primera entrega actuará María Constanza Farfalla satisface nuestros oídos con “Los dos viejos violinistas”, un breve relato en donde dos músicos en decadencia, hoy convertidos en artistas callejeros, compiten por un territorio en donde ejecutar sus notas. La historia transcurre entre la peatonal Sarandí y la Plaza Independencia lugar del centro de Montevideo muy transitado por turistas y agitados transeúntes que van y vienen cumpliendo con la rutina diaria, ambos veteranos rascan las cuerdas de sus instrumentos al tiempo que remueven parte de su pasado.

A segunda hora tendremos la voz de Malena Martinic Megan, presenta “A veces cuando te morís”, un relato nostálgico, con las tintas cargadas en el desamor, la frustración y la rabia (características tangibles en la obra de Malena Martinic, ver enlace abajo), el texto apunta a la siempre traumática despedida de una pareja, dejándonos la tensa sensación de los últimos acordes del amor.

Matías Mateus

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María Constanza Farfalla

Los dos viejos violinistas

Casi se dieron arco con arco en la Plaza Independencia.

Los ojos almibarados de Cacho se endurecieron al verlo, se enseñorearon con desprecio. La lejana familia de músicos de cámara, la madre de ambición pianista alborotaron indignados desde adentro. El otro lo agraviaba en plena genealogía.

Hugo estaba acostumbrado a no ver, pero no le quedó más remedio que darse cuenta y enfiló para la Peatonal, a instalarse como pudiera, a dividirse el terreno con el guitarrista piazzolesco y los bolivianos. Era casi tan viejo como Cacho y de ilustre pasado, con una vocación firme y cultivada que en su momento recibió el reconocimiento de público y prensa. Cedió él, porque a Cacho ya lo había visto alguna vez en la plaza, y de natural pacífico no quería disputas. Pero pensaba, como Darwin, que la supervivencia debía ser para el más apto. Él no tocaba sin parar como hacía el otro “El día que me quieras”, sino a Bach y Mozart. Aunque a veces para los niños que pasaban dedicaba “La tortuga Manuelita”, la que vivía en Pehuajó. No le parecía mal arrancar sonrisas y entusiasmos a los chicos, no había ninguna demagogia en eso. Por lo demás era el mismo de cuando tocaba en el cuarteto de cuerdas.

Cacho llevaba el clavel en la solapa como siempre, ahora lo disponía con romanticismo terco. Hugo buscaba corriéndose un intersticio sonoro, donde Piazzolla no se fusionara con las escalas andinas, y sobre todo un lugar donde nadie recordara al violinista de la plaza. Sabían que no podían cruzarse porque tarde o temprano terminarían arco a arco, trancados como dos ciervos con las astas enlazadas.

A Hugo lo irrita la pose aristocrática de Cacho y su romance barato, que toque con la cuarta desafinada creyendo que Gardel lo santigua todo.

Cacho detesta hasta la médula el cuerpo encerado del violín del otro, la pequeña ruina de un tiempo próspero que por herencia le correspondía pero que nunca vivió. Y odia sobre todo su pose de músico serio, sin vena popular, sin atenuantes, que le recuerda su propia estirpe y la tradición que no cumplió.

Por eso Cacho toca, sentado en su banco de plaza, de espaldas a la Peatonal; y festeja cada nota de zampoña y charango amplificado que llega a su oído y hasta Piazzolla, al que nunca aprendió a apreciar, se le aparece con un signo nuevo cuando el viento lo trae y nunca a Hugo, en vez de a Hugo que quien sabe si todavía está.


María Constanza Farfalla (Uruguay, 1973): Se recibió de abogada en 1998 y cursó la licenciatura en Letras en la FHYCE de la UDELAR. En 1997 obtuvo el 1er. Premio del IV Concurso Internacional de Relatos del Colegio Mayor Hernán Cortés, Universidad de Salamanca. Consiguió menciones en los concursos de poesía de AEBU (2005) y del Colegio de Abogados del Uruguay (2003), y menciones con publicación en los concursos ediciones 2004 y 1998 de la B’nai B’rith (poesía y narrativa respectivamente). Entre los años 2000 y 2004 incursionó en el periodismo (Semanario Causa Abierta y revista infantil Entreamig@s). Participó del libro colectivo “Esto no es una antología. Antología de narradores jóvenes uruguayos”  (prólogo de Horacio Bernardo), obtuvo dos premios especiales en la Primera Edición del Concurso Internacional de Microtextos “Garzón Céspedes” (2008) y una mención en la edición 2008 del concurso de minicuentos por sms “T Cuento Q”. Publicó en la revista de circulación académica y universitaria Paréntesis y en la revista especializada Legal Studies Forum, en la que se tradujeron al inglés algunos de sus textos. En mayo de 2013 el sello editorial Yaugurú publicó su poemario “Juglar en Flor”, y en agosto del mismo año se editaron una serie de siete poemas suyos en la Revista Digital “Vadenuevo”. Actualmente es coordinadora de un ciclo literario en la ciudad de Maldonado.

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Malena Martinic Megan 

A veces cuando te morís 

A veces cuando te morís te escriben poemas horribles.

Los poetas de los muertos deberían ser más cuidadosos.

A mí, escribime un tango. Bien caliente. Contales la tontita, puta y yegua que soy. Cantame un tango partido, por mi partida. Sacame en tango el corazón a un bandoneón y estrujalo en versos, hasta mostrar lo mustia que quedé después de tanto amor. Llorame a oscuras. Encendé mil faroles para despedirme y gritame un tango desde el final del empedrado hasta mi muerte. Que vale esta pena decirnos tango en la despedida.

O escribime una zamba…triste, nunca alegre. Una zamba para bailar con manos, sin pañuelos. Bailame una zamba a cajón abierto hasta que me siente y salte en un abrazo. Haceme el amor bailando, para que no me odies. Pondré cara de zamba, sonreiré valiente y sin temer la muerte escaparé al arresto. Zamba de hombre sin botas y mujeres con botas, como gatos con botas, como en un cuento. Tocame en guitarra sin enchufes, contando mis fuegos, mis sueños, mis revoluciones, mis muertes. Cantame una zamba hasta elevar mis brazos como un espectro y seré inolvidable, lo prometo.

Escribime un blues urbano, bien argento. Un blues complicado y aguerrido, casi siniestro. Con marchas y banderas, en tierra y mar, en pausa. Tocame en piano, en guitarra, en lo que quieras y meteme gemidos hasta encenderme, por un ratito, por dentro.

Abrazame en blues contemporáneo, existencial, perverso. Prometeme una muerte por un rato, para luego despertar  a veces en sangre y arena, en tu garganta. Exprimí las cuerdas hasta desencordarlas, porque me estoy yendo, tonto. Es tarde.

No me escribas cumbia. Es mucha alegría.


Malena Martinic Megan: Nació en Punta Arenas, Región de Magallanes (Chile) en Enero de 1967. Es psicopedagoga, profesora en Psicopedagogía y diplomada en Ciencias Sociales con mención en gestión de instituciones educativas (FLACSO). Actualmente se desempeña como Directora de un Colegio Nivel Secundario de La Plata (Argentina), su actual ciudad de residencia. Es docente, investigadora y coordinadora de grupos de estudio, consultorio y supervisiones. Ha viajado con trabajos de su autoría por el  interior del país y Latinoamérica. Desde su adolescencia, en Trelew (sur de Argentina) se dedicó a su formación teatral y al disfrute de la música folklórica argentina.

Hija de padres militantes, debió salir de su país en el año 1974, luego del golpe de Estado al presidente Salvador Allende. Lee sus creaciones en bares, con músicos urbanos. Autora del blog Amor a la rabia desde 2010.

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