Los pequeños milagros. Oda a los actores de teatro

La Ira

La Ira

No hay palabras para describir lo inefable, y menos cuando se habla desde otra orilla, perdido ante el tiempo a la deriva del mundo. Aquí el homenaje se torna imposible, pero las gracias devienen infinitas, por ser y por estar: hacer lo que se ama es vivir apasionadamente, morir siendo lo que se es y luego seguir siendo, pues el teatro le apuesta a la crítica y a la paz en la medida que reconoce la posibilidad del conflicto –tanto personal como colectivo–. En muchos queda un legado. A mí en particular me deja un amigo… en esta ocasión, tal vez sólo por eso, ¡gracias, Farley!

David Herrera

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Mi abuela, que no salió en las revistas como la mujer más hermosa de este país, que lavaba ropa en el río, que tuvo 12 hijos, y su último hijo llegó al mundo mientras asaba arepas en una cocina de leña, allá lejos en un pedazo de montaña que a veces daba mal abrigo, que se dormía presintiendo la catástrofe que rodea a la humanidad… esa abuela que me contaba cuentos, historias de fantasmas, que me enseñó a amar a los hombres, esa abuela que escuchaba radio novelas todas las tardes, me enseñó el arte de amar el escenario, los mundos mágicos, a conocer a los duendes, las hadas, a no olvidar los muertos, y me dejó la cabeza repleta de historias que debía cantar en un escenario… me enseñó a amar el teatro. Ella fue un pequeño milagro en mi vida.

Recuerdo que cuando entré por primera vez a un teatro, viendo la magia de los actores, el olor a bosque, los hechizos, las sonrisas, la esperanza, los abrazos, me pregunté si aquello era el paraíso perdido, la ciudad mágica perdida, y si los hombres que allí habitaban amaban de verdad, si era el pueblo perdido de los dioses.

Cuando empecé a conocer a la gente de teatro vi que el mundo no estaba perdido, que quizá no íbamos a morir tan solos, que había hombres que inventaban mundos, que a diario peleaban con la tristeza, que la fantasía tenía inmensos toques de realidad; vi cómo se podía distraer la muerte, cómo se podía uno alejar de la crueldad, que esa humanidad que habitaba los camerinos, la tras escena, que sonreía y se asustaba tras los telones, eran criaturas que podían traer de nuevo la sonrisa de las abuelas, las historias de los brujos, abrazar el alma de los niños y que entre ensayo y ensayo se buscaba la vida. Que la desesperanza llegaba como los días, que aún en el sueño aparecían bandidos con deseos de herir de muerte los pequeños milagros.

Estos hombres de teatro elegidos por los dioses, que conocen el engaño, el resentimiento, la trampa del dolor, salen a hablar con los mendigos ciegos, con las prostitutas sufridas, con los niños abandonados en las esquinas del sufrimiento, con toda clase de bandidos criminales y timadores, estos hombres que pintan las calles de colores vivos, naranjas y amarillos, que pintan árboles en la absurda tela del hastío, que convierten los jueves en Shakespeare, los viernes en Lorca, los sábados en títeres y las noches en vino, sonríen, vencen la muerte y nos regalan flores  maquilladas que parecen mujercitas bailando en las calles donde se inaugura un festival de teatro.

En ese paraíso que es una sala de teatro, los hombres se gastan la vida siendo muchos otros, convierten el sol y la luna en un reflector, hablan con las estrellas, son pez, silla, cuchillo, Hamlet, Yago, la tristeza, el mudo, el anciano, el héroe, el campesino o el tirano.

Cuando estos hombres salen a las calles y hablan con los escritorios se enceguecen no como Tiresias, sino que el olor al metal mata el olor del bosque, aprenden de la traición, de la envidia y cambian el vino por la soberbia, no crean y se les derriten las alas y pierden el camino de la ciudad mágica de los dioses. Estos hombres maquillados para olvidar la tristeza, interpretan música en sus violines de utilería, llenan su lecho de hojas secas, tocan el piano hasta sangrar, usan guantes de látex en sus manos, cubren sus rostros con pelucas y en sus narices alargadas aparecen pinochos que mienten diciendo la verdad.

Estos saltimbanquis, payasos y músicos trágicos interpretan comedias, tragedias y obras infantiles para no dejar de ser niños. Cuando muere un teatrero, se hunde un barco, hay una gran tormenta, lloran los dioses, se marchitan las flores y los pájaros se convierten en gaviotas, en calaveras de perros, y hacen conjuros y lloran, se revuelcan y vuelan al firmamento amarrados de las manos, desnudos sin plumas, bailan solos en lo profundo del mar, hasta que se vuelven rocas.

Ellos, los hombres maquillados, los de teatro, conservan la sangre de la humanidad en sus maletas mágicas, sus personajes no mueren; a veces cuando no pueden vencer la realidad se llenan de resentimientos y sacan sus armas de utilería y se desesperan, queman los bosques, gritan y ríen y ahorcan entre sus manos al bufón del rey Lear y se abandonan a la tormenta.

Y a veces después de cualquier función, arrastrados por el amanecer, inundados en los alcoholes, como pitonisas, intoxicados por el vaho profundo de la melancolía, desnudos, con sus cuerpos doloridos, toman una pluma y escriben versos, escenas, historias y se envejecen como los libros y los entierran en las bibliotecas, panteones eternos de aquellos que ya son poetas, sin restos de carne; sus poemas duermen hasta que los niños cantan y los anuncian en los cielos.

Se gastan la vida fumando girasoles, sus brazos se destiñen de tanto caminar de un lado a otro, y sagazmente, sutilmente, convierten las ciudades en inmensos teatros y maquillan los carros, las paredes, los puentes, los semáforos, las vitrinas, los auditorios, las casas, en una utilería inmensa que convoca a la alegría; arañan con sus manos, con sus dedos que son pinceles y pintan y pintan pájaros en el aire, y transforman el oro en funciones, en escritos, en vestuario, transforman el agua en vino, transforman el dolor en sonrisas de payasos.

Y cuando llega la soledad, que casi todo está lleno de lágrimas, salen de los camerinos y observan tras el telón, si las butacas están ocupadas se asustan, oran y los invade el temor y comprenden que son los instrumentos de la belleza, se sienten huérfanos y lloran en su función, se sienten hermanos, no desean matar, se abrazan a sus textos y hablan como Rulfo, como Enrique en una buenaventura, como Eurípides, y escuchan los aplausos de los niños, ellos se dan cuenta que ha ocurrido un pequeño milagro, hubo niños en la función y entonces dudan de los dioses y se vuelven mariposas que no vuelan.

¡Ay hombres de teatro! Qué nos podemos decir nosotros que cultivamos tanta imaginación, que a veces se nos pudren las cosechas y dejamos morir las obras que aún no habitan nuestros teatros, que dejamos de ser mágicos y hermosos cuando nos domina el ego, la envidia, que no soportamos una buena obra montada por otro colega, que nos guardamos la sabiduría, los libros, las risas, los abrazos, que a veces olvidamos que vamos a morir y que nos creemos Zeus, ese soberano que no conoce la vejez…

Pero, ¡ay muerte soberana que todo lo dominas! Que siempre estás ahí, en cada uno de nosotros, vegetando y marchitando la piel y poniéndonos todo blanco, que con tu último beso te llevas lo mejor de nuestros años, que como el teatro eres el telón que nos muestras el fin, que cierras la luz, y nos dejas sin un día siguiente, sin el reflejo del sol, sin el próximo personaje, que dejas vacío nuestro escenario, que nos enseñas cuando te vemos venir, cuando te sentimos cerca, que la vida hay que gastársela en lo que uno ama… y nosotros los hombres de teatro que sabemos de la muerte, nosotros que vemos morir casi a diario nuestros personajes, que interpretamos y hablamos casi siempre con los que nunca mueren, aunque ya hayan muerto en miles de representaciones, que han dejado su sangre en miles de tablados… con el eterno enamorado Romeo, con la vengativa Electra, con la que comparte el amor y no el odio Antígona, con el egocéntrico Hamlet, con el leal Mercutio, con los villanos eternos de Ricardo III, con Yago, Edmundo… ellos eternos en los teatros y nosotros, oh teatreros, títeres de su sabiduría… ¿qué podemos decirnos?

Que cada noche cuando llora un actor, cuando aprendemos realmente qué es la amistad y que a pesar de las miles de tormentas que nos azotan abrimos las salas de teatro y le damos fantasía al mundo, cuando damos la vida por hablar con nuestros espectadores, cuando envejecemos y nuestro cuerpo expide olores a sándalo, a ropa vieja y nuestras manos untadas de miles de trastos, hacedoras de utilería que abrazan a cada actor, a cada bufón, a cada títere, esos que habitan nuestra caja negra, esa caja negra llena de historias, de pequeños milagros.

Farley Velásquez

Agosto 08 de 2009


Grafiti: Farley Velásquez [Programa] – TeleMedellin

Farley Velásquez, actor, director y fundador del Teatro la Hora 25. Este programa de Grafiti está dedicado a la vida y la gran obra de este apasionado por el arte de las tablas.

 

Farley y su hijo Lukas Velásquez

Farley y su hijo Lukas Velásquez

 


Farley Velásquez Ochoa. Wikipedia. Medellín (1966-2015). Fue un dramaturgo, actor y director de teatro colombiano, reconocido por sus adaptaciones de obras clásicas de Eurípides y Shakespeare. Fue discípulo del fallecido director antioqueño José Manuel Freidel, uno de los pioneros de la dramaturgia local de Medellín.

Comenzó su carrera de dirección a temprana edad, cuando organizaba pequeños montajes en el barrio Florencia, en Castilla (Medellín), donde transcurrió su infancia y parte de su juventud. La violencia de aquel lugar inspiró algunas de sus obras posteriores, en las cuales es frecuente ver gánsteres, pandilleros y asesinos. Debido a la falta de apoyo por parte de su familia y a la inestable situación socio-política de su barrio, se vio obligado a abandonar su hogar a la edad de dieciocho años. Posteriormente estudió “Artes Escénicas” en la Escuela Popular de Artes (EPA) de Medellín.

En 1989 logra reunir a un equipo de trabajo, que más adelante se conocería como Hora 25, uno de los teatros más representativos de la ciudad. Desde entonces, el grupo ha desarrollado alrededor de una veintena de montajes, ha participado en varios festivales en Colombia y en el exterior, y ha sido galardonado con varios premios, incluyendo el Premio Nacional de Dirección Teatral del Ministerio de Cultura (2007) por la obra Electra de Eurípides. Tuvo un hijo, Lukas Velasquez.

La obra de Farley Velásquez apuntaba a la visceralidad. Si bien algunas obras cobran un tinte humorístico, tales como Il rapsoda di les Toninos (de su autoría) y De dos amores (adaptación de Bodas de sangre, de García Lorca), la mayoría de los montajes a su cargo obedecen al género de la tragedia. La abundante sangre artificial, la complejidad luminotécnica, los cuchillos, la crítica social y el tinte pesimista del final de cada obra son elementos frecuentes en sus propuestas teatrales. Encontró sus influencias en literatos como García Márquez, Franz Kafka, Andrés Caicedo, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud; pensadores como Nietzsche, Harold Bloom y Séneca; cineastas como Stanley Kubrick, Martin Scorsese, Charles Chaplin y Federico Fellini; dramaturgos como Shakespeare, Jean Genet, Víctor Jara, Bertolt Brecht, García Lorca, Eurípides y José Manuel Freidel, entre otros.

Teatro La Hora 25

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