Pentagrama / Contra la conversación

Foto de Paola Scagliotti

Foto de Paola Scagliotti

En la segunda entrega de PENTAGRAMA: cuentos para escuchar, Mathías Iguiniz, poeta y narrador de la ciudad de Canelones, Uruguay, presenta Contra la conversación, un relato en el que el protagonista viaja a una tradicional feria montevideana con el objetivo de hacerse de la discografía de Nick Drake, y termina, accidentalmente, metido en una discusión literaria mientras espera el llamado del dealer discográfico.

***

Mathías Iguiniz

Contra la conversación

Había visto, algunos domingos atrás, hacia fines de diciembre, la discografía de Nick Drake, un material traído de Inglaterra, arribado a este llano interminable por vaya uno a saber qué cadena infinita de traspasos y vicisitudes. El asunto fue que en ese momento no tenía plata (o ya la había gastado toda en boludeces). En enero volví a la feria, pero resultó que justo ese domingo, el feriante melómano, de pelo largo y remera de Led Zeppelin, había dejado la caja con cuatro discos en su casa, pues, según me explicó, no creía que los pudiera vender y se estaba estropeando por el ajetreo de la carga y la descarga semanal. La cuestión se resolvió rápido: él iba a llamar a alguien que se la trajera y, mientras, yo esperaría por ahí. Me llamaría para concretar la transacción en una hora, aproximadamente. Le pasé mi número.

Empecé a caminar. Ese domingo no tenía ganas de ver gente y, en realidad, había tomado el Copsa 2A desde Canelondres con un cometido preciso: tomar el material y volarme. Me acordé de Jonás, un amigo que vendía libros en Tristán. Luego de hojear algunos ejemplares raros que reposaban sobre largas mesas sostenidas por caballetes (hacía tiempo que no veía en la vuelta la primera edición de El agregao, del minuano Guillermo Cuadri), arribé al puesto de mi amigo. Me introduje en una charla empezada, por lo que no lograba hacer pie, sacar de qué venía la cosa.

Uno decía, con tono parsimonioso, pero que se iba acalorando en la medida  en que avanzaba con el despliegue de sus argumentos:

-Es el Tabaré, no se puede discutir. Les guste o no. En Argentina es el Martín Fierro, esa te la llevo, pero acá, yo qué sé, acá no hay nada. O es eso o no es nada.

Otro replicaba:

-Pero, siendo sinceros, cuántas personas leen hoy la obra de Zorrilla. No digo para el liceo, por un examen o lo que sea, digo cuántas personas, honestamente, se acercan al libro por su propio interés, porque sienten un deseo auténtico de leerlo. Mucha gente de mi generación siente recelo por la obra, casi un rechazo acérrimo, porque, de adolescentes, supieron tener que memorizársela en contra de su voluntá. ¡Contra su voluntá!

El debate siguió, hasta que uno de los implicados me allanó el camino: “Estamos intentando llegar a cuál es EL clásico uruguayo, ese libro que mejor nos representa afuera, cuyo contenido ningún yorugua ignora.”

Más allá de que el ejercicio en sí mismo era difuso, problemático, quizá hasta un poco absurdo, lo cierto es que no dejó de hacerme cuestionar. Se ha escrito bastante sobre los clásicos: por qué leerlos, por qué no leerlos, por qué lo son en un momento determinado de la historia, por qué dejan de serlo sin más en otro, cómo se deben leer, cómo no se deben leer, en fin. En lo personal, no tenía mucho que agregar. Recordaba las infinitas reediciones de un libro como Paja Brava, de José Alonso y Trelles ―el Viejo Pancho―, pero no creía que por eso se lo pudiera considerar un “clásico”, al menos no en el sentido en que se lo estaba planteando allí (quizá lo fue en su momento, a su manera, más en un formato oral que escrito, pero eso no venía a cuento). Seguí pensando.

Surgieron más nombres. Algunos llegaron como quien recibe en su casa a un invitado indeseable. Benedetti, Galeano. Unos minutos después, vinieron Onetti, Felisberto Hernández, etcétera. Cada nuevo nombre abría las compuertas a una infinidad de interrogantes: “sí, pero tal es más leído afuera que acá”; “se trata de una moda, hay que pensar qué va a pasar dentro de 100 años”; “andá a preguntar a cualquier pueblo del Interior, a ver si lo conocen”.  En un momento dado, surgió el gesto adusto, inmortal, de Horacio Quiroga. El nombre cayó desde algún agujero negro de la memoria, se impuso con toda la fuerza de la tradición. Parecía que se llegaba a un consenso. “Horacio Quiroga podría ser…”, admitía el más iconoclasta que, paradójicamente, proponía el Tabaré como candidato irrevocable al título.

Sin embargo, no tardó en desenvolverse otra vez la polémica, pues un anciano de gafas que hacía rato simulaba observar un libro a unos pocos metros de dónde estábamos, no se pudo contener e intervino con vehemencia: -Cómo me pueden decir que EL clásico de todos nosotros, de todos los uruguayos, es un tipo que ubicó sus relatos en la Selva de Misiones. Es un despropósito pensar eso, habiendo acá tantos escritores de fuste, que se interesaron por lo telúrico, que rescataron los valores de las mejores tradiciones de la Patria.

Todos quedamos en silencio. Había algo de verdad en la inesperada, chauvinista, irrupción de ese sujeto achacoso, con pesados lentes de armazón reforzados en distintas partes con trozos de cinta adhesiva.

A mí no me terminaba de convencer del todo. La charla volvió a animarse, ahora acicateada por la nueva incorporación de esta peña azarosa, encallada entre las calles Tristán Narvaja y Uruguay. Desde arriba, entre el ir y venir compacto de sombreros y bolsas de nylon, amortiguada por el bullicio incisivo de la feria en permanente movimiento y el arrullo monótono de las palomas, se escuchaba, lejanísima, la conversación, hecha de sutiles inflexiones, silencios prolongados y cambios de tono repentinos. El aire expelido de los pulmones, acelerado o intermitente. Sonó mi teléfono. No era ella. Esa tarde de domingo sería el hombre del río.

Cerro Quitasol visto desde el barrio el Trapiche.

Canelondres, enero 2016 .

 


Mathías Iguiniz (Canelones, Uruguay, 1988), egresado del Instituto de Profesores Artigas, se desempeña como profesor de Literatura. Ha participado en distintos eventos y jornadas académicas. Algunos de sus trabajos han sido publicados en suplementos culturales, revistas literarias, periódicos y sitios de Internet. En 2014 obtuvo el 1er. Premio en el VII Concurso Nacional de Poesía Joven “Pablo Neruda”. En 2015, el Primer Premio en el Concurso de Poesía de Casa de los Escritores del Uruguay con el poemario La nitidez secreta de las cosas, así como también una Mención Honorífica en Narrativa. Actualmente cursa la Maestría en Literatura Latinoamericana en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.

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