Apuntes sobre La balada de la mudita, de Rafael Courtoisie

foto de Paola Scagliotti

foto de Paola Scagliotti.

 *

TESTAMENTO

*

Yo

también

puedo testar

ahora:

Les doy

todo

el silencio

Jesús David Curbelo

 

“La Mudita ha matado. No con sus manos: con su pensamiento. Tiene manchas de sangre su silencio…”, de este modo comienza el primero de los textos que componen La balada de la Mudita, libro de Rafael Courtoisie recientemente coeditado por Tarántula Dormida Ediciones y Ediciones Trinchera, en el estado de Guerrero, México.

Courtoisie construye a lo largo del libro un universo en donde el desamor generado por el silencio de la Mudita, arrastra a la voz que le da cuerpo a ese personaje tan misterioso como inalcanzable, a narrar las peripecias que padece en la búsqueda de la tan anhelada palabra negada por esta mujer.

A lo largo de su obra, el autor se ha destacado por la soltura y fluidez a la hora de manejar el lenguaje, siempre exploró el envés de la palabra y urdió en el espacio en blanco. En esta ocasión –como ya nos tiene acostumbrado el poeta– la voz vuelve a filtrarse en la palabra no dicha. ¿Por qué guarda tanto silencio la Mudita? ¿Qué esconde? ¿Qué castigo le tiene preparado a su tenaz enamorado que no claudica en su cometido?

¿Cómo se habla de la Mudita si no es por omisión?

Al callar se dicen muchas cosas.

Al hablar se borran las palabras.

Estamos frente a una obra íntegra, en donde la sublevación de los deseos que despiertan sin pudor alguno están a la orden del día, a veces de forma irónica, en otras lo erótico se manifiesta a flor piel. La imagen de esta mujer atormenta al sujeto que la evoca incansablemente, y a pesar de las humillaciones a las que es sometido, no se rinde en la búsqueda de ese sonido que le ofrezca la llave para resolver el idilio en que se encuentra sumergido.

En “Sandro y sus consecuencias” ella lo obliga a llevarle tres bombachas a Roberto Sánchez, Sandro, su ídolo; como si el ramo de prendas interiores con el perfume de su entrepierna fuera rosas. También, le teje una gran bufanda de lana cuando está aquejado por la tos, aunque se la obsequia para un fin que no es el abrigo. A pesar de la tortura que sufre, la tozudez de este ser es inagotable, en el texto “Limosna” dice: La Mudita volvió a no hablarme (…) Decime algo, Mudita, mi vida, mi corazón, mi sol: cualquier palabrita sirve.

La danza que nuestro enamorado esgrime bajo los acordes del silencio impuesto por la Mudita, están muy bien cimentados por trazos poéticos de altísima factura. En el año 2002, RC publicaba Música para sordos y empezaba diciendo: Música para sordos/ peines para las piedras, y cerraba la primera sección del libro con: Música para sordos/ piedras de largos cabellos. El mineral, elemento presente en el poemario que fuera galardonado en México con el premio Jaime Sabines, retorna en el poema “Lápida”: Las piedras son silencios sólidos, silencio compacto, besos, burbujas de extraño peso que la boca de Dios dejó por ahí para recordar que a las palabras se las lleva el viento pero su falta queda para siempre.  Al tiempo que en “La lengua de piedra” manifiesta:

Tengo un fósil de caracol (…)

Miro el caracol endurecido, pienso en su lengua

En la lengua de la Mudita.

Me llevo el fósil en espiral al oído; está cantando

Canta sin decir nada como el paso del tiempo.

Cuando la crueldad y la acidez empiezan a rozar el absurdo, el poeta le otorga a nuestro desdichado un momento de calma con estos versos que gozan de una profundidad superlativa, antes de zarpar una y otra vez con renovadas esperanzas, en busca del sonido vetado por los labios de su amada.

La balada de la Mudita es un nuevo acierto de RC, una pieza que engrana a la perfección en su dilatada y coherente trayectoria poético, que está próxima a cumplir las cuatro décadas. El trazo preciso y sutil, la palabra cobijada de tal manera para que lo no dicho sea el protagonista de un libro que arroja luz sobre el vacío y nos permite explorar sus sinusoides espacios en blanco. Al igual que en el poema “Testamento” de Jesús David Curbelo, la Mudita nos deja todo el silencio. 

Matías Mateus

 

Algunos poemas de La balada de la Mudita

 

I

GENOCIDA

La mudita ha matado. No con sus manos: con su pensamiento. Tiene manchas de sangre su silencio, manchas que no quita el peróxido de hidrógeno, máculas indelebles que no borra el diluvio de las lágrimas de mis palabras cursis, estúpidas, atolondradas, inicuas y febles. Los nombres de las víctimas de la Mudita, la larga lista de sus crímenes de lesa humanidad queda tatuada en la noche, sobre la telilla transparente de este texto desgarrado como un himen.

 

XIV

CROSS WORD

La MUDITA hace palabras cruzadas, es drogadicta.

Las palabras cruzadas son para ella como la cocaína, la heroí- na, el LSD, el alcohol, las anfetaminas, la efedrina, las benzodiacepinas, el opio de los pueblos.

La MUDITA es imbatible. No hay quién le gane a las palabras cruzadas.

Es una máquina de resolver puzzles, de jugar sudoku, de consultar el diccionario on line y todos los días toma sopa de letras.

La Mudita no me habla.

Me escupe.

Me limpio la cara y en las palmas de las manos, entre la saliva, veo muchos vocablos, pero a la palabra AMOR le falta la A y a la palabra BESO le falta la B.

Pero la palabra DOLOR está entera, y se repite tres veces.

 

XVIII

VELAR ARMAS

Son la una en punto de la mañana.

La Mudita acaba de llamarme con el pensamiento.

No habla.

Me despertó su silencio dentro de mi cabeza.

Y no puedo volver a dormir: sé que en el sueño, detrás de una piedra de aire,

me espera su sustancia sin peso, el cuerpo invencible de su fragilidad.

No abre la boca.

No separa los labios.

Cae en la vigilia como granizo, garúa dentro del sueño lágrimas ácidas.

La Mudita no dice nada.

Aturde.

 

XXII

LA LENGUA DE PIEDRA

 

La poesía es un caracol nocturno en un rectángulo de agua

José Lezama Lima

 

Tengo un fósil de caracol.

Un espiral que un día fue orgánico, vivo, muelle, hecho de mucosas, organelos y tegumentos, baba, saliva ancestral de los eones, ahora es piedra preciosa, alhaja.

Un gasterópodo que hace miles de miles de años se movía, se arrastraba sobre la superficie de una hoja verde del cretácico, pletórica de clorofila, lamía la hoja como una lengua autónoma, sin cuerpo, como una lengua con cáscara, protegida por la relación que establece en cada curva de su casa calcárea el número phi, que mordía con el endurecimiento de su abertura bucal la carne tierna de la hoja, que veía el mundo por los ojos dispuestos en la punta de los cuernos, ahora es un objeto de piedra que adorna el inmenso desierto, la extensión absurda de soledad y silencio en que me sumió la decisión, el capricho puro de la Mudita.

Miro el caracol endurecido, pienso en su lengua.

En la lengua de la Mudita.

Me llevo el fósil en espiral al oído: está cantando.

Canta sin decir nada, como el paso del tiempo.

 

XLI

LÁPIDA

Las piedras son silencio sólido, silencio compacto, besos, burbujas de extraño peso que la boca de Dios dejó por ahí para recordar que a las palabras se las lleva el viento pero su falta queda para siempre.

Con piedras de silencio se construye el cuerpo de los templos.

Se lapidan mujeres.

Se fondean barcas.

Se tallan las cabezas de las estatuas.

El mármol no habla, pero dice mucho cuando imita, en el David de Michelangelo, el gesto del pequeño frente al gigante invisible Goliat.

David es la piedra del muchacho desnudo que sostiene la honda que impulsará la piedrita que irá a estrellarse y partir la frente de Goliat.

Goliat es la palabra inmensa, la enormidad del grito.

David es la piedra escueta del silencio humano.

Goliat, gigantesco, es derribado.

David es el silencio desnudo, sus músculos endurecidos y sencillos, tallados en el bloque de mármol y puestos frente a la palabra que cesa, que termina, que se muere.

David y Goliat, Mudita, me hacen pensar en vos, en tu cabeza dura como una piedra, en tus tetas erguidas, paralelas como cerros de basalto mellizo, en tus glúteos macizos, en una pradera de pizarra y dolomita donde mi obstinación, con un cincel de hierro y una maza, a golpecitos tiernos, a caricias, quiere tatuar un poema de amor y graba sin querer un epitafio.

 


RAFAEL COURTOISIE (Montevideo, Uruguay, 1958). Poeta, narrador y ensayista. Miembro de número de la Academia Nacional de Letras. Su antología Tiranos temblad obtuvo el Premio Internacional de Poesía José Lezama Lima (Cuba, 2013). Acaba de aparecer, en España, su libro El lugar de los deseos (Valencia, editorial pre-textos) y la segunda edición (en Uruguay, 1ª edición en España) dePartes de todo (ensayo-poesía). Ha dictado seminarios y conferencias en numerosas universidades e instituciones de España, Inglaterra, Francia, Italia, Israel, Grecia, Turquía, Bosnia, Canadá, Estados Unidos y América Latina. Ha recibido, entre otros, el Premio Fundación Loewe de Poesía (España, Editorial Visor, jurado presidido por Octavio Paz), el Premio Plural (México, jurado presidido por Juan Gelman), el Premio de Poesía del Ministerio de Cultura del Uruguay, el Premio Nacional de Narrativa, el Premio de la Crítica de Narrativa, el Premio Internacional Jaime Sabines (México), el Premio Blas de Otero (España) y el Premio Casa de América (España).

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