En Memoria a Luis Alberto Mansilla

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Conocí a Luis Alberto Mansilla cuando tenía apenas catorce años, en la casa central de la Universidad de Chile. Me lo presentó mi abuela paterna con gran ceremonia, de modo que comprendí que estaba conociendo a alguien relevante para el mundo cultural santiaguino de esa época, teñido del miedo y la oscuridad que la dictadura militar habían dejado en un Chile que, tímidamente, se asomaba a la idea del retorno a una democracia frágil y falaz, como veríamos con los años.

            Supe poco después que Mansilla estuvo exiliado prácticamente toda la dictadura y que gran parte de su vida en el exilio la había vivido en la Alemania comunista. Desde comienzos de su profesión, en los años 50 hasta el último año de su vida, el 2016, publicó más de 1.500 artículos en diferentes medios escritos, entre los que destaca el diario El Siglo (del cual fue redactor entre 1958 y 1973) y últimamente en el periódico Punto Final. Extrañamente nunca firmaba con su nombre, lo que probablemente da cuenta de su extremada timidez. Entre sus seudónimos más utilizados estaba el de Simón Blanco o Pastor Aucapán.

            Fue un autodidacta en una época difícil y llena de precariedad. A menudo me decía que él había nacido bastardo y que si no hubiese sido por su tía Luzmira, que lo auxilió y lo crió, probablemente habría sucumbido a la miseria.

            No sé muy bien cómo ni cuándo nos hicimos amigos. Lo fui a visitar asiduamente a su lugar de trabajo que quedaba justamente en la casa de Pablo Neruda, y que la Fundación que administraba el legado del poeta había dispuesto como centro de operaciones. Luis Alberto dirigió por años el boletín de la Fundación que se llamaba ‘Cuadernos’ y que acogió por primera vez la publicación de mis versos, el año 1992.

            A menudo me hablaba de sus sueños y de su intenso deseo de retomar la vía en que Chile se había perdido en el lejano y aciago año de 1973. Volvió con intención de publicar una revista, un periódico que no tuvo más de dos ediciones y que se llamó Izquierda XXI, el fuego fatuo de un sueño que se había desvanecido en Europa y que en Chile encontró la expresión de una contradicción asfixiante para él: la plena comprobación de un modelo neoliberal que parecía llenar de optimismo mercantil a los/as chilenos/as de los años noventa. Probablemente para él, comprobar el goce con que muchos se proclamaban ‘los jaguares de Latinoamérica’ no hacía más que sumirlo en un intenso desasosiego y una amarga y profunda pena.

            La dictadura es una fantasma, solía decirme, pero encarnado. “Chile se ha transformado en un país lleno de pequeños Pinochet”. En paralelo, seguía su incansable labor de cronista de su época, maestro de ceremonias de todos los homenajes que la Fundación realizó durante los noventa, entre los que destacó aquel que se le hizo al poeta Juvencio Valle, en la celebración de su natalicio, en el año 92.

            En mis consecutivas visitas  a ‘La Chascona’, me acercaba a ese hombre lleno de luz, sabiduría y ternura. Me sentaba en su oficina, que ahora es el bar que se encuentra al lado de la biblioteca de Neruda y él generosamente me llevaba a la biblioteca, me mostraba los libros, me mostró el premio Nobel y tantos otros tesoros que esa casa ocultaba para mí.

            Reconozco que muchas de las veces que lo visité fue escapándome de mis obligaciones escolares, que en esa época me parecían grises y sin sentido. Hice la ‘cimarra’ en incontables oportunidades, apresado por sentimientos contradictorios de angustia y culpabilidad que contrastaban con el inmenso goce que me provocaba tener unos minutos con él. Durante esos años, Luis Alberto me presentó al mismísimo Volodia Teitelboim y al pintor Nemesio Antúnez, quien tuvo la generosidad de caminar conmigo algunas veces por la calle Pío Nono del barrio Bellavista, cuando ya mi cimarra se hacía insostenible y yo debía volver a casa de mis padres. Jamás me preguntó nada al respecto, sólo compartía anécdotas y me hacía sentir maravillado por la vida. Lamentablemente, fueron conversaciones fugaces que me arrebató la muerte del pintor en el año 1993.

            En los años que duró mi amistad con Luis Alberto Mansilla (aproximadamente veinticinco) tuve la oportunidad de revivir sus anécdotas con grandes personajes de la cultura chilena. Me asombraba pensar que fue amigo de Neruda y que lo entrevistó en innumerables ocasiones en el curso de los años 1958 a 1973, o cuando me contaba sus experiencias con Víctor Jara (fue el último periodista que logró hacerle una entrevista antes de su trágico homicidio) o con Violeta Parra. Yo no podía evitar preguntarle cómo eran estos personajes que eran mi admiración, trataba de soñar aquella época y los convulsos días del Golpe al Estado, que derribaron con la más cruel de las violencias el acto fallido que resultó ser la llamada ‘vía chilena al socialismo’.

            La extrema sensibilidad poética de Mansilla me orientó con la paciencia y la ternura de un abuelo. Gracias a él conocí a Kafka, a Sartre, a Baudelaire (que él recitaba de memoria, extasiado) y sobre todo al relámpago de iluminación que para mí fue Rimbaud en aquellos años. Un destilado hermoso de música ciega, en francés, desesperada y maldita.

            Gracias a él comprendí que la poesía era música, que en el bosque de las palabras habitaban instrumentos que no sonaban por sí solos, que requerían una extraña alquimia, que los poetas eran finalmente como directores de orquesta que extraían el lenguaje sensible de las notas sordas, que podían hacer hablar a la materia, como cuando Neruda escribe en “Entrada a la madera” de Residencia en la Tierra:

 

“Con mi razón apenas, con mis dedos,

con lentas aguas lentas inundadas,

caigo al imperio de los nomeolvides,

a una tenaz atmósfera de luto,

a una olvidada sala decaída,

a un racimo de tréboles amargos”.

 

            Releo estos versos y parezco escucharlo cerrando sus ojos y recitándolos con toda su vida involucrada en ellos, como si de eso se tratara el tiempo: recorrer con palabras los sonidos y esperar que vuelvan los sentidos y los significados humillados ante la música simple que emana de la voz. “Entrada a la madera” es el canto de un poeta que se fusiona con la materia, que entra en sus concavidades, que mira y logra involucrarse imaginariamente con lo que ocurre en el interior de un tronco.

            Vuelvo a Luis Alberto. Él amaba la poesía y amaba transmitirla. En una ocasión, me invitó a ver a su amiga, la actriz Inés Moreno, a un recital donde ella interpretaría a Federico García Lorca, un poeta español desconocido hasta entonces para mí. En el pequeño salón vi aparecer una mujer pequeña, no recuerdo sus facciones, pero era bella y digna en su elegante ritmo para hablar y entornar la mirada. Se acercó a Luis Alberto y lo abrazó cerrando los ojos, luego me saludó distraídamente y caminó hasta el pequeño escenario para recitar unos versos que dejaron una huella indeleble en mí. La pequeña mujer crecía trastocada por las palabras de Lorca, instalando otra dimensión en esa sala con una voz portentosa como la cordillera y al mismo tiempo dulce y plácida y llena de una emoción contenida. Creo que jamás he visto nada igual. Sentía que las palabras calaban mis huesos, se abría ante mí como flores sangrientas y dejaban una cicatriz en mi ánimo, como un tatuaje de luz desmesurada.

 

Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” (Extracto)

 

A las cinco de la tarde

A las cinco en punto de la tarde.

Un ataúd con ruedas es la cama

a las cinco de la tarde

Huesos y flautas suenan en su oído

a las cinco de la tarde.

El toro ya mugía por su frente

a las cinco de la tarde

el cuarto se irisaba de agonía

a las cinco de la tarde.

A lo lejos ya viene la gengrena

a las cinco de la tarde.

Trompa de lirio por las verdes ingles

a las cinco de la tarde.

Las heridas quemaban como soles

a las cinco de la tarde,

y el gentío rompía las ventanas

a las cinco de la tarde.

A las cinco de la tarde

¡Ay, qué terribles cinco de la tarde!

¡Eran las cinco en todos los relojes!

Eran las cinco en sombra de la tarde!

 

            Después de haber escuchado recitar a Inés Moreno, la poesía no volvió a ser lo mismo para mí. Comprendí su misterio y el respeto que merece su potencial transformador. Luego supe que Inés Moreno había recitado ante Gabriela Mistral los mismísimo sonetos de la muerte y Gabriela se había acercado a darle un abrazo y decirle al oído: “Esos sí son los sonetos de la muerte”.

            Luis Alberto fue generoso en palabras, pródigo en buenos momentos y grandes consejos. Un maestro en resumidas cuentas. A veces volvía a su infancia entrecerrando sus ojos celestes y recordaba los ingratos oficios que tuvo que desempañar para ganarse la vida y la profunda admiración que sentía por el autor de “La sangre y la esperanza” de Nicomedes Guzmán, que le permitió adquirir conciencia sobre la cuestión social y acercarse a los ideales que enarbolaría durante toda su vida: la defensa incontrarrestable de la clase obrera y los valores fundamentales de su pueblo. Una de nuestras últimas salidas fue a propósito de la celebración de los cien años del libro de Nicomedes Guzmán. Me pidió que lo llevara, una noche, al centro cultural Montecarmelo y disfrutó ahí un sentido homenaje al hombre que transformó su juventud en una vida comprometida políticamente.

            Las palabras no alcanzan la extensión necesaria para hablar de la muerte de Luis Alberto Mansilla. Sólo conservo de él la risa, su sutil sentido del humor, su infinito deseo de vivir y su lucha incansable porque el mundo fuera un lugar mínimamente ético. Su compromiso con el partido comunista, su profundo amor por la vida y parte de algunos manuscritos que me dejó donde recogía sus impresiones diarias, como sabiendo que le correspondía una secreta responsabilidad con todo, con consignar, detallar, declamar aquello que estaba ocurriendo en el mundo, con total honestidad y con una pluma certera, pero no por eso menos cándida, menos capaz de asombrarse de todo, constantemente, como si hubiese sido siempre un gran niño lleno de compasión por todo lo que lo rodeaba. Mi agradecimiento a su persona es eterno y dejo este testimonio aquí, ante quien quiera leerlo.


Sobre Antonio Letelier,  1976. Psicólogo clínico de la Universidad de Santiago. Actualmente candidato a Doctor de la misma Universidad, en el programa de Doctorado en Psicología. Investigador en temas de ética de la investigación cientifica, Bioética y Biopolítica. Miembro del comité editor de editorial “Editorialilla”,  de la Sociedad de Escritores de Chile,  de la agrupación ‘Cultura Viva comunitaria’ y  del colectivo poético “Letras en Borgoña”. Ha desarrollado un trabajo literario desde el año 1992, publicando en los cuadernos de la Fundación Neruda y en diversas antologías, entre las que se cuenta “22 voces de la novísima poesía chilena” (1994).  Su primer libro de poesía publicado el 2012 se titula“Miserias de fin de mundo (y amores matapajaritos) (Editorialilla, 2012).

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