Tercera entrega del ciclo “PENTAGRAMA: cuentos para escuchar”

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En la tercera entrega de PENTAGRAMA: cuentos para escuchar, contamos con la participación de Patricia Gutiérrez Paz, escritora de la ciudad de los anillos, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Nos ofrece en su repertorio dos cuentos rebeldes, en donde los acordes musicales se abren a empellones para imponerse sobre el cáncer como ocurre en “Cáncer, toros y tango” y en “De amores y boleros” la armonía de sus compases hace frente a las desilusiones del amor.

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Patricia Gutiérrez Paz

Cáncer, toros y tango

 

Lo que ella escuchaba era el eco. No el Eco de Drexler, o de Umberto Eco. Este era un eco sin metáfora posible: Eco de papeles, análisis, mamografías, ecografías, y otras “ías”. Ecos de diagnósticos y pronósticos de vida. Eco de una radioterapia dormida en el recuerdo.

Habían pasado siete años. Y luego de los famosos siete, no había que cantar victoria y mucho menos ufanarse por algún escollo de felicidad súbita -o ausencia de dolor- que a esas alturas ya eran lo mismo.

Habían pasado 7 años —con sus 2555 días y 361.020 horas— de ese día. El día en que el cáncer se le metió al cuerpo, como un mal sueño, como un mal día, como un mal. Y no se le metió en cualquier sitio, se incrustó ahí —justo ahí— donde la vida late, donde el placer baila, ahí donde la leche duerme antes de llegar a la boca de los niños.

Pero, pal caso ya nada importaba —ni haber amamantado a tres niñas, ni amarlas como a la vida misma— ni sus cortos 35, ni la vida por delante, ni su carrera, ni sus sueños, ni su nada… Nada pudo impedir que el cáncer se le metiera sin ningún empacho.

Primero en una esquina, cerca de la axila, y luego en la otra esquina. “Bue, si es para atacar que sea ¡con ganas! y si es pa enfermar que sea pues en serio” —mascullaba para sus adentros— mientras se le escapaba una risa nerviosa. La vida vaticinaba un desplome absoluto, su desplome. Un derrumbe sin treguas, su derrumbe. Frunció el seño, el sueño, y apretó la entrepierna. Sujetó las lágrimas, y por fin decidió: ella sólo quería seguir bailando.

A partir de ese día, se metió de cuerpo entero a aprender sobre este “nuevo baile”. Se lo leyó todo, lo bueno, lo malo y lo feo. Todo. Ejercitó pasos maestros y magias sutiles. Aguantó la respiración más de cien veces. Afinó los pasos, la cintura, la postura. Acicaló su fragilidad y endureció la mirada. Se llenó de brío. Y comenzó el meneo.

Él la increpaba con pasos amenazantes, diestros y siniestros. Ella esquivaba, retrocedía y avanzaba. Cauta. Como fiera en pausa. Seis meses le tomó descubrir el ritmo y cadencia de esta danza macabra. Que se baila de a dos.

Un giro y luego el otro, sin derecho a replique. Cercanía y distancia. Remedio y alivio. Cirugía y descanso. Terapia y rehabilitación. Noche y día.

Hastiada y debilitada de tanto ir y venir, miró pal cielo, pidió clemencia. Tiempo. Pero la estocada final ya andaba en camino. El cáncer había arremetido contra el territorio sagrado de las mujeres, el útero. De donde nace su sintonía con Dios. ¡Ah! Eso era demasiado, eso no lo permitiría.

Se levantó como toro herido. Bravía como el mar y el tango. Se levantó de una. Se pintó la boca y se subió a sus tacos. Desde ahí enfrentó el cáncer como toro a torero, con más brío que chance. Respiró hondo y se le fue encima. Él, capa roja. Ella, puro osadía y brío. Desnuda —sin más armas que esa terquedad de sobrevivir— lo embistió con su cuerpo entero, adolorido pero entero, invadido pero suyo. Con su alma en trance, con sus ojos infinitos. Ya no tenía nada que perder. Entonces, bravía y roja, clavó sus astas en el centro del centro, del mismísimo centro del cáncer. Y en una sola movida, forjó un giro final.

Se hizo un silencio. La tribuna paró el jaleo y de las sombras emergió Carmen. Airosa, se arregló el vestido. Se limpió la sangre. Y salió erguida. Golpeada y erguida. Cansada y erguida. Llorosa y erguida. Luego -más guapa que nunca-caminó y caminó, hasta perderse en los azules de la certidumbre. Y siguió bailando con la vida, quién sabe cuántos años, o siglos más.

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De amores y boleros

 

El amor. Ese amor del carajo, ese que abre zanjas cerradas, ese que nos desbarata enteros. Ese amor por el que sufre el tango, y llora el bolero. Ese que siembra fados, que crea mitos, que enciende ejércitos, que mata y muere. Desperté luego que este turbión de palabras me azotara el sueño, y —a escribir de amor me dije— se avecina septiembre y ya da para hablar del tema sin reparos, ni atisbo de cursilería. Me refiero a la cursilería ajena, porque lo cursi siempre es ajeno.

Tuvo que aparecer Almodóvar para que entendamos las colindancias sutiles entre lo cursi y lo sagrado, lo divino y lo profano, lo culto y lo vulgar. “Si tienes un hondo penar piensa en mí; si tienes ganas de llorar piensa en mí. Piensa en mí cuando beses, cuando llores también, piensa en mí. Cuando quieras quitarme la vida/… para nada me sirve sin ti”, extraordinario bolero de Agustín Lara, que nos corta el aliento en Tacones lejanos, una película que se erige como oda a la santa trilogía de los milagros: amor, pasión y bolero.

Hasta antes de Almodóvar los boleros eran un tabú infranqueable en el círculo intelectual europeo, que por esos entonces, tildaba de cursi y de mal gusto, esta maravillosa forma de cantar dolores. El bolero. El de nuestras abuelas y nuestras madres, el de Los Panchos, Chavela Vargas, y Luis Miguel. El bolero. Ese que dibuja magníficamente esta trágica forma de amar y pensar el amor.

Yo vivía en España por esos entonces, y fue una suerte de salvación —caída de la buena mano de Dios— que este hombre, cineasta y trasgresor por excelencia, venga y nos refriegue en la cara, barcina de academicismos y prejuicios, una idea lacerante del amor, plagada de guiños que desbarataban de un manazo el enclenque puente por el que transitan los lugares comunes, lo cursi. El amor con toda su iconografía.

El amor feliz no tiene historia, “solo el amor amenazado es novelesco” sostenía el ensayista suizo Denis de Rougemont, y mientras lo leía, recordaba, una a una, letras de tangos, boleros y fados, cantando ausencias, desengaños, dolores, despedidas, desencuentros y otros imposibles. El amor como imposibilidad.

En el amor/pasión, el amor es visto como una droga, enamorarse es enajenarse, perderse. Casi un comportamiento patológico, un territorio que está más allá del bien y del mal: “bajo la droga del amor, los amantes embarcan en un territorio irreflexivo, donde no existen otras leyes que las de la pasión. La pasión nunca aprende, siempre es idéntica, eternamente joven, irreflexiva…—Es que yo no aprendo—, se queja el amante adolorido. Y está en lo cierto, porque el amor permanece impermeable a la experiencia”. (Rosa Montero)

Y, por otro lado, tenemos a un Saramago reivindicando el “amor posible”, dedicando parte de su inmensa y portentosa obra literaria “a Pilar, que tanto tardó en llegar”.

Hago una pausa, y embriagada en amores suspiro, mientras Chavela se desmadeja —con esa voz ronca de quien desayuna cuchillos de seda—, “nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores, otra vez a brindar con extraños y a llorar por los mismos dolores….”

Es el bolero. Tomemos otra copa.

 


Sobre Patricia Gutiérrez Pazes una mujer hecha de palabras. Ejerce el lenguaje desde múltiples oficios; periodista,  guionista, publicista y escritora. Autora del libro de poesía “Una palabra que no digo” presentado en la Feria Internacional del Libro, SCZ 2014. Su poesía hace parte de la “Antología de Poesía Boliviana siglo XX”, editada por una de las editoras más importantes de Europa, VISOR España, 2015. Seleccionada y recopilada por el reconocido escritor Homero Carvalho Oliva. Se especializó en construcción literaria de guiones y cinematografía, en la Escuela de Bellas Artes de Madrid. Fue guionista de la Serie “Me muero de miedo”, subvencionada por el European Script Found. En Madrid, guionizó la Serie de cuentos infantiles “Mucho Cuento”. En 1989 publicó, “A través del Cuerpo”, luego del nacimiento de su hija Daniela -dueña de delirantes mariposas amarillas-. Redactora Creativa de Gutierrez y Nallar, habita espacios imaginarios cotidianos.

Columnista de El Deber, hace incursiones literarias desde el mismísimo ombligo femenino. Gestora del movimiento cultural “Poesía en la Calleja”.

 

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