UN ÁNGEL MENOS DOS ALAS, crónica de Edwin Gamboa

Era un día cualquiera. Las grandes ojeras que me cercaban los ojos denunciaban que había dormido poco y mal. Ya sabes que me embrumo fácilmente. Me había levantado con esfuerzo, midiendo los pasos de la cama al baño, del baño a la habitación, de la habitación a la cocina, de vuelta a la habitación y luego a la puerta, porque ya habías llegado. Era un día cualquiera, de esos en que el abismo parece un poco más grande; curiosamente cuando la vida está vacía es cuando más pesa.

Me saludas, señalas que algo no anda bien. Supongo que me excusé en el frío o en alguna jornada de lectura hasta altas horas, cosas así algunas veces. Salimos de casa mientras el sol se levantaba al oriente y empezaba a entibiar la sombra de las montañas que se recortan a lo lejos. Caminamos casi en silencio. Yo me averguenzo un poco porque mis silencios no son tolerables y porque cuando abro la boca siempre hablo de lo mismo y porque conmigo las vainas son siempre así. Entonces callé y proseguí con la mirada fija en el paso siguiente, y después en el otro  hasta que llegamos al bus: Hoy es preciso que subamos a la montaña a conocer lo que amablemente me quieres enseñar. Tomamos el bus, ambos vamos de pie. Un par de minutos más tarde el bus casi se vacía en el parque del pueblo porque el tropel de señoras con niños se ha bajado para asistir puntualmente a la ceremonia del colegio. Puedes sentarte, yo renuncio a hacerlo. En mi cabeza retumban melodías de la noche anterior: Un poco de Miles, un poco de Louis, un vaso de jugo para sobrevivir al naufragio, el hedor de siempre.

Avanzamos, lugares conocidos, el recorrido de casi todos los días. La autopista y su patrimonial trancón, el centro comercial que es caricatura en esta pobreza de todos, la avenida atestada de caras cansadas que van a cumplirle la cita a la rutina, el aire cargado del humo malsano de los carros. De a pocos el paisaje se hace menos familiar, la montaña nos muestra su costado y comprobamos con tristeza que no hay árboles. La montaña es color amarillo de tierra gris amarga. Me dices que bajemos. Salgo pesadamente de la noche anterior y te sigo. Estás radiante. Hoy eres energía pura. Te emociona volver a la montaña. Yo, desde el fondo, asiento y te acompaño en tu alegría. Me invitas a imitar tus pasos, empezamos a subir por la montaña. Mis pulmones, acostumbrados al rigor del humo, protestan levemente por el esfuerzo que demanda el ascenso. Hablas, me cuentas de cómo aquella vez, del saquito que la señora no entregó, de tus cosas. Yo te escucho y limito mi conversación. Sé que sabes que no fue el frío ni la jornada larga de lectura ni cosas por el estilo. Mientras subimos hay caras que bajan y hay ojos que nos vigilan. Me sorprende que no te sorprendas, que no te asustes. Me impresiona la sonrisa con la que te abres paso por los sueños rotos y las esperanzas vencidas de arriba. Nos detenemos un poco. Con el dedo señalas hacia abajo y me muestras las cloacas, los vertederos de la mierda, el testimonio de la civilización. Del torrente de agua asciende una espuma ligera, ofrenda de los hombres para los altares deshabitados, testimonio de los que nadie quiere mirar, vestigio de los fantasmas del hambre. Proseguimos nuestro camino. Me dices que esto no estaba cuando subiste, me dices que esto otro se movió un poco, que eso de más allá sigue igual. Hay emoción en tu voz. De cerca te miro y te me haces muy distante: eres vida en esencia, te quise para siempre.

Dudas, mides la distancia y me conduces de a pocos al nido del Pájaro. El Pájaro no está. Una mujer nos dice que no debe demorar, que si deseamos lo podemos esperar allá abajo en la tiendita. Ambos estamos de acuerdo, no nos vamos a ir sin tener la posibilidad de intercambiar palabras con el Maestro y entonces resolvemos entrar en la tienda, que difícilmente se sostiene en la espalda de la montaña y cuyos clientes a esta hora de la mañana no son más que las moscas que rondan por las cosas y las personas. Pedimos algo de beber, no porque tengamos sed, sino porque nos sentimos obligados a justificar nuestra presencia en las sillas de la tienda. Pedimos lo primero que se nos ocurre, una gaseosa, algo, y eso es precisamente lo que no hay en la tienda. Sonríes un poco con gracia y una niña particularmente hermosa sale del interior de la casa-tienda y nos dice que con gusto ella va a otra tienda y nos compra un par de gaseosas. Al principio te opones cortésmente (así eres casi siempre) pero entendemos que negarnos sería una descortesía con la niña-montaña, entonces le decimos que está bien, que cualquier bebida sirve, que muchas gracias. La niña montaña se mueve diligentemente y trae dos bebidas que ni tú ni yo vamos a tomar. Ambos las abrimos para sellar el pacto de cortesía con la montaña pero creo que no bebimos demasiado.

Llegan voces que anuncian la inminente llegada del Pájaro. Ambos nos levantamos apresurados y salimos a encontrarlo. El Pájaro llega en un carro que difícilmente sube por la montaña. Sabemos por las noticias del barrio que el Pájaro tiene prisa; que debe ayudar a una señora llevándola al hospital de abajo (y la gente de abajo no sabe de los de arriba, no quieren, no les importa. Tan ocupados están en su anémica vida que ignoran a los hombres-montaña). Saludas al Maestro y casi disculpándote (esa otra costumbre tuya) le dices que no le ocuparemos mucho tiempo. El maestro te mira con los ojos grandes, atento. Pienso que es un Tucán que vigila en lo profundo de la selva. Nos dice que no hay problema y nos invita a pasar. Una mano callosa, trabajadora, abraza mi mano. Una frente quemada y zurcada por arrugas me dice que este Pájaro es un carpintero que trabaja sin descanso. Su voz medida y franca nos cuenta de la escuela, de los niños, de los problemas. Nos cuenta que allá arriba hay una gente que no quiere que le quite niños al crimen y a las drogas. Nos habla tranquilo, despacio, este Pájaro es un albatros imponente que zurca el océano de tristeza, de necesidad. Nos enseña parte de su nido, yo me siento pequeñito y agradecido por la lección de vida que gratuitamente recibo. Nuestro Pájaro se despide y emprende el vuelo en el carro de otro siglo para atender a sus polluelos. Lentamente tú y yo salimos; lentamente volvernos a habitarnos de nuestra realidad y rápidamente mi naufragio de la noche anterior se desvanece. Me pongo en perspectiva: No es posible estar triste por el yo egoísta cuando hay tanto por hacer en el mundo.

Bajamos de la montaña y nuestro camino lo acompaña la espuma que testimonia a los de arriba. Te miro, te mido, te admiro, te quiero en ese instante de eternidad y de aprendizaje. Tomamos un café y leemos un poco. Luego regresamos a casa caminando: una lluvia pertinaz nos acompaña y nos despide. Un Pájaro menos dos alas nos invita a volar.


Sobre el autor: Edwin Gamboa, escritor colombiano. Estudió Filología Clásica en la Universidad Nacional de Colombia y adelanta estudios de postgrado en el Instituto Caro y Cuervo, de donde es, actualmente profesor auxiliar; trabaja también como docente en la Universidad Sergio Arboleda de Bogotá. Publica “Asma” por Editorial Piedra de Toque en el 2015. Ha participado en encuentros de escritores en Colombia, México, Argentina y Bolivia.

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