Reseña a “Flores de Otoño”, de Mercedes Simón

 

 

 

Regocijémonos, la poesía no vende…

Su dificultad para convertirse en mercancía, es una grandeza!

 

 

 La mayoría de los artistas son envidiosos, engreídos, desconfiados, contradictorios, frágiles y con una característica común a todos ellos: están muy necesitados de cariño. Este no es el caso de la autora de este bello poemario, la poeta Mercedes Simón, puesto que el cariño y el afecto siempre le han sobrado; lo que ella necesita (más que ella, sus versos), no es benevolencia, sino atención.

Mercedes creció en una familia numerosa, compuesta por siete hermanos (seis mujeres y un varón), una madre y un padre. De su madre, ella misma nos ha contado que se dedicó, además de las labores de ama y señora de la casa, a la lectura, a la escritura, al canto; y que más que madre, fue siempre una compañera que animó a sus hijos a cultivar todas las manifestaciones artísticas; por su parte, su padre (de origen español), fue un pintor sobresaliente, escultor, tallador de la escuela renacentista, fotógrafo, dibujante, ceramista, y fue una persona que, además de inculcarles el gusto por la música y por los libros, les enseñó a contemplar la vida estéticamente, esto es, a ver el mundo a partir de toda la belleza que hay contenida en él.

Crecer entre músicos, pintores y poetas de diferentes escuelas, de diferentes camadas, le han permitido a nuestra escritora una mirada más amplia, más tranquila en su proceso creativo; ella, como una semilla, no tiene afanes, por eso busca la palabra; espera y busca las palabras precisas, que definan o recreen su pulsación verdadera:

“Estoy buscando una palabra

Que sea canto y copla,

Caricia anticipada, beso”.

 

En estos días, donde sobresalen ese tipo de artistas mediáticos que componen sus poemas durante esos diez minutos que les quedan libres entre sus horarios de trabajo y cada sesión en la peluquería, no deja de ser un bálsamo encontrarse con un libro de poesía que no fue escrito con un interés comercial o por una obligación editorial. Mercedes sabe que la poesía tiene la supervivencia asegurada. Sabe que mientras exista un solo ser humano sobre la Tierra y un reino interior en ese ser humano, sus “Flores de Otoño” siempre permanecerán como un temblor en el estómago o como un regocijo del alma. Ella no tiene prisa. Su permanencia en La Quebrada de Humahuaca le ha enseñado que toda semilla alguna vez germinará, reconciliando así a cada especie con el mundo.

 “Escribir es buscar la palabra”, dijo Gadamer, y eso hace nuestra escritora; la busca entre el paisaje que la rodea, que la define y la habita, casi de una manera metafísica como el tiempo remoto de la melancolía, de las estaciones que le determinan su estado de ánimo. Ella sabe que las palabras son puentes que nos acercan o nos separan, por eso canta, por eso nos entrega su poesía:

“Que sean nuestros versos los caminos

Que unan los abrazos urgentes,

Que anticipen los besos postergados”.

 

 

En la separación está el drama, en el espacio tiempo de la ausencia, de ahí su fuerte conexión con el paisaje, porque este guarda siempre la memoria de todas las cosas:

 

“En un rincón de Yala

El viento se ha escondido

En su silbo agotado gime triste plegaria

Y huye hacia los valles

Mientras yace tu muerte

Al borde del camino”.

 

 

Y en otro punto, ante la terrible pérdida de su amada sobrina, que nos anticipó en el viaje hacia lo desconocido:

 

“¿A dónde se fue mi niña,

Rosa sangrante de enero,

A sembrar felicidades

En otro cielo bendito?”.

 

Aunque es amante de la soledad, nuestra escritora sabe perfectamente que a veces hay que temerle también a esa lánguida dama, porque está muy cercana a la tristeza. Es precisamente este espíritu sensible lo que la hace siempre vulnerable ante toda situación (y lo somatiza), por eso, ante la ausencia de los hijos que siempre deseo y nunca pudo tener, su imperiosa necesidad de aferrarse al apoyo emocional que le brinda su pareja; para él son estos versos, para él los cantos de desbordado amor que se desprenden como racimos de cada una de sus “Flores de Otoño”:

“Ya nadie miente… no hay trampas.

Se desplegó mi cuerpo

Bajo la magia

De tus manos verdaderas”.

 

Mercedes Simón ama el calor, las campanillas, las libélulas, la letanía de los grillos, los colibríes. Se emociona con el viento del norte (siempre caliente, seco y sofocante), que predomina entre julio y agosto, remitiéndonos a esa célebre cita que dicta; “Igneas naturalis renovárum incessantis” (el fuego renueva incesantemente la naturaleza), como una cálida metáfora que nos devuelve a la vida.

Estas flores que ahora nos ofrece, son de otoño, es decir, de nostalgia, de tristeza y de melancolía, pero como ocurre con el paso de las estaciones, en sus versos cobran vigor y colorido sus imágenes cuando la emoción le invaden el alma, de la misma manera que lo hacen las tormentas de verano. Y es ahí, en esa esperanza renacida, donde sus versos se desbordan y se visten con los mismos matices de aquellos otros poetas y escritores que la nutrieron desde su más temprana edad; es ahí donde Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni, Miguel Hernández, Julia Prilutzky Farni, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Germán Walter Choquevilca (escritor jujeño), entre muchos otros, ejercen su poderosa influencia sobre ella, como lo han hecho siempre, cada flor, cada planta, cada árbol, de su orgullosa Quebrada de Humahuaca.


Sobre Edilson Villa: Filósofo y poeta colombiano, radicado en Buenos Aires (Argentina), desde comienzos del 2013, donde, además de pulir sus versos y divulgar su obra literaria, trabaja como editor en PROSA Amerian Editores y hace parte del consejo directivo y editorial de la Revista Literaria PROA. Le han publicado sus poemas en varias antologías, periódicos y revistas de toda Ibero-América. Entre sus libros más destacados, se encuentran “Poesía temprana”, “La danza de las mariposas”, “El sendero del fuego”, “La primera línea del arco iris”, “El espíritu del sable”, “Aula 206”, “El bonsái seco” y “La sal del ancla” (con 3 ediciones en Argentina); en pocos días, presentará su más reciente libro de poesía “El haikú de la escalera”. Además de cultivar su trabajo literario, se desempeña como Timonel  y como Patrón de Yate a vela y a motor de la Prefectura Naval Argentina, actividad que le ha permitido conocer varios puertos del cono sur y nutrirse con el paisaje y con nuevas experiencias, propias de la condición humana, elementos que se hacen tan presentes en toda su poesía.

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