Una aproximación a “El regreso del Joven Príncipe”, de A. G. Roemmers

 

 

Una aproximación a “El regreso del Joven Príncipe”, de A. G. Roemmers

por Edilson Villa

“Resulta curiosa la facilidad con la que asumimos que los demás deben ir en el mismo sentido que nosotros”.

A. G. Roemmers.

 

Todos los que hemos tenido el agrado de conocer personalmente o de leer alguno de los libros del poeta y escritor argentino Alejandro Guillermo Roemmers, de inmediato nos damos cuenta que él ha conservado intacta su alma de niño; esto es, un alma que, además de desenvolverse en el mundo de los negocios como un importante empresario, ha permanecido  sensible a la poesía, a la belleza y a la pureza; a esa manera estética con que nos propone Hegel que nos apropiemos del mundo, esto es, que además de una apropiación práctica y teórica, debemos adoptar una actitud emocional, valorativa y juzgar todas las cosas en cuanto a su belleza, pues precisamente esta forma de apropiación es la que permite y supone el despliegue más rico de las facultades humanas, teniendo en cuenta que la calidad de esta vivencia estética depende de nuestra facultad de proyectar en dicho objeto todo nuestro yo, todas nuestras experiencias, nuestros conocimientos y anhelos.

Con este nuevo lenguaje autónomo, conjurado, hechizado, Alejandro Roemmers nos señala las claves de su visión del mundo, de su ideal de belleza, de sugerencias de nuevas realidades y nuevas revelaciones; a partir de su contexto personal y familiar, de la educación que ha recibido, de sus experiencias, de los viajes que ha realizado y, sobre todo, de los libros que ha leído. En este punto en concreto, y para avanzar en el desarrollo que nos propone el título de este artículo, El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, lo ha marcado de una manera especial. La lectura de ese libro -cuando era niño- siempre le había dejado un sabor amargo en su corazón porque el niño príncipe había tenido que regresarse a su asteroide; hasta que con el tiempo comprendió -así nos lo dice en la Introducción (pág. 9 de la edición de la editorial emecé), de El regreso del Joven Príncipe-, que el odio, la incomprensión, la falta de solidaridad, la visión materialista de la existencia y otras tantas amenazas le habrían impedido a El Principito vivir en nuestro planeta.

La naturaleza ansiosa y curiosa de nuestro poeta, pronto lo llevó, como debió suceder con Antoine de Saint-Exupéry cuando escribió su obra clásica o con Fernando Savater en Ética para Amador, a escribir una guía que le sirviera a la juventud – en realidad, a toda la humanidad- como código moral y ético o como un viaje iniciático, que les ayudara a descubrir por sí mismos ideas y valores tales como el amor, la familia, el trabajo, la fraternidad, la solidaridad, la libertad y la justicia.

Ahora bien, como dijimos al principio, A. G. Roemmers es ante todo un poeta; un poeta que eligió, para escribir su novela, la forma más difícil de la poesía, esto es: la prosa; una prosa lírica, rica en imágenes literarias, que además de conducirnos por un camino espiritual nos ayuda a mejorar la idea de civilización; Roemmers es un poeta, un filósofo y un hombre al que podría considerársele sabio, en la medida en que él mismo nos lo expresa en la pág. 30 de la edición antes citada:

“El hombre sabio está en armonía con todo lo que existe. Contempla la realidad y se da cuenta de que todo cuanto existe, le guste o no, es como debe ser. Sabe además que antes de mejorar el mundo, hay mucho que mejorar dentro de uno mismo”

 Es sabio, también, en el sentido en que pudo dejar atrás al sujeto retraído y melancólico del pasado, para convertirse, aún en estos tiempos post-modernistas, en un hombre pleno, arriesgado y feliz.

“El pasado es seguro porque está cerrado, muerto. A pesar de lo cual, algunos prefieren la quietud y la seguridad de la muerte antes que la incertidumbre de la vida, con sus diversas posibilidades de sufrimiento y alegría”. (Pág. 66).

 “Por lo general, quienes buscan tener más y más, quedan atrapados en el futuro. Nunca sienten el presente ni disfrutan de él, porque su atención está centrada en algo que tiene que suceder a continuación”. (Pág. 65).

En El regreso del Joven Príncipe, nuestro autor camina de lo conocido hacia lo desconocido; movido por una vocación absoluta, por la conciencia de que se moriría si no escribiera, si no poetizara el mundo, arrojando luz sobre las tinieblas del corazón humano y dirigirlo hacia la búsqueda del absoluto, del ser, de la unidad perdida consigo mismo.

Como poeta y como filósofo, Alejandro Roemmers nos revela con su obra que va en búsqueda de la verdad. Ambos (el poeta y el filósofo), son amantes de la sabiduría y, como tal, están inspirados y poseídos por un don divino que les permite expresar, uno mediante la intuición y el otro mediante la razón, ideas de un valor superlativo para beneficio de la humanidad.

Este hecho lo ubica –si se puede hablar de una jerarquía de las almas- en un nivel más elevado respecto a otros poetas novelistas, en tanto que está en capacidad de acercarse a lo que aceptamos como verdadero. En este sentido, debemos entender por verdad todo lo que puede adquirirse por medio de la intuición o por la razón; y no por la mera especulación racional.

Las ficciones –supongamos que El regreso del Joven Príncipe es una ficción-, son muchas veces lupas maestras para ampliar y percibir muchos perfiles y rumbos de una época. El ojo de la ficción puede unirse con el parpadeo de la inquietud reflexiva filosófica.

Al bien y al mal, por ejemplo, los consideramos fenómenos morales, es decir reacciones nuestras de euforia o depresión ante los sucesos. Así mismo, respecto a lo feo y a lo bello, si vemos una fría iguana, ante la tibieza de nuestras manos, su frialdad nos recuerda los cadáveres humanos porque nos trae imágenes de muerte. Ojos diferentes a los nuestros, formas y colores distintos, etc., nos llevan a sentir repugnancia; y a ella y a sus derivados, en nuestro interior, es a lo que llamamos lo feo. Lo bello, por su parte, es una palabra que nace en el hombre para calificar aquellos objetos que le causan sentimientos de vitalidad. Su raíz está en el sexo, en el origen de nuestra vida. Toda estética es amor, porque ésta es el origen de la vida. Generalmente llamamos bello a lo que despierta en nosotros esa plenitud y vitalidad.

Si consideramos que para que haya movimiento en nuestro mundo interior, se necesita de objetos y actos exteriores, si se puede afirmar que los adjetivos son causados por dichos objetos y dichos actos; y que, por ende, para cada individuo, colectividad y época, hay una respectiva belleza, bondad, fealdad y maldad objetivas: consistentes en los conjuntos de cualidades que necesitan actos y cosas para despertar los complejos psíquicos, o sea lo bueno, lo bello, lo malo y lo feo subjetivos.

Pero si al mismo tiempo consideramos que el mundo íntimo del hombre está en continuo cambio (un equilibrio inestable), diremos que moral y estética, por caso, no tienen valores absolutos, que bueno y bello son fenómenos variables y efímeros. Tal vitalidad en la percepción sensorial es lo que le permite al poeta y al filósofo acercarse a la verdad; concepto que analizando desde otra perspectiva, sigue estando un paso más allá del alcance de las manos.

Esta variación del hombre, esta ondulación, esta temporalidad en nuestros significados, es lo que captura magistralmente A. G. Roemmers en su hermoso libro El regreso del Joven Príncipe, dejándonos claro que más que un moralista, nuestro poeta y filósofo es un arquitecto de caminos espirituales, en forma de un arte refinado. Su grandeza está en la capacidad que tiene de expresar justa, sabia y musicalmente la condición y la naturaleza humana. Veamos lo que nuestro autor nos plantea -en primera persona-, en la pág. 80 de su obra maestra:

“-¿Cómo sabes tantas cosas? –Inquirió, sorprendido por mi capacidad de encontrar respuestas a sus preguntas.

-Gracias a mi experiencia y mi intuición –Contesté.

-¿Y cómo sabes que tienes razón?

-Gracias a mi experiencia y mi intuición –Volví a responder.

-¿Y nunca te equivocas? –Me interrogó con admiración.

-Pues claro que me equivoco, y entonces, a mi experiencia, agrego ese error. Verás, no puedo decir que lo que creo sea una verdad absoluta, sino solo que es un conocimiento que a mí me ha resultado útil en la vida. Tú deberías hacer lo mismo. No creas nada de lo que yo te diga. Simplemente tómalo y fíjate si a ti te sirve”.

En este pequeño diálogo está demostrado que la unidad interna de esta obra, el conocimiento profundo de sí mismo y de toda la condición humana, le interesaban muchísimo más a nuestro autor que todo el tumulto de la historia.

Esta misma idea la encontraremos desarrollada también en Platón cuando nos dice en el Fedro: “El poeta es una cosa ligera, alada, sagrada; el no está en disposición de crear antes de ser inspirado por un Dios, que se halla fuera de él, ni antes de haber dejado de ser dueño de su razón; mientras observa esta capacidad o facultad, todo ser humano es incapaz de realizar una obra poética”.

Y en el Hiperión, Hölderlin, uno de los pensadores más esenciales para la modernidad, nos dice que “El hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa”; siendo el poeta, en este caso, el soñador; y el filósofo el pensador; reafirmando la anterior idea platónica no se distingue sobre poesía y filosofía: el poeta y el filósofo no se distinguen por el grado de adecuación de sus pensamientos a la verdad sino por el modo de producirlos. Mientras que la filosofía lo hace a través de razonamientos, la poesía emplea la inspiración. Queda el campo de la poesía, entonces, reservado a la palabras surgidas de una inspiración no racional, las cuales deben estar indisolublemente ligadas al natural inconformismo humano. En tanto la filosofía requiere principios, argumentación, lógica, verdad develada, la poesía sugiere, y desde la intuición y un proceso de agudización de la percepción sensorial, une lo posible con lo imposible, lo real con lo irreal, los sueños y la vigilia.

En la Critica del Juicio, unas de las obras más importantes en la estética del siglo XVIII y el XIX, Kant observa que, al igual que la filosofía, la poesía también opera por medio de pensamientos, trabajando con imágenes y con un lenguaje figurado. Una de las ideas centrales de este libro es que el placer estético vale por sí mismo y no requiere de ninguna justificación externa o racional. En la propuesta Kantiana la poesía se caracteriza por la abundancia de pensamientos y representaciones, pues pone la imaginación en libertad para elevarse estéticamente hasta las ideas. Más tarde, Hegel realiza una distinción importante entre imaginación ordinaria e imaginación creadora: mientras que la primera se basa en el recuerdo de circunstancias y experiencias vividas, la segunda es característica de la poesía, y es fruto de una capacidad especifica del pensamiento: la imaginación creadora. Siguiendo este razonamiento Hegel concluye que la filosofía piensa a través de conceptos y la imaginación creadora o poética mediante intuiciones o “Ideas estéticas”.

De acuerdo con el análisis precedente, en toda obra poética (en verso o en prosa), como El regreso del Joven Príncipe- está presente lo que Heidegger, en su libro El Ser y el Tiempo, ha denominado como “la temporalidad”. Es el tiempo de la existencia el único paraíso concebible, hecho con el drama de una naturaleza dual: el bien y el mal, lo bello y lo feo, el goce y el dolor, lo justo y lo injusto, la libertad y la esclavitud, etc. Las vivencias conforman la sustancia de la temporalidad, y las vivencias del poeta se asocian a un espíritu aventurero. En el campo de la poesía, la existencia se concibe como una aventura, en la cual lo racional y objetivo se hallan sujetos a la cotidianidad y la rutina, y son las vivencias las que le confieren una estructura al espíritu, en cuanto este tiene la oportunidad de condensarse en una obra de arte. Así, en la práctica de la poesía, el hombre se une a los fundamentos de su existencia, el ser humano es ser en conversación. Esto indica que uno y otro mundo, el de la filosofía y el de la poesía, el de este planeta y el del asteroide, se invaden y requieren de elementos del otro para desarrollarse en sus respectivas esferas.

La metáfora, forma y método de la poesía, cuenta con la ventaja de acceder a un más allá vedado al concepto. El discurso filosófico, para ser lúcido y humanista, como lo plantea Platón en La República, debe servirse de imágenes poéticas, puesto que con el concepto solo jamás se puede llegar al verdadero conocimiento. Por eso Platón proclama la necesidad de poetas auténticos, inspirados, capaces de enunciar sentimientos y pensamientos lúcidos; aquellos que desarrollan sus poemas y narraciones de manera simple y directa. Tal reclamo ha sido escuchado por Alejandro Roemmers en todas las páginas de su precioso libro, especialmente cuando nos dice: 

“Serás feliz si amas y perdonas, porque también tú serás amado y perdonado. No puedes perdonar sin amar, porque tu perdón nunca superará la medida de tu amor. Y por último, es imposible amar y perdonar a otros sin amarte y perdonarte a ti mismo primero”. (Pág. 96).

Y unos párrafos más abajo, en la misma página, expresa:

“Tu amor es verdadero cuando antepones la felicidad de otro a la tuya. El amor verdadero es libre y no conoce límites. No busca satisfacer las propias necesidades, sino que se concentra en el bien de la persona amada”.

 Para concluir, estoy de acuerdo con el autor que este magnífico libro está escrito para todas las personas. Se trata de una sencilla historia, narrada poéticamente, en la que se nos trasmite la experiencia personal de un hombre sabio, en donde, al final, nos queda claro que lo más importante de la vida es la evolución espiritual.


EDILSON VILLA M. Filósofo, poeta y editor colombiano, radicado en Buenos Aires desde 2013. Hace parte del consejo editorial y directivo de la revista PROA. Ha publicado sus poemas en varias antologías, periódicos y revistas de toda Iberoamérica. Entre sus libros más destacados, se encuentran “La danza de las mariposas”, “El sendero del fuego”, “El espíritu del sable”, “El bonsái seco”, “La sal del ancla” y “El haikú de la escalera”.  Además de cultivar su trabajo literario, es Timonel a Vela y a Motor y Patrón de Yate de la Prefectura Naval Argentina.

 

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