PORFIRIO BARBA JACOB: EL CANTOR DE LA VIDA PROFUNDA, por Edilson Villa

PORFIRIO BARBA JACOB: EL CANTOR DE LA VIDA PROFUNDA.

Por: Edilson Villa M.

 

 

“Es hermoso desgarrarse uno cantando la gloria de sus propias heridas”.

Porfirio Barba Jacob.

 

Sin lugar a dudas, para el buceador de las almas humanas, ninguna poesía de la lengua española presenta tal riqueza de estados de ánimo como la de Porfirio Barba Jacob. Su obra constituye todo un tratado de la condición humana y de su psicología, cuya síntesis asombrosa la ofrece él mismo en su Canción de la Vida Profunda, haciendo navegar su inspiración por los puertos de la vacilación, del optimismo, de la sordidez, de los paraísos plácidos, de la depresión, de la lujuria, de la melancolía, para llegar al fin hasta aquel día en que “levamos anclas para jamás volver”.

Todos estos estados de la Naturaleza Humana los encontramos, reiterados al máximo, a lo largo y ancho de su obra; sin embargo, es en La Estrella de la Tarde, Acuarimántima, Oh Noche (también llamada Antorchas Contra el Viento), Los Desposados de la Muerte, Un Hombre, Balada de la Loca Alegría, Parábola del Retorno, Elegía de un Azul Imposible, En la Muerte del Poeta; y en su Canción de la Vida Profunda, donde el verso adquiere perfección, porque tiene una alta tónica moral, una gran tragedia de la razón, una gran tragedia del sentimiento, una gran riqueza en sus melodías y una gracia en sus proporciones que las asemejan a un templo gótico.

El mismo Porfirio Barba Jacob, en el prólogo del volumen Rosas Negras (Guatemala, 1933), las llamó perfectas porque “he expresado a trazos mi concepción del mundo, mi emoción, mi alarido, la robustez varonil de mi alma en el dolor de la vida, de la dulce y trágica vida, tal como yo quería expresarlos: con un acento personal lleno de dignidad, dando fulgencia a las palabras, aliñando la música hasta sus últimos matices dentro de pautas un poco arcaicas”.

Barba Jacob es el cantor del alma humana, no en abstracto, no en términos generales, como ordinariamente se hace, sino sumergiéndose él mismo en las profundidades de su ser para extraer de allí todo el material de su obra, en desgarramientos tales que le producen aquellos gritos que a veces son de pavor, de dolor, de cólera y de rebelión ante su propia naturaleza mutable y perecedera.

Esta forma de autenticidad, en los poemas de nuestro autor, se nos presenta de tal manera que uno siente latir su corazón atormentado, se respira su pesado aire de angustia y se observa, también, que cada palabra hace parte de su propia naturaleza y cada pensamiento una expresión de su sentido estético y de su posición frente a la vida. Esta manera de ser y de expresarse, esta identidad de su vida con su obra, de las palabras con el ritmo de su sangre, y esta capacidad de penetrar en el alma humana, en la naturaleza humana, es justamente lo que nos acerca con asombro y con temor a su obra poética, pues nadie había llegado tan hondo a los intrincados y recónditos misterios que circundan el espíritu del hombre.

Su poesía es un grito desgarrador, un alarido interminable que sale de las oscuras cavernas de su ser, para prolongarse en el espacio como el ruido vibrante que hacen las alas de los vampiros en su pesado vuelo por galerías y subterráneos oscuros y medrosos. Pero es una poesía que no se queda en el ruido solamente, sino que tiene sus raíces en la más aquilatada filosofía existencial. Es, en cierta forma, una especie de precursor lírico de Heidegger y de Sartre. No sólo en su Canción de la Vida Profunda, -que examinaremos más adelante- sino en casi todos sus poemas.

Porfirio Barba Jacob es, quizás, el poeta más subjetivo, más personal, de toda nuestra literatura española. Él es el poeta de las sensaciones, de las emociones, de los júbilos, de los temores, de las añoranzas, de los grandes estremecimientos anímicos (como es en la vida real). Todos los estados del alma discurren por sus cantos, bajo un suave rumor asordinado de honda melodía.
Examinemos la Canción de la Vida Profunda, que comienza con un epígrafe de Montaigne que dice: “El hombre es cosa vana, variable y ondeante”:

Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, 
como las leves brinzas al viento y el azar. 
tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonríe, 
la vida es clara, undívaga y abierta como un mar.

Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles, 
como en abril el campo que tiembla de pasión: 
bajo el influjo próvido de espirituales lluvias, 
el alma está brotando florestas de ilusión.

Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos… 
(¡niñez en el crepúsculo¡ ¡lagunas de zafir!) 
que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza, 
y hasta las propias penas nos hacen sonreír…

Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos, 
Como la entraña oscura de oscuro pedernal: 
la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas, 
en rútilas monedas tasando el bien y el mal.

Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos, 
que nos depara en vano su carne la mujer: 
tras de ceñir un talle y acariciar un seno, 
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.

Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres, 
como en las noches lúgubres el llanto del pinar. 
el alma gime entonces bajo el dolor del mundo, 
y acaso ni dios mismo nos puede consolar…

Mas hay también, ¡Oh, Tierra!, un día… un día… 
un día en que levamos anclas para jamás volver…
¡un día en que discurren vientos ineluctables! 
¡un día en que ya nadie nos puede retener!

 

El 24 de julio de 1983, el ex presidente colombiano Laureano Gómez, bajo el seudónimo de Jacinto Ventura, publicó en Intermedio, un diario del Caribe, el artículo “Barba Jacob, Un Degenerado”, en él, deslegitima las afirmaciones de algunos autores sobre la importancia y, aún, la grandeza de Porfirio Barba Jacob. Los considera “exagerados” porque “¿cómo es eso de que el mundo ignore que ha muerto uno de los grandes poetas de todos los tiempos, y que solamente lo sepa un hiperbolero de Bogotá?”. Además, duda de sus condiciones de poeta por no considerarlo “heroico”. Lo ve, más bien, como un “émulo de Rubén Darío”, un “hacedor de acrósticos en la dictadura inapelable de la moda”. De su poesía afirma que “Son unos versos lánguidos, en los que el ritmo y la rima se encuentran casi desterrados, son renglones más o menos cortos o largos, formados con palabras que se consideran y se dicen alígeras, fugaces, evanescentes, inexorables y túrbidas. Su dificultad para hacerlos es apreciablemente menor que la que antaño oponían décimas y octavas reales. Si hay que aprender a fabricarlos, es aprendizaje sencillo, porque todos los rigores de cadencia y consonancia se desdeñan y abominan como cosas envejecidas”.

En el mismo artículo, Laureno Gómez decía también que la Canción de la Vida Profunda “es un ejemplo de los trucos de taller de la versificación a la moda: Se toma una regular colección de esdrújulos: Móviles, fértiles, sórdidos, plácidos, lúbricos, lúgubres y a cada uno se le saca una estrofa. Esta extracción carece de complicaciones. Todas principian con la misma frase: “Hay días en que somos tan móviles, tan fértiles…”. La Segunda estrofa empezará: “Ý hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles…”. La Tercera: “Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos…”. Y continúa nuestro tristemente célebre autor de la gran barbarie en Colombia: “Las Imágenes se buscan en consonancia con el esdrújulo; los versos impares son libres y los pares con consonante agudo. Ahí está todo el secreto de taller. Imposible encontrar una receta más sencilla en la cocina literaria”. Y al final, refiriéndose a nuestro autor, nos deja los interrogantes: “¿fue un gran poeta? ¿Uno de los grandes de todos los tiempos?”

Yo digo que sí, veamos por qué, a mi juicio, Barba Jacob es uno de los más grandes de todos los tiempos y por qué la “Canción de la Vida Profunda” es el poema de la Condición y la Naturaleza Humana. Barba Jacob no trata de formarse un juicio sobre el hombre “El hombre es cosa vana, variable y ondeante…”; se limita a hacerse eco del concepto “Variable y ondeante” para añadir luego lo que le espera al hombre al extremo de esos días en que él alterna sus frases, dificultando un “juicio exacto y justo”.

Existir es continuarse en el tiempo. Nos hemos acostumbrado a mencionar el tiempo, aunque, a decir verdad, no sabemos qué es ni hemos logrado definirlo. No obstante lo dividimos en períodos que varían en duración. En nuestra breve existencia nos referimos a los días, pero en rigor, la vida es relativamente más corta que un día. Durante los días, el ser humano varía y ondula, por así decir, los altibajos de sus cambios. Hoy somos los mismos que habremos de ser mañana, la diferencia está en que siempre demostraremos una faz de acuerdo a las circunstancias. Barba Jacob establece una separación por días, y esa variedad en la forma agrada al espíritu por la cadencia que comunica al verso, mientras la idea va despertando una creciente tensión. El doctor M. C. Puerta Palacios afirma en su obra antes citada que “Tal vez el mayor acierto en el poema sea el haber, en primera persona, usado el plural que nos incluye a todos”.

“Hay días en que somos…”

Las características que nos van definiendo, se agrupan en días de la vida separándola en sus dos etapas más significantes: Juventud y Vejez. Es propio de la juventud ser móvil, fértil, plácido. Los sueños de la gloria movilizan al joven que flota en un mar de ilusiones y optimismo: 

“Como en abril el campo que tiembla de pasión”.

El joven es naturalmente alegre. Alerta al “placer estético” que le proporciona un verso, la música, la vista de un monte, el raudo vuelo de un ave. Todo es energía y risas, y las penas se miran con indiferencia: “Y hasta las propias penas nos hacen sonreír…”

Con el tiempo las cosas cambian; la generosidad del joven reduce sus límites tornándose a veces en mezquindad y avaricia: “La noche nos sorprende con sus profusas lámparas en rútilas monedas tasando el bien y el mal”.

Aunque la Canción de la Vida Profunda describe la naturaleza humana en general, sin diferenciar entre razas o sexos, Porfirio Barba Jacob nos señala, en una estrofa que toca la sexualidad, su propia tragedia. Es a él a quien “….depara en vano su carne la mujer”. 

Todas las demás estrofas mantienen su carácter de universalidad. Cuando en la sexta estrofa habla de “somos”, significa, con su tácito “nosotros”, todos los humanos. Cuando el dolor llega de tal modo que no nos deja valor para mirar a Dios, a quien no vemos en la densa oscuridad de nuestra pena: “El alma gime entonces bajo el dolor del mundo, y acaso ni Dios mismo nos puede consolar.”
La descripción es genuina y verdadera; la aceptamos porque es retrato fiel de la Naturaleza Humana, porque en el fondo sabemos que “somos” de ese modo. En cada estrofa se repite “Hay días”, pero sabemos que a menudo los días son apenas horas, que pasamos de la virtud al vicio en menos tiempo de lo que creemos. En esos días, que son la vida, somos “variables y ondulantes”. Y con el vocativo, que en su obra es muy frecuente, nos alerta para el impacto emocional que crea:


“Mas hay también, ¡Oh Tierra!, un día… un día… un día”.

 En que llega un momento donde es inútil seguir luchando, un día en que:

 “…levamos anchas para jamás volver…

¡Un día en que discurren vientos ineluctables!

¡Un día en que ya nadie nos puede retener!”

 

El doctor M.C. Puerta Palacios afirma que este poema encierra los elementos que le valen el calificativo de “magistral”. Yo estoy de acuerdo: el fondo de realidad del tema, la universalidad que lo hace aplicable no a un individuo o grupo de individuos sino a todo el género humano. La lógica en el orden como se desarrolla el tema: juventud, madurez, decrepitud, muerte. La ingeniosa repetición de palabras esdrújulas que acentúan la cadencia, la fluidez y musicalidad del verso, los símbolos y alegorías; no son “producto” o “trucos de taller” como afirma la mezquindad hecha palabra, son el fruto inmortal de un hombre que conoció como ninguno nuestra Naturaleza Humana.


EDILSON VILLA MFilósofo, poeta y editor colombiano, radicado en Buenos Aires desde 2013. Hace parte del consejo editorial y directivo de la revista PROA. Ha publicado sus poemas en varias antologías, periódicos y revistas de toda Iberoamérica. Entre sus libros más destacados, se encuentran “La danza de las mariposas”, “El sendero del fuego”, “El espíritu del sable”, “El bonsái seco”, “La sal del ancla” y “El haikú de la escalera”.  Además de cultivar su trabajo literario, es Timonel a Vela y a Motor y Patrón de Yate de la Prefectura Naval Argentina.

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